Documento creado: 15 de marzo de 2010
Air & Space Power Journal - Español Primer
Trimestre 2010
Documento creado: 15 de marzo de 2010
Air & Space Power Journal - Español Primer
Trimestre 2010

La fecha de ataque, el comienzo de una campaña, la oportunidad en que debe ser alcanzado un objetivo o completada una operación, es decir, el límite que el conductor recibe del superior jerárquico para cumplir su comisión, es un requisito que supuestamente no debiera faltar en una disposición. La barrera determinada por el tiempo es constrictiva y establece un criterio imperativo en el texto de la misión. Su inclusión es común y usualmente aceptada en las doctrinas militares, bueno, en casi todas.
Es así como el plazo temporal, un fastidioso ingrediente de la misión en contacto continuo con el objetivo, es cuestionado por los revolucionarios que se ven obligados a bregar contra los efectos de la asimetría. El dirigente insurrecto que sedujo a quienes estaban en desacuerdo con esa regulación no fue un militar, pero las circunstancias políticas lo entronizaron como jefe supremo de multitudinarias tropas campesinas que terminaron desbandando a un gran ejército regular con el empleo de una estrategia que no se conforma con la rigidez del apremio temporario.
Si la medida del tiempo es un dique que condiciona la arquitectura de una campaña y su propósito, ¿por qué consentir su dominio? En el plano estratégico, ¿mejoraría o empeoraría la situación al aliviar la presión de ese factor? Evidentemente, el reto estaba planteado y abría paso a nuevas ideas. El personaje que discutió el valor del tiempo en la estrategia fue un antiguo maestro de escuela chino, Mao Zedong1, también conocido como Mao Tse Tung. Siendo muy joven, adhirió al pensamiento revolucionario del Dr. Sun Zhongshan (Sun Yat-sen) y se enroló en una lucha que trasformó el ajado imperio chino en una “república democrática popular” apoyada en la “dictadura del proletariado” que auspiciaba el marxismo.
La base filosófica y empírica que proporcionó una plataforma de lanzamiento a ese monumental proyecto geopolítico derivó de los escritos2 producidos por el feraz cerebro de Vladimir Ilych Ulianov (Lenin). La biblioteca revolucionaria soviética también iluminó las obras firmadas por el líder oriental y sirvieron al Partido Comunista Chino como una suerte de biblia insurreccional.
Pero antes de alcanzar el objetivo que se proponía (destruir el imperio histórico, construir un imperio utópico) Mao tendría que superar al ejército nacional que controlaba el Guomindang (Partido Nacional del Pueblo) y conducía el generalísimo Jiang Jieshi (Chiang Kai-chek). Esa meta no era fácil de conseguir en virtud de la relación de fuerzas, y las diferencias orgánicas y logísticas. Las tropas de Mao eran masas campesinas de origen guerrillero, más entusiastas y fieles que adiestradas en el métier de la guerra.
Los ejércitos de Jiang constituían una organización militar razonablemente equipada y eran dirigidos por oficiales profesionales, aunque tenían una dudosa disciplina y entrenamiento. No obstante, la asimetría era perceptible y Mao necesitaba equilibrarla de alguna manera. Mao entrevió que algunas pautas estratégicas diferentes de las tradicionales podían ofrecerle alternativas para mover el fiel de la balanza a su lado.
Antes que nada, el antiguo docente comprendió que su plan no prosperaría en un lapso breve. Desde el comienzo supo que se debía preparar para una guerra de duración indefinida. Evidentemente era un riesgo enorme, pero no tenía otra alternativa. Su teoría se basaba en un minucioso examen del problema militar a la luz del pensamiento estratégico prevaleciente en la época. Sin embargo, otro compatriota lo socorrería desde el más allá.
El líder revolucionario recurrió a viejos principios apadrinados por un filósofo de la guerra de la misma nacionalidad, el general Sun Zi.3, más conocido como Sun Tsu. En sus Obras Escogidas, Mao Zedong describió las ideas propias que robusteció con la sagacidad de Sun y las aplicó en las operaciones militares de su guerra. Aquí analizaremos únicamente la intervención del tiempo, cuya manipulación desconcertó a los nacionalistas durante la extensa guerra revolucionaria subversiva emprendida por Mao.
En los escritos de Mao no hay ideas extravagantes, pues prima el sentido común. Este rasgo se reitera en todas sus obras donde comentó la urdimbre de la contra-campaña4. La relación de fuerzas en oposición dejaba intuir de antemano una lucha complicada y vibrante que no permitiría calcular fácilmente la oportunidad de su terminación. Por lo tanto, había que aceptar que la consecución del objetivo de la subversión (destrucción del Guomindang y construcción de la “república popular”) sería una historia larga y dolorosa.
De haber insertado hitos fechados para lograr determinados objetivos, Mao podría haber originado constricciones voluntarias que hubieran dado lugar a titubeos y detenciones de la actividad de sus fuerzas. En cambio, al continuar las operaciones, cualquier opción era viable. En este cuadro mental cabe una curiosa pregunta, si el ejército de guerrilleros maoístas no hubiese obtenido su objetivo en una fecha auto prefijada, ¿Mao habría considerado el acontecimiento como una derrota inhibitoria? En tal caso, ¿hubiera reconocido su fracaso y hubiera capitulado?
El escenario pesimista no era concomitante con la personalidad del líder chino. Entonces ¿cuál fue la solución que Mao concibió como el mejor modo de prevenir una situación de ese tenor? La alternativa encontrada sorprende por su simplicidad y astucia. Fue considerar a los eventuales reveses como episodios transitorios reparables. El proceso de saneamiento de las fuerzas deterioradas requería en primer lugar una retirada táctica, durante la cual los insurrectos se refugiaban o se desconcentraban para reorganizarse y restaurar las aptitudes que luego les permitiría lanzar una contra-ofensiva.
La gran novedad de este esquema estratégico era que entre ambos momentos no se establecían fechas que interfirieran, limitaran o exigieran la aceleración de la actividad de recobramiento que se llevaba a cabo durante la retirada táctica. La ausencia de la presión temporal tranquilizaba a los niveles responsables de la recuperación, cuyo objetivo era el alistamiento de las fuerzas para ejecutar los próximos movimientos.
Después de corregir los errores con una autocrítica, y haber completado el descanso y recuperación de las fuerzas, los rebeldes estaban teóricamente en condiciones de reanudar la secuencia de las etapas. El segmento estratégico que faltaba recorrer incluía la contra-ofensiva y posterior ofensiva decisoria para culminar la fase inaugural del proceso o sea la ocupación del poder político-militar. La consumación de las previsiones subrayadas en los pasos nombrados se cubría en lapsos variables cuya duración era determinada por las circunstancias que emanaban de las operaciones. También el éxito de la contra-campaña se remitía a una oportunidad que Mao desconocía de antemano aunque podía presumirla, ratificando de ese modo el contenido de la “estrategia sin tiempo”.
Este insólito cuadro se puede repetir cuantas veces el controlante de la “guerra prolongada” reciba un vapuleo remediable. No obstante, la guerra puede tener una conclusión abrupta si el grupo sedicioso es aniquilado militarmente. De concretarse esa expectativa, el momento que sigue se parece mucho al renacimiento de la paz conseguida por el Estado que se defiende, aunque verdaderamente no sea así.
Bien puede suceder que se trate de un intervalo abultado en el contexto general del conflicto. Por lo tanto, es de esperar que haya otro ciclo posterior de la “guerra prolongada”, aunque la reanudación tarde meses, años y hasta siglos en activarse. Tampoco debe descartarse que el problema concluya definitivamente. La eventual reiniciación de la contienda depende de la voluntad política y decisión de los actores. Cuando el liderazgo no convencional deja de ser prisionero de las fechas limitantes, libera su creatividad.
Si bien la medida del tiempo siempre tiene un grado de influencia en el desempeño paramilitar de la insurgencia, no se comporta como un factor apremiante en la contra-campaña. En el trascurso de esta etapa, a las acciones tácticas de menor envergadura y los procedimientos operativos de poca monta se les impone fechas de cumplimiento formal. En el ejemplo histórico chino, la libertad lograda de manera no convencional por el dirigente revolucionario, no se reproducía en el bando opuesto porque allí prevalecía la mentalidad convencional de Jiang Jieshi.
El general nacionalista se sorprendía al observar que las fuerzas rivales acusaban fuertes pérdidas en los combates que los enfrentaban, pero no daban indicios de que su voluntad se debilitara. Se retiraban, se reconstituían y en un momento dado volvían a emprender la contraofensiva. Jiang peleaba en una “guerra prolongada” sin comprender demasiado sus consecuencias y modos de atenuarlas, mientras que el tiempo era un aliado maleable del jefe rebelde.
Mao Zedong aplicaba la “estrategia sin tiempo”, es decir, sin fechas topes que incidieran sobre la obtención del objetivo de la guerra. Como una reafirmación de la confianza en sí mismo, virtualmente superaba las vallas del tiempo que pudieran limitarlo. Los triunfos parciales nacionalistas en virtud de la asimetría reinante, no reportaban los beneficios que se esperaba de ellos. En la “estrategia sin tiempo” siempre había una nueva oportunidad para que el perdedor se pusiera nuevamente de pie y el episodio dejara de tener importancia diluyéndose en el tráfago de la “guerra prolongada”.
Cuando los rebeldes sufren una debacle inesperada, retroceden a los refugios que poseen en los territorios convertidos en “zonas controladas” y “liberadas”, donde se recobran y esperan una nueva ocasión. Paralelamente, si el gobierno que se siente ganador se apresura a regodearse con la victoria, sería recomendable que antes realice una estricta evaluación de la actitud de su oponente. Cuando el triunfador deja pasar por alto el mejor momento para aplastar militarmente a su rival, en un momento posterior puede ser el vencido. Cualquier derrota de los sediciosos por grave que fuere, no necesariamente conlleva la renuncia a su fin político o ideológico.
El espacio de tiempo que requiere una fase de esta índole no se puede estimar a simple vista, pero la teoría del procedimiento tiene escasas variables. La reorganización de la fuerza revolucionaria avanza cuando los líderes le aportan esfuerzo, voluntad y recursos propios o de otras fuentes. A lo largo de ese tramo que dura un tiempo indefinible, los dirigentes no olvidan que conseguir el objetivo político es la razón esencial de la guerra.
Después de la “guerra prolongada” encabezada por Mao Zedong en los años 1930s, quedó empíricamente probado que la derrota no es un suceso que plantea obligatoriamente la capitulación final con la consiguiente declinación del objetivo. El líder comunista explicó ese punto con lujo de detalles en sus escritos militares después de aprender a resurgir de muchas coyunturas difíciles. Además se dio cuenta que el período de la recuperación vigorizaba anímicamente a sus campesinos soldados.
Superar la catástrofe para volver al éxito no es gratuito. En ese plan, los revolucionarios tienen que demostrar su férrea convicción política y voluntad de lucha. Mientras eso sucede, es imprescindible que el defensor no se deje hipnotizar por el recuerdo de la antigua victoria que lo incita a continuar celebrando. Estando el enemigo en retirada, el defensor debiera proseguir la campaña militar hasta obtener su rendición incondicional y fehaciente o producir su eliminación cabal. Si el triunfador no quiere ser testigo de la resurrección del ave Fénix, tiene que asegurarse que la “guerra prolongada” ha llegado realmente a su fin.
Cuando en una contienda no convencional los paramilitares sufren un desastre táctico, las consecuencias no suelen ser definitivas. Por lo tanto, los ganadores deben insistir en su actitud ofensiva hasta convertir el tropiezo del rival en un restablecimiento imposible. De otro modo, el vencedor dejará que el vencido se retire a un refugio para enmendar sus errores y alistarse para un nuevo ataque. Durante ese trámite, es muy probable que los responsables del fiasco sean sustituidos. A su vez, el vencedor debe seguir utilizando la asimetría positiva que le proporciona la relación de fuerzas.
Viet Nam es un ejemplo histórico que aún tiene mucho por enseñar. En ese teatro, una superpotencia se empantanó casi sin darse cuenta en un lodazal bélico contra un país pre-industrial. Sin embargo, los líderes nativos poseían una firme convicción político-estratégica. En la delgada península, un contendiente improvisó y otro luchó sin pedir cuartel para conquistar un objetivo sobre el que no tenía dudas. Uno fue a la guerra con la doctrina en vigencia en su país y el otro se ciñó a la teoría de la guerra revolucionaria subversiva, siguiendo las lecciones de los maoístas en China. Uno se refugió en los convencionalismos en los que era ducho, pero los hitos temporarios le imponían segmentaciones que causaban interrupciones y desconexiones en la continuidad de las operaciones. El otro se resignó a lidiar estoicamente apoyándose en la “estrategia sin tiempo”.
En el teatro de guerra, el más débil tenía la ventaja de ser local y, por lo tanto, políticamente estaba consustanciado con la cultura popular. Allí confrontaron estrategias diferentes durante una guerra generacional costosa. Vo Nguyen Giap, el líder militar del Viet Minh, más de una vez tuvo que recuperar el aliento acogiéndose a las reglas de la “estrategia sin tiempo” para remediar las pesadas pérdidas del ejército regular y del Viet Cong.
¿A que llamamos la guerra generacional? A la que sacrifica sucesivas generaciones humanas en el holocausto bélico. El Comité Central del Partido de los Trabajadores del Viet Minh, encabezado por Nguyen Ai Quoc (Ho Chi Minh) priorizó sin piedad la obtención del objetivo de la guerra. Nunca se sabrá con exactitud, pero esa obsesión política llevó a la extinción de una o más generaciones de vietnamitas.
En esta clase de confrontación, el atacante anticipa una contra-campaña para imponer el ritmo de las operaciones iniciales. Cuando el ofensor actúa de este modo, el defensor debiera acondicionar su propia estrategia al planteamiento del rival sin por eso resignar su libertad táctica. Si ignora la propuesta del atacante, cometerá un error garrafal. Ese desliz usualmente se produce cuando el defensor imagina que, aprovechando su superioridad, logrará barrer a su oponente más débil en poco tiempo y con un esfuerzo moderado, como si se tratara de una contienda de baja intensidad. Esa imagen adulterada es fruto de una información incompleta sobre la “estrategia sin tiempo”.
Por consiguiente, el defensor no debe aislarse del enemigo en el teatro de operaciones (TO) y su prioridad pasará a ser la recuperación de la iniciativa. Cuando asegure la posesión de esa ventaja, recién podrá preparar una situación acorde con sus intenciones y capacidades. La campaña es la respuesta de la defensa y se funda en la formulación de soluciones a los planteos tácticos del contrincante mientras mantiene líneas estratégicas afines. No obstante, el defensor no puede administrar su propio tiempo hasta que se adueña de la iniciativa, único recurso que facilita el gobierno de la cadencia operativa en el teatro.
Si la defensa no conquista y mantiene la iniciativa, invariablemente pierde el control del conflicto y se genera un ambiente de extrema gravedad nacional. Por otra parte, la batalla se puede interrumpir bruscamente por la rendición política incondicional de uno de los combatientes. Los activistas que inician la “guerra prolongada” con una “estrategia sin tiempo”, a pesar de su debilidad estructural y material, técnicamente están en mejores condiciones de administrar la dimensión del tiempo cuyo linde es el logro del objetivo.
Por lo tanto, operando dentro del concepto de la “estrategia sin tiempo”, el defensor también debe prepararse para una guerra de larga duración donde las fechas pasan a ser datos sujetos a las variaciones coyunturales. Entre los insurrectos, la derrota es admitida como una patología que puede ser saneada con el descanso y reorganización a la sombra de la retirada táctica. El grupo agresor que sufre un revés, siempre intentará generar otra contra-ofensiva preparatoria de la ofensiva que busca el objetivo deseado. Si los rebeldes pierden su capacidad de reacción, su aptitud político-paramilitar colapsa y quedan sin chance para realizar una nueva experiencia.
Si bien la defensa puede establecer límites temporales tácticos, la observancia de esos términos es muy dudosa cuando la iniciativa está en manos del grupo rebelde. La regulación de las actividades con fechas establecidas fluctúa debido a la acción enemiga. La inestabilidad del escenario es un incentivo para que la defensa acelere la recuperación de la iniciativa. Cualquier grupo sedicioso sabe que el control de esa ventaja mejora sustancialmente la situación táctica y peleará ferozmente para retenerla.
Cuando una organización comienza una “guerra prolongada”, automáticamente se posiciona favorablemente respecto del oponente aunque se trate de una contienda asimétrica. Al amparo de la iniciativa, los militantes pueden explotar adicionalmente la sorpresa, una ventaja subsidiaria que se suma a la principal. Puede ser la sorpresa activa o engendrada por el atacante, como también la sorpresa pasiva o producida inesperadamente por la defensa.
El comienzo de las operaciones con la ayuda de la iniciativa y la sorpresa, dos elementos gravitantes en la contienda no convencional, otorga al atacante una superioridad nada desdeñable que le puede reportar ganancias inmediatas. Entre las más significativas y no únicas, cabe citar la imposición del ritmo operativo al adversario nacional, el cambio unilateral de las fases y momentos de la grilla estratégica, y la tensión ejercida sobre el defensor para desarticular su reacción político-militar.
A menudo la defensa se enmaraña en las contingencias de la “estrategia sin tiempo”, pero el comando nacional no siempre capta la existencia de esa relación. En ese caso, no es extraño que las marcaciones temporales se desconecten de las previsiones, originando dificultades en el funcionamiento operacional. Es probable que los hitos eventualmente insertos en las misiones deban ser modificados en varias ocasiones. Por eso, en un cuadro situacional tan inestable es preferible referirse a los objetivos y dejar el señalamiento de las fechas para los casos imprescindibles y siempre con extrema precaución.
En las confrontaciones convencionales, los documentos de estado mayor contienen precisiones temporales nominadas con meses, días y hasta horas en que cada unidad debe dar cumplimiento a las tareas ordenadas. Tal información es solidaria con el enunciado de las misiones. Sin embargo, dichas menciones en una campaña no convencional se comportan aleatoriamente. Por lo tanto, los citados datos perentorios se reservan para procedimientos de formaciones menores que realizan operaciones tácticas inferiores.
Estas consideraciones no quieren decir que el tiempo, incordio insistente del planificador, sea definitivamente descartado en la contra-campaña, pero es manipulado con tiento cuando no hay otras opciones. En ese tipo de evento bélico inundado de irregularidades e incertidumbres, se entablan complejos diálogos entre los ingredientes que atañen a la arquitectura estratégica, como el objetivo primario, la iniciativa, la persistencia, la oportunidad, la réplica y el eventual fracaso.
Cuando en la guerra convencional un comandante no logra el objetivo en la oportunidad indicada por el superior tal como le fuera fijado en la misión, admite su fracaso personal que equivale a una derrota. El reconocimiento del quebranto es normalmente seguido por un repliegue a otras posiciones para reorganizarse y esperar nuevas órdenes.
En un conflicto no convencional donde se aplica la “estrategia sin tiempo”, la iniciativa, el objetivo y los resultados mantienen una estrecha relación. No obstante, la jerarquía de cada uno de esos componentes puede variar debido a la influencia de factores externos con los que tienen afinidades interactivas. Están considerados en esta categoría los intereses políticos, el vigor de la defensa y las contingencias sociales. Cuando el tiempo es intercalado en la estrategia revolucionaria, su importancia es menor que en un ámbito convencional y en cambio los otros elementos multiplican su valor.
Sin embargo, todo incumplimiento de un límite temporal tiene alguna repercusión sobre la obtención del objetivo que es lo principal. Es un problema a retener pues siempre demanda alguna corrección. Si el hecho derivado sugiriese la rendición del agresor, iría en contra del principio vertebral de la “estrategia sin tiempo”. No obstante, esta suposición es una alternativa que raramente piensan los sediciosos, los cuales confían más en el ciclo defensivo-ofensivo de la contra-campaña.
A cualquier militar formado en los criterios de la doctrina convencional, le es difícil erradicar de la mente la costumbre de utilizar hitos temporarios para segmentar las operaciones y sus objetivos. El texto de las misiones que se emiten usualmente incluye una respuesta concreta al “cuándo” con menciones precisas. Por ejemplo, las frases del tenor “alcanzar la línea N-N el día D + 5 antes de la hora H, o concluir el despliegue el día D + 10”, han sido y son habituales en los documentos emitidos en una campaña convencional.
Este criterio también es corriente en la “estrategia sin tiempo”, aunque en este caso es asociado a la táctica inferior. Las misiones tácticas de los paramilitares en las contiendas no convencionales, incorporan indicaciones temporales porque deben conocer la oportunidad de la ocurrencia. Aunque no hay doctrinarias emitidas sobre este aspecto de la guerra no convencional, nada impide que en las tareas ordenadas a los jefes de equipos y grupos de combate se responda todo o en parte “qué hacer”, “cuándo”, “dónde” y “para qué”.
La diferencia es visible en el armado de la contra-campaña. En esa composición, el organizador no se siente compelido a establecer límites de tiempo y basta que la oportunidad coincida con el objetivo principal que da lugar a la guerra. La ausencia de plazos fijos flexibiliza el planeamiento y especialmente la ejecución en condiciones difíciles originadas por la asimetría de las fuerzas de defensa.
La consecución del objetivo que fundamenta la contra-campaña, no exige la fijación de una ocasión impuesta por una fecha y por consiguiente no es afectada por los altibajos del conflicto. De ese modo, el plan insurrecto se hace más elástico y se amolda con mayor facilidad a los principios rectores de la “estrategia sin tiempo”. Después de la iniciativa, la flexibilidad operativa es la regla más respetada por los revolucionarios y la ausencia de las vallas temporarias contribuye a la apreciación.
En la “guerra prolongada”, el factor tiempo se muestra menos amigable con los revoltosos y por eso es manejado con cuidado. Sin embargo, al reducir sustantivamente su influencia en la grilla estratégica, no interrumpe las actividades ilegales ni constituye un factor de riesgo para la conquista del objetivo principal. Si a lo largo del desarrollo de alguna de las fases y momentos de la contra-campaña, el ofensor, en virtud de su propia incapacidad o de la conducta de la defensa, no diera cumplimiento a una referencia temporal que accesoriamente se le hubiere fijado, podría replegarse en el contexto de una retirada táctica de breve duración como solución transitoria.
Siempre la derrota es un inconveniente, pero en la “estrategia sin tiempo” no paraliza las operaciones. Los facciosos nunca prevén una duración dada para la retirada táctica y la ponderan en función de la recuperación de las capacidades. Este modelo estratégico es viable cuando el factor tiempo es manejado con plasticidad. La contraofensiva, maniobra concebida aún dentro del concepto de una actitud defensiva y que se sustenta en el lema “el ataque es la mejor defensa”, es el anticipo lógico de la actitud ofensiva generalizada que va en busca del objetivo primario.
Mientras el grupo agresor se ocupa de la recuperación de su potencia en una “zona controlada” o “liberada” donde sanea los daños sufridos, los jefes están constreñidos a realizar una intensa autocrítica para cuantificar y cualificar los errores detectados. Es una dura confesión durante la cual los responsables llegan a ser sancionados por tribunales internos. Las conclusiones que se extraen de esas sesiones, se aplican en las siguientes operaciones.
En la teoría de la “estrategia sin tiempo”, el reconocimiento del fracaso definitivo en la obtención de un objetivo principal no es doctrinariamente digerible. Por ello los dirigentes amotinados consideran que un período de tranquilidad no es más que la condición que permite preparar una contra-campaña. ¿Qué es la paz sino el espacio intercalado entre dos guerras?, diría cínicamente Vladimir Lenin. En la “guerra prolongada”, las interrupciones son calmas mentirosas que se confunden con momentos de sincero sosiego.
Si el revés registrado por el agresor es grave, es probable que se vea forzado a cancelar provisoriamente la contra-campaña durante un lapso prolongado, sin fecha estimada de reanudación. Sin embargo, los extremistas seguramente intentarán repetir el experimento partiendo de una plataforma político-paramilitar rejuvenecida que sumará las autocríticas. El momento apropiado para reiniciar las operaciones dependerá que el “orden de batalla” de los revoltosos les permita imponer nuevamente la iniciativa.
Unicamente la eliminación generalizada de las fuerzas atacantes y sus líderes puede conducir a los sobrevivientes a admitir el colapso del proyecto. No obstante, mientras se respete el meollo teórico de la “estrategia sin tiempo”, la contienda no convencional seguirá latente y abierta a todas las opciones, aunque la respuesta al “cuándo” será una incógnita que no se develará hasta que finalice la potenciación del grupo contestatario.
La desconexión de las estrategias es acompañada por la disparidad de las reglas de empeñamiento. La segunda diferencia incrementa las disidencias, ya que uno de los combatientes apela a las normas A y el otro recurre a las B. En ese clima de desentendimiento, aquél que posee la iniciativa puede imponer su estrategia a la de su rival, lo cual le permitirá obtener una apreciable ventaja aunque se vea sometido a una asimetría desfavorable.
Examinemos algunas implicancias que origina el desencuentro estratégico en un teatro de guerra no convencional. Hoy hay varias contiendas que pueden testimoniar la aserción, pero las reduciremos solamente a dos que ofrecen grandes escenarios donde se desnudan los inconvenientes derivados de la falta de correlación en los modos de hacer la guerra. En ambos acontecimientos, cuando el desarreglo fue captado por el sector que oficia de defensor, se desencadenó una acelerada revisión doctrinaria en los modos de empleo de las fuerzas para homogeneizar la propia estrategia con la insurgente.
En primer lugar, citamos la conflagración que desangra a Afganistán desde el 07 Oct. 01 con el nombre de Operación “Enduring Freedom”. De este conflicto se conoce la fecha de iniciación, pero no hay un pronóstico sobre cuándo podría concluir. Esta opinión es compartida por el actual comandante de las fuerzas combinadas US-ISAF general Stanley McChrystal, experto en operaciones especiales, que ha solicitado (Set.09) el envío de un mayor número de efectivos para evitar una situación operativamente compleja. Hay que tener presente que la defensa no apela a la retirada táctica.
El otro caso se refiere a la Operación “Iraqui Freedom” o segunda invasión de Iraq, comenzada el 20 Mar. 03 por una fuerza expedicionaria aportada por USA y algunos aliados. Aunque actualmente las unidades del nuevo ejército nativo trabajan de consuno con los ocupantes en el mantenimiento de la seguridad territorial, lo cierto es que la “guerra prolongada” sigue en marcha con feroces atentados terroristas sistemáticos, sin que se advierta su conclusión. Las presiones políticas en los países aliados occidentales podrían modificar en los próximos meses la composición y número de las fuerzas de defensa, que después de varios años se están acostumbrando a la guerra no convencional.
En ambos acontecimientos bélicos, el diálogo estratégico reveló inicialmente un desfase nítido que llevó a pensar que las lecciones de Viet Nam no habían sido debidamente asimiladas por la doctrina. Haciendo una gran simplificación, podríamos afirmar que las fuerzas occidentales llegaron a Asia preparadas política, estratégica, anímica y logísticamente para resolver en poco tiempo lo que consideraban un conflicto de baja intensidad, cuyo objetivo era limpiar un “foco terrorista”. Los dirigentes políticos y militares no imaginaron que en ambas situaciones habría espantosas “guerras prolongadas” y con fuertes sospechas de ser “guerras generacionales”.
El comando combinado tardó demasiado tiempo en verificar que el oponente era algo más que un conjunto de “terroristas” fanatizados que medraban en las turbias aguas de la “guerra prolongada”. Más aún, no percibieron que las raíces del conflicto se hundían en la historia y se nutrían con fundamentos filosófico-religiosos extremistas, sin solución después de siglos de letargo en una cultura poco conocida.
Tanto en Iraq como Afganistán, los insurrectos estuvieron obligados a adoptar desde el comienzo la “estrategia sin tiempo”. Después de haber pagado una generosa cuota de vidas humanas y de material destruido, los dirigentes políticos occidentales y los mandos militares entendieron que en aquella parte del mundo sucedían acontecimientos que desentonaban con las expectativas que se habían forjado al llegar y tales hechos ameritaban una prolija revisión. Por eso el comando militar buscó la manera de empalmar las estrategias enfrentadas que atenuara los efectos anteriores del desfase. Los guerrilleros nativos que pelean por mantener en sus manos la iniciativa, continúan apegados a la “estrategia sin tiempo” que les permite continuar la lucha, aún en los momentos más difíciles.
Los afganos acumulan una enorme experiencia en la práctica de esa forma de combatir, que ya fue usada en las guerras contra los ingleses (siglo XIX) y luego fue ratificada contra los soviéticos (siglo XX). Las fuerzas multinacionales finalmente comprendieron que la confrontación no era convencional, advirtieron que se utilizaban procedimientos revolucionarios y modificaron sus modos de operar recurriendo a tácticas no convencionales. En el TO reconfigurado, la presencia del tiempo perdió su carácter determinante y se trasformó en una incómoda molestia política.
US, UK, otros miembros de la OTAN y aliados que participan en las Operaciones “Iraqui Freedom” y “Enduring Freedom” finalmente vieron que no resolvían los problemas militares recurriendo a la doctrina y fuerzas convencionales. La inevitable rectificación se produjo en la doctrina, composición y entrenamiento de las fuerzas de superficie. Por eso ahora hay una mayor participación de las “fuerzas especiales” y afines, expertas en los procedimientos COIN (contra-insurgencia).
La remodelación doctrinaria y estructural de las fuerzas militares aconsejada por la guerra no convencional, se está trasladando a la USAF y otras fuerzas aéreas del mundo con una prisa que tendrá sus consecuencias. Las unidades aéreas COIN, con mentalidad, doctrina y material apropiado, aún tardarán un tiempo en estar listas. Mientras tanto se piensa apelar a aviones sustitutos que originalmente fueron diseñados y construidos con fines distintos.
Dos ejemplos en vista, el Hawker Beech AT-6 “Texan II” y el EMB-314 “Súper Tucano”, que vieron la luz como entrenadores y esperan ser convertidos en precarias aeronaves COIN. No representan la solución deseable, pero es lo que se puede obtener con mayor rapidez. Actualmente los A-10A/C “Thunderbolt II”, eficaces destructores de blindados, suplen la increíble ausencia de plataformas específicamente diseñadas para COIN.
Irónicamente, hoy lidiamos con un problema que no es desconocido pero tal vez no se le prestó la debida atención ante las primeras dudas sobre su ascendencia en las decisiones. Se trata del tiempo pero no el ingrediente meteorológico, sino el que se compone con una sucesión imparable de situaciones. Es la separación entre un principio y un final, la parte de una época o período. Es la sustancia intangible que se mide con un almanaque o un reloj y se expresa en años, meses, días, horas y minutos, también en siglos.
Mao Zedong, diletante aventajado de la “guerra prolongada” y apasionado lector de Sun Zi, descubrió que la tiranía del tiempo podía trasformarse en una amistosa cooperación si aprendía a servirse del espacio comprendido. La lucubración lo llevó a desarrollar el contenido práctico de la “estrategia sin tiempo” y a perfeccionar el modelo con perspicacia y sencillez. Es decir, se liberó del incordio representado por los hitos temporarios que actuaban como fabricantes de restricciones y en cambio privilegió el objetivo. Fue una suerte de desplazamiento del centro de gravedad conceptual.
Tal vez Mao haya pensado que si la fijación del tiempo se interponía en su propósito, ¿por qué no librarse de esa atadura? Si bien no se puede detener el avance del tiempo, hay artilugios para suavizar su coacción. Mao experimentó su idea en el curso de las campañas del Guomindang. Así evolucionó la “estrategia sin tiempo” que dio a luz la contra-campaña y sus brazos tácticos, la retirada y la contraofensiva, paso anterior a la ofensiva definitoria.
El costo humano de esta estrategia tiene una relación directa con los beneficios del usuario. No obstante, Mao priorizó el logro del objetivo por sobre el número de bajas que soportaba. Cuando el encuentro no le era favorable, buscaba la rehabilitación con una salvadora retirada táctica. A pesar de sus cualidades, el éxito de la “estrategia sin tiempo” demanda enormes sacrificios que el conductor tiene que estar dispuesto a sobrellevar. Quien la utiliza para sus fines, debe estar mental y materialmente preparado para remontar los descalabros que agravan la asimetría con el adversario.
La “guerra prolongada” no era un estilo de lucha que careciera de antecedentes antes de la revolución china. Tal vez los casos habidos no fueron analizados con la prolijidad de Mao que vio en el método bélico la escalera hacia el triunfo, o los observadores de otras épocas no le dieron trascendencia al alargamiento de un conflicto y sus repercusiones. Lo cierto es que el perfeccionamiento y aplicación de la “estrategia sin tiempo” en los años ‘30s fue un mérito del carismático revolucionario chino.
Llama la atención que los estados más militarizados del planeta estén haciendo un gran esfuerzo para hallar soluciones a los problemas que se plantean en el campo táctico y no le presten el mismo interés a la investigación del genoma estratégico que identifica a las guerras no convencionales, más frecuentes en estos tiempos. Aunque se considere una perogrullada, conviene recordar que la lógica recomienda comenzar por el principio para llegar al final, pero en este caso queda la sensación que no se respeta el orden.
Mao advirtió que si emprendía una retirada táctica para curar las heridas que le inferían las derrotas parciales, el tiempo insumido no le restaría chances para reanudar posteriormente las operaciones. Paralelamente, el alargamiento de la guerra agregaba más fatiga anímico-moral a las fuerzas del generalísimo Jiang Jieshi y las adelgazaba.
Si un bando es vencido durante el combate y el resultado no es reconocido por su líder, el daño causado no se modifica. Sin embargo, con su actitud el jefe demuestra sus agallas para recuperar la potencia que le permita proseguir la lucha y esa convicción es un importante estímulo para sus subordinados. El conductor muestra que es un líder con decisión, un ejemplo para sus tropas. Sobre todo, no se da por vencido a pesar de haber sido vencido. En pocas palabras, es un jefe que sabe superar la adversidad y retener la lealtad de sus hombres. La personalidad de Mao y la disciplina impuesta a sus fuerzas contribuyeron a ese propósito.
¿Qué se puede decir sobre el tiempo que dispone una unidad irregular después de haber sufrido un tropiezo en combate y que comenzó a cumplir las actividades propias de la retirada táctica? La opinión de un militar ortodoxo probablemente diga que la pérdida insumirá una larga y complicada restauración de las guerrillas diezmadas, complicando su reaparición en el TO. Un jefe no convencional, que tiene una visión estratégica distinta, seguramente afirmará que el espacio que media entre ambos momentos (retirada y contra-ofensiva) debe ser aprovechado al máximo para reparar el daño registrado y volver a operar con plenitud.
¿Se puede medir la vigencia de la “estrategia sin tiempo”? Desde luego, usando meses, días, horas y minutos. Sin embargo, la subjetividad del factor es observada con distintos enfoques por el defensor y el atacante. En el caso comentado, si el defensor opera convencionalmente, puede inclinarse por configurar alguna de las siguientes situaciones. Primero, mantener el impulso ofensivo y rubricar su misión eliminando el remanente de la agrupación insurrecta que ha sido disminuida. Segundo, la aparente inacción del vencido hace imaginar a la defensa que el golpe infligido ha sido definitorio, por lo cual puede tomar un respiro y reducir el ritmo de las operaciones.
El lapso que hay entre el comienzo de la retirada táctica y la iniciación de la contra-ofensiva, es para el perdedor muy dinámico y requiere una contribución integral de los rebeldes, conducente a la reorganización y reforzamiento de las fuerzas irregulares. Los jefes sediciosos observan el triunfo del defensor como un desenlace negativo transitorio, pasible de ser revertido en las siguientes batallas. En cambio, satisfecho por el resultado de la campaña, posiblemente el defensor no advierta que el vencido empieza a desarrollar una actividad encubierta y de muy bajo perfil con el fin de reponer las capacidades.
En el grupo no convencional, se inaugura un período de extensión indeterminada cuyo límite es la terminación del alistamiento de los activistas. Ese hito indica que los sediciosos se han recuperado y están en condiciones de disputar la iniciativa para emprender la contra-ofensiva, haciendo uso de la sorpresa activa contra el rival que presuntamente habría bajado su guardia. La situación descubre las diferencias que separan a los contendientes, o sea, el que abrazó la “estrategia sin tiempo” embarcándose en una intensa labor de construcción, y el opuesto, que disfrutó el triunfo creyendo haber reconquistado un falso estado de paz.
El agrupamiento que recompone las fuerzas necesitará un mes, un año, varios años o demandará un recambio generacional, cualquier supuesto es admisible. La cantidad de tiempo es secundaria, lo principal es el objetivo. Cada historia tiene su propia característica y le da una figura especial a los detalles de la contienda. Cualquier duración temporal de la retirada táctica hasta la contra-ofensiva es aceptable para un liderazgo obsesivo, fanático pero paciente, que espera su nueva oportunidad.
El extremismo islámico ofrece un caso excepcionalmente claro. Esa tendencia ideo-religiosa estuvo activa en varias ocasiones a lo largo de la historia, aun durante dilatados períodos y terminó con derrotas que fueron consideradas definitivas, pero los hechos posteriores probaron que eran ficticias. Los espacios temporarios—verdaderos espejismos de paz—entre uno y otro resurgimiento duraron siglos y hoy, otra de esas explosiones de fundamentalismo, se encuentra en flagrante curso ejecutando modas de combate nunca conocidas antes.
Tanto la “guerra prolongada” como la “estrategia sin tiempo” que Mao Zedong modeló con artesanía de orfebre, tuvieron intuitivos y reiterados antecedentes históricos preliminares. Pero Mao se ocupó de orquestar las nociones aisladas, las articuló con pautas de una ideología implacable, produjo una doctrina operativa orientadora, logró que el tiempo se pusiera a su servicio y posicionó el objetivo como fin prioritario superior a cualquier requerimiento. Las defensas convencionales, no están familiarizadas con los espacios temporarios intercalados entre los momentos tácticos de la “estrategia sin tiempo” y se confunden con la manipulación.
El falso escenario de paz que sigue a un duro revés de los revoltosos, trasmite una sensación de alivio a la defensa y una suerte de laissez faire domina la red de alerta nacional, donde las instituciones y sus servidores seguramente reclaman una merecida distensión. Ese tramposo ambiente promueve la reducción del alerta político y de seguridad. El cuadro situacional así configurado se hace cómplice de la insurrección por cuanto la ayuda a reconstituir sus filas en un clima de tranquilidad.
El olvido de uno y la perfidia del otro se combinan para que los respectivos comandos instrumenten la gestación y gestión de la confrontación asimétrica no convencional. Cuanto menos apremiado se encuentra el grupo rebelde, gana más tiempo y la estructura revolucionaria se fortalece. En esa instancia, el tiempo se convierte en un nivelador positivo de la asimetría.
De otro modo, ¿cómo se explica la violenta actividad insurreccional actual de un importante sector islámico fundamentalista? Los musulmanes fueron expulsados de España en el siglo VIII. Alrededor de doscientos años después, los caballeros cruzados intentaron sepultar sin éxito a los herederos de los invasores de Europa. Fue un largo siglo de luchas terribles que dejaron hondas cicatrices militares, morales y sociales en cada una de las partes.
El agotamiento que produjo en cristianos y musulmanes por igual, dio paso a un extendido aunque no muy confiable armisticio tácito, tiempo durante el que los creyentes ortodoxos del Islam no olvidaron que sus fronteras avanzadas habían llegado hasta Europa. Ese período temporario, ensangrentado por “otras guerras”, fue un gran módulo con incipientes sospechas de más choques antes que una paz garantizada.
En estos días, nuevas y radicalizadas organizaciones de igual ideología están demostrando que nada ha cambiado y los espejismos subsisten. Los ancestros de los modernos fedayines y talibanes probablemente combatieron en tierras europeas y los descendientes no se ruborizan anunciando públicamente que mantienen vivo el sueño de reconstruir el antiguo califato que había llegado a golpear la puerta de la Galia.
Esta desquiciada aspiración geopolítica de discutible sensatez explica la jihad o “guerra santa” que sectores musulmanes fanatizados decretan esporádicamente contra los “infieles”. Si en años pasados se hubiera analizado con más minuciosidad el choque de civilizaciones que Samuel Huntington trató con propiedad, se hubiera avistado la huella de la “estrategia sin tiempo” que estamos aprendiendo a conocer.
La eterna contienda árabe-israelí es una excrecencia de la misma “guerra prolongada” y está visiblemente emparentada con la que tiene por teatro a Iraq y Afganistán. Pero no son los únicos focos de fundamentalismo que aparecen en el mundo. A los ejemplos mencionados debemos sumar también los de Filipinas, Indonesia, Sudán y últimamente el Maghreb en el norte de Africa. Hasta la misma China ha aplastado sin contemplaciones algunas explosiones de rebelión ideológica. En China, Filipinas, Indonesia y Africa, las reglas de empeñamiento tienen un señalado parecido a las utilizadas a lo largo de la mal llamada “guerra civil” revolucionaria maquinada por Mao entre 1924 y 1949.
Ante la continuada expansión de la “guerra prolongada” que se sostiene con la “estrategia sin tiempo”, el mundo demócrata y pacífico no tiene otra opción que buscar y encontrar soluciones que eviten su sitio y rendición. La situación global es delicada y por eso las defensas nacionales no deben equivocarse en la categorización e identificación de las causas a pesar de los artilugios de velo y engaño que utilizan los agresores. Además los revoltosos usan estos métodos para divulgar teorías ideo-políticas extremas, pero también para llevar a cabo actividades delictivas de gran magnitud e inclusive multinacionales, a las cuales se las conoce genéricamente como “amenazas no tradicionales” y cuyas manifestaciones más comunes son el narcotráfico y el crimen organizado.
En lugar de aceptar dócilmente el planteo operacional enemigo, el Estado que se defiende debe usar la ventaja que le provee su mayor potencialidad y no permitir que los sediciosos impongan el ritmo de las operaciones a su antojo. La opción prioritaria es siempre revertir la iniciativa con vista a obligar al atacante a emprender el retroceso sin dejar que se trasforme en una retirada táctica y presionarlo sin darle respiro hasta descartarlo como amenaza a la seguridad nacional.
La defensa nacional, si trabaja con seriedad profesional, puede generar un escenario como el descrito a continuación. Primero hay que identificar claramente la contienda en gestación y la estrategia elegida por el adversario, previo análisis de su conducta político-operativa. A continuación conviene hacer un meticuloso repaso de las normas usadas por la defensa clásica o convencional con el fin de decidir en qué medida es indispensable remodelar los patrones de instrucción y empleo de los medios, las doctrinas y las tácticas.
En ese proceso, que no debe demorar demasiado, es principal que la defensa determine la estrategia adoptada por el rival. Con ese fin hay que descubrir dos cuestiones básicas: detectar si el enemigo pone en marcha la “estrategia sin tiempo” y las reglas de empeñamiento que elige. Las reglas de empeñamiento de la defensa, aunque no sean idénticas a las del agresor, no deben estar totalmente divorciadas de los criterios del atacante para no caer en el caso de las “dos guerras diferentes”.
La guerra no convencional que hoy acostumbran a desarrollar las “amenazas no tradicionales”, ha rescatado muchas de las especulaciones estratégicas perfeccionadas por Mao Zedong hace unos 80 años. Los profesionales castrenses, hasta hace poco habituados a usar el tiempo como la marcación limitante normal en el texto de la misión, están comprobando que tales hitos pocas veces funcionan como una facilidad y en cambio se erigen como molestias para el logro de los fines.
En la “estrategia sin tiempo”, el que fuera un claro factor limitante para los comandantes, se ha convertido en un subalterno del objetivo deseado y por lo tanto se somete a sus necesidades, tolerando excesos y atrasos derivados de la evolución de las operaciones. En este modelo de estrategia, la precisión que supo tener el tiempo en el pasado ha cedido lugar a una indispensable flexibilidad utilitaria. Por eso ahora aparece en el campo no convencional como un eficiente contribuyente en la obtención del objetivo.
Notas
1. En el primer caso, el nombre de Mao está escrito en pinyin, sistema chino para romanizar el idioma. El segundo caso, corresponde al sistema Wade-Giles, que predominó en el mundo anglófono gran parte del siglo XX.
2. Sobre más detalles de la teoría de la guerra revolucionaria subversiva, ver “La Guerra No Convencional” (2009), trabajo del autor en proyecto de publicación.
3. Presuntamente Sun Zi vivió alrededor del año 500 A.C. Sus antecedentes están plagados de incertidumbres, según sean los biógrafos. La obra que se le atribuye, “El Arte de la Guerra”, consta de trece capítulos donde sus preceptos siguen conservando una sorprendente vigencia. Además, las reglas aconsejadas son aplicables a numerosas actividades humanas.
4. La “estrategia sin tiempo” abarca dos partes opuestas pero interrelacionadas, la campaña que prepara el Estado atacado y la contra-campaña de la organización sediciosa. La parte atacante tiene dos fases, una actitud defensiva y otra ofensiva que culmina el primer tramo de la guerra con la posesión del poder. La actitud defensiva tiene dos momentos: una retirada táctica que es seguida por la contra-ofensiva, antesala de la actitud ofensiva. Ampliaciones sobre el decurso estratégico, ver “La Guerra No Convencional” del autor.
El Comodoro (R) José C. D’Odorico, Fuerza Aérea Argentina, fue piloto de transporte aéreo con más de 5.000 horas de vuelo habiéndose retirado del servicio activo en 1975. Se especializó en el estudio de la guerra revolucionaria marxista-leninista y la guerra subversiva. Es autor de varios libros sobre el Marxismo-Leninismo y muchos artículos algunos publicados por la Air University Review, y el Air & Space Power Journal. Actualmente se desempeña como Asesor Honorario, Revista Escuela Superior de Guerra Aérea, FAA y corresponsal del Armed Forces Journal International, Washington, D.C. y la Revista Aérea, New York, en Argentina.Declaración de responsabilidad: Las ideas y opiniones expresadas en este artículo reflejan la opinión exclusiva del autor elaboradas y basadas en el ambiente académico de libertad de expresión de la Universidad del Aire. Por ningún motivo reflejan la posición oficial del Gobierno de los Estados Unidos de América o sus dependencias, el Departamento de Defensa, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o la Universidad del Aire. El contenido de este artículo ha sido revisado en cuanto a su seguridad y directriz y ha sido aprobado para la difusión pública según lo estipulado en la directiva AFI 35-101 de la Fuerza Aérea.
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