Document created: 6 June 05
Air & Space Power Journal - Español Segundo Trimestre 2005

¿Qué Tipo de Guerra?

Perspectivas Estratégicas sobre la Guerra contra
el Terrorismo

Coronel John D. Jogerst, USAF

Guerra contra el terrorismo

El primer acto de juicio, el supremo, el más trascendental que un estadista y un comandante tienen que hacer es establecer por esa prueba el tipo de guerra que están emprendiendo; ni tomarla por algo ni tratar de convertirla en algo ajeno a su naturaleza.

—Carl von Clausewitz

Después de haber transcurrido tres años de nuestra guerra global contra terroristas transnacionales, la estrategia de Estados Unidos y sus socios en la coalición en el mundo civilizado continúa evolucionando.1 Los regímenes dirigentes que apoyaban el terrorismo en Afganistán e Irak han sido destruidos. Los movimientos terroristas en las Filipinas y en otros lugares están bajo ataque. Terroristas individuales han sido arrestados en países alrededor del mundo. Estados Unidos ha publicado una Estrategia nacional para combatir el terrorismo (National Strategy for Combating Terrorism) que exige una "estrategia de acción continua y directa en contra de grupos terroristas, el efecto cumulativo de la cual inicialmente interrumpirá, con el tiempo degradará y en un final destruirá las organizaciones terroristas".2 Sin embargo, el debate nacional continúa en torno a las características de, la estrategia correcta para y la meta fundamental de Estados Unidos en esta guerra contra el terrorismo.

Durante la secuela inmediatamente después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, varios comentaristas caracterizaron ese conflicto como un tipo de guerra completamente nuevo.3 El alcance global y la integración de las organizaciones terroristas, la posibilidad que éstas utilizaran armamento de destrucción en masa y la ausencia de una nación-estado como adversario parecían inauditas. Nuestra Estrategia nacional para combatir el terrorismo reconoce que esta "lucha contra el terrorismo internacional es diferente a cualquier otra guerra en nuestra historia. No triunfaremos solamente, o inclusive principalmente, a través de nuestro poderío militar. Tenemos que luchar contra las redes terroristas y todos aquellos que apoyan sus intentos de esparcir el termo alrededor del mundo empleando cada instrumento de poder nacional—diplomático, económico, policial, financiero, información, inteligencia y militar".4

Poner en práctica esos instrumentos de poder nacional de manera coherente requiere una perspectiva unificada—una definición del conflicto al igual que un adversario específico—que aplica desde el campo de batalla táctico hasta los niveles más altos donde se formula la política en Estados Unidos. Para dicha perspectiva, el debate académico y popular se ha unido en torno a tres candidatos. Un campo ve el conflicto como un "choque de civilizaciones" intrínsecos en nuestro mundo multicultural y globalmente conectado. Otro lo percibe como parte de una tarea interminable en una sociedad civilizada y global para sacar de raíz y destruir los elementos malignos que acechan a esa sociedad. Para un tercer campo, la guerra actual contra el terrorismo representa una fase nueva y más amplia en una guerra civil continua por el control del mundo árabe islámico.

Aunque un análisis meticuloso confirma la validez de la tercera perspectiva, el terreno global y las tácticas de terror de los insurgentes obstaculizan nuestra visión. Nuestro marco de referencia para la guerra contra el terrorismo tiene implicaciones tanto inmediatas como a largo plazo para la estrategia de Estados Unidos y la planificación de la fuerza. Cada una de esas perspectivas le presenta a Estados Unidos un conjunto de opciones estratégicas muy diferentes.

El Choque de Civilizaciones

En su artículo "The Clash of Civilizations?" (¿El choque de civilizaciones?) y en su libro subsiguiente sobre el mismo tema, Samuel Huntington describe el futuro del conflicto no en términos de competencia entre las naciones-estados por recursos e influencia, sino en términos de fricción entre las grandes civilizaciones del mundo.5 En el pasado, miembros de civilizaciones diferentes no tenían contacto, o solamente había contacto intermitente, entre ellas. Los conflictos ocurrieron principalmente entre miembros de la misma civilización que luchaban por el control local del territorio, población o influencia. Esa situación cambió con el surgimiento de los grandes imperios occidentales, cuya tecnología superior les permitía dominar otras civilizaciones; los miembros de la civilización occidental también llevaron a cabo guerras a gran escala en contra de ellos mismos. El fin de la Guerra Fría aparentemente trajo el fin de la guerra dentro de la civilización occidental pero también eliminó las restricciones sobre el conflicto entre otros miembros de una red de civilizaciones mundiales que ahora están estrechamente conectadas.

En esta nueva fase de la competencia, Huntington da por sentado que los conflictos fundamentales surgirán de las diferencias culturales entre las civilizaciones importantes, descritas como cristiana occidental, cristiana ortodoxa, islámica, animista africana, hindú, budista, confucionista y japonesa. Los conflictos ocurren en "las fallas" entre esas culturas, donde temas de una identidad básica cultural y de valores reemplazan los temas geopolíticos internacionales que anteriormente eran el combustible de los conflictos básicos en los estados.6

Si se emplea el marco de referencia de Huntington, uno pude ver el conflicto entre Islam y el Occidente como una continuación de 1.400 años de competencia entre dos culturas expansionistas y universalistas que son similares en sus opiniones misioneras (al punto que representan una fe verdadera y tienen la obligación de convertir a todos los "infieles").7 Su monoteísmo les dificulta asimilar deidades adicionales y los lleva a percibir el mundo en términos dualistas. Si bien para ambos el mundo es un producto del "diseño de Dios", el cual tienen un deber de obedecer, el concepto que los musulmanes tienen del Islam como un modo de vida incluye la religión y la política, en cambio en el cristianismo occidental se separa la práctica de la religión del ejercicio del poder del estado secular.

Una variedad de foros ha respaldado esa perspectiva de la guerra contra el terrorismo como un "choque de civilizaciones"—la cuarta guerra mundial. Al escribir inmediatamente después de la secuela del 9/11 y de la guerra en Afganistán, el Dr. Eliot Cohen de la Universidad Johns Hopkins, describe esta guerra como un "concurso por el gobierno libre y moderado en el mundo musulmán".8 Al hacer un discurso ante un Simposio de restauración en un fin de semana en el 2002, James Woolsey, ex jefe de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), hizo referencia a la tesis del Dr. Cohen, hábilmente resumiendo el conflicto en términos culturales: "Nos odian por la libertad de expresión, la libertad de religión, por nuestra libertad económica, por nuestra igualdad en el trato igual—o por lo menos prácticamente igual—de las mujeres, por todas las cosas buenas que hacemos".9 Uno puede encontrar un resumen más ilustrado del conflicto cultural entre el Islam y Occidente en las obras de Bernard Lewis, profesor emérito de estudios sobre el Cercano Oriente en la Universidad de Princeton. En sus artículos que abarcan la década pasada, el Dr. Lewis identifica la causa como un conflicto fundamental entre la visión triunfante de las pasadas conquistas por parte del Islam y su marginalización actual política y económica.10

Osama bin Laden y Al-Qaeda han efectuado enunciados similares, estereotipando el conflicto como un choque global apocalíptico. En una entrevista que tuvo lugar en 1999, bin Laden describe la guerra de la siguiente manera: "Digamos que hay dos partes en el conflicto: La primera parte es la cristiandad mundial, que está aliada con los judíos sionistas y dirigida por Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel; mientras que la segunda parte es el mundo musulmán".11 Este mensaje consistente es un eco de su comentario anterior que "la guerra no solo será entre la gente de dos mezquitas sagradas y los estadounidenses, sino que será entre el mundo islámico y los estadounidenses y sus aliados porque esta guerra es una cruzada nueva dirigida por los norteamericanos contra los países islámicos".12 La idea de un gran choque de civilizaciones—una guerra que pone al Islam en contra del Occidente—le sirve a estos grupos como un grito de reunión. Desde este punto de vista, ambas partes se enfocan en las diferencias culturales básicas entre las sociedades islámicas y occidentales e implica que el éxito en esta guerra radica en cambiar (es decir, derrotar) al otro.

Si aceptamos este esquema conceptual para la guerra contra el terrorismo, entonces tenemos que definir nuestros objetivos dentro de ese esquema. En este choque, la meta de cada civilización exige cambios (destruyendo eficazmente) o contener al otro. Esos objetivos aplican ya sea si uno adopta una postura realista (el otro constituye una amenaza que se tiene que destruir o contener) o una postura idealista (el otro tiene que aceptar los valores y normas de comportamiento "correctas"). Diseñar una estrategia exige que definamos las maneras como vamos a emplear los medios que tenemos disponibles para lograr el objetivo seleccionado—nuestros fines.

Destruir o conquistar otra cultura o grupos de países que constituyen esa cultura implica cambiar los regímenes dirigentes que son las expresiones de esa cultura en el sistema internacional de naciones-estados. Esta postura da por sentado que hemos descartado la aniquilación física de la cultura y su población porque es incompatible con los valores de nuestra propia cultura. Regímenes nuevos, ya sean partidarios con el Occidente o controlados directamente por el mismo, tienen que cambiar las sociedades que rigen. La historia incluye ejemplos abundantes de cómo uno puede cambiar los regímenes, aunque en la mayoría de los casos esta acción hace muy poco por alterar la cultura implícita si se conserva la población. El ejemplo de Gran Bretaña en la India es instructivo, al igual que la experiencia colonial en Irak. La colonización de las Américas sí cambió las culturas preexistentes, pero la población indígena fue prácticamente eliminada y reemplazada con—o dominada por—colonos cristianos occidentales.

Emplear nuestras herramientas diplomáticas, de información, militares y económicas que tenemos disponibles para cambiar los regímenes islámicos resultaría difícil. Nuestro experimento con las sanciones diplomáticas y económicas en contra de Irak durante la década de los años noventa ilustran el punto de esa dificultad. A pesar de la casi unánime presión diplomática al nivel mundial y de casi una década de embargos, tomó una acción militarmente significativa para derrotar el régimen de Saddam Hussein.

Librar una guerra en contra de una "civilización" exigirá una estrategia de confrontación y de conquista. Aunque problemático, el Occidente podía de hecho librar dicha guerra y ganarla. Verdaderamente, sería costoso y se necesitaría un gran número de tropas, junto con fuerzas militares de alta tecnología. Además, involucraría un periodo de ocupación significativo para establecer el control sobre la población y cambiar su comportamiento mediante el adoctrinamiento y la educación.

A pesar de que las Operaciones Libertad Duradera en Afganistán y Libertad para Irak demostraron la capacidad de la tecnología avanzada de los militares occidentales para ganar las batallas, las consecuencias nos han enseñado que para garantizar la estabilidad y reconstruir se necesita una gran cantidad de personal. Inclusive con esfuerzos substanciales, aún está por verse si el Occidente puede ganar la batalla de información y deshacer los efectos de años de condicionamiento ideológico en las escuelas islámicas (madrasas) y el régimen de cinco oraciones diarias en las mezquitas. Uno duda si una campaña externa de información pudiese cambiar significativamente la estructura de la cultura cerrada e independiente del Islam.

Contener los estados islámicos presenta una tarea aún más difícil. La represión, que implica una frontera dentro de la cual uno controla al enemigo, exige que se forje una coalición sólida para crear y mantener esa frontera. El Occidente refrenó exitosamente a la Unión Soviética pero solamente ante una amenaza inminente a la supervivencia de los países de la coalición y con el legado de las alianzas militares de la Segunda Guerra Mundial sobre la cual se basó. Es probable que el potencial militar de los países islámicos, inclusive las potencias nucleares presentes y futuras, nunca alcanzarán la magnitud del Ejército Rojo Soviético.

La represión económica del Islam representa un problema aún mayor. A diferencia de la Unión Soviética durante la Guerra Fría, los estados islámicos desempeñan un papel decisivo en el mundo económico. Muchos presuntos integrantes de la coalición antiislámica dependen de los países islámicos para sus suministros de petróleo. Solamente Arabia Saudita posee alrededor de un cuarto de las reservas de petróleo comprobadas del mundo. La interrupción económica en el Occidente ocasionada por la pérdida de esos recursos tornaría el apoyo popular hacia ese refrenamiento sumamente improbable en ausencia de una amenaza inminente y abrumadora.

De hecho, uno estaría apremiado por tachar a los países islámicos de ser una amenaza significativa. Sus fuerzas militares son pequeñas y su alcance es limitado. Además, tienen un interés creado en apoyar al Occidente como cliente por su petróleo y como la fuente final de su riqueza. Es más, los miembros de la Coalición Global contra el Terrorismo, encabezada por Estados Unidos, incluye Azerbaiján, Egipto, Jordania, Kuwait, Kirguistán, Malasia, Pakistán, Qatar, Arabia Saudita, Tayikistán, Turquía, Turkmenistán, los Emiratos Árabes Unidos y Uzbekistán.13

Más problemáticamente, una estrategia de represión solamente pospone el conflicto. La esencia de la represión es el estancamiento—evitar la guerra abierta mientras se espera o bien porque las condiciones internas del adversario cambien o buscar una competencia no militar. Sin opciones militares o económicas eficaces, solamente podemos esperar por un cambio ideológico dentro de la población del adversario. La naturaleza independiente y la estabilidad cultural demostrada del Islam indican que esa sería una larga espera. Mientras, la represión condena la población adversaria al aislamiento y la miseria, fortalece las élites prevalecientes al proporcionar un enemigo externo al cual culpar por los problemas y siembra las semillas del conflicto futuro.

La tesis de Huntington indica donde probablemente tendrán lugar las guerras, pero verdaderamente no decreta la guerra. Sitúa la fricción a lo largo de fallas entre las civilizaciones pero no excluye la cooperación a través de esas líneas. Varios escritores le han llamado la atención a Huntington por haber identificado la cultura como la fuerza motriz para el conflicto futuro en lugar de los problemas locales de poder político, economía e ideología.14 De hecho, la estrategia nacional de Estados Unidos rechaza explícitamente la guerra contra el terrorismo como un choque de civilizaciones: "El enemigo no es un solo régimen político, una sola persona, religión o ideología. El enemigo es el terrorismo—una violencia premeditada y motivada políticamente, perpetrada en contra de inocentes".15

Nuestra Estrategia nacional para combatir el terrorismo perfecciona esa afirmación al enfocarse en combatir las redes terroristas, catalogando el conflicto como una lucha entre los terroristas y todos los países civilizados. Separados retóricamente de la sociedad islámica en general, los terroristas son oportunitas malos y mal aconsejados que se aprovechan del descontento popular y lo emplean para alimentar sus agendas radicales. No tenemos ninguna intención de luchar en una guerra de conquista en contra del Islam.

Al-Qaeda Contra el Occidente

Si bien le llamamos una guerra contra el terrorismo, las guerras se libran en contra de adversarios específicos—no acciones. Nuestros enemigos en esta guerra se identifican de varias maneras, a saber "musulmanes radicales", "extremistas islámicos" o sencillamente "personas malvadas". Los comentaristas identifican al Islam radical como el criadero para esos individuos y citan los principios pacíficos del Islam como prueba que los terroristas no representan ni al pueblo árabe ni al islámico, cuyos gobiernos no apoyan abiertamente a los grupos terroristas. Las autoridades en más de 90 países, inclusive Arabia Saudita, Jordania, Yemen, Pakistán, Malasia e Indonesia han arrestado miembros de Al-Qaeda y grupos afines.16

Jamal Khashoggi, editor en jefe de Noticias Árabes en el idioma inglés en Arabia Saudita, proporciona un argumento desde este punto de vista, señalando la vergüenza que bin Laden le ha ocasionado a su destacada familia, su falta de reputación como un hombre de letras islámico y su violación a la prohibición de Islam con respecto al derramamiento de sangre de inocentes.17 Sin embargo, según una abundancia de informes, Al-Qaeda y otros grupos fundamentalistas disfrutan un apoyo a lo largo del mundo islámico. Steven Emerson—experto en terrorismo, director del Proyecto de Investigación y autor del libro titulado American Jihad: The terrorists Living among Us—declaró ante el Congreso que,

utilizando una red elaborada de mezquitas, escuelas, organizaciones caritativas y humanitarias, e inclusive instalaciones oficiales diplomáticas, Arabia Saudita por años ha fomentado el crecimiento y diseminación de una interpretación doctrinal militante del Islam. La ideología del wahabismo ha sido exportada no sólo en todo el Oriente Medio sino también en el mundo entero, inculcando el odio entre las nuevas generaciones de jóvenes islámicos militantes en contra de los norteamericanos, los cristianos, los judíos y el pueblo occidental.

Sin embargo, él advierte que

es urgente destacar al inicio que el terrorismo de Osama Bin-Laden y el extremismo del wahabismo no es lo mismo que el Islam. La gran mayoría de los musulmanes no están atados al terrorismo o al extremismo sino que buscan la coexistencia pacífica al igual que otros integrantes de otras denominaciones religiosas. Más bien, es solamente una minoría de extremistas islámicos los que buscan imponer sus puntos de vista en el resto del mundo musulmán.18

Los mismos terroristas ofrecen apoyo con respecto a este punto de vista sobre una guerra contra el Occidente. La meta mencionada de bin Laden y de Al-Qaeda es expulsar del "mundo islámico" al sistema globalizado dirigido por el Occidente como una manera de "corregir lo que le sucedió al mundo islámico en general, y en particular a la tierra de los Dos Lugares Sagrados".19 Estos comentarios tienen que ver con la pérdida de territorio en los conflictos árabe-israelita, la liberación de Kuwait por las fuerzas occidentales, la presencia continua de esas fuerzas en la península árabe y la baja de las fortunas económicas en el Oriente Medio.20

Bin Laden expresa abiertamente el compromiso que Al-Qaeda tiene con la violencia en su "Declaración de Guerra contra los Norteamericanos que Ocupan la Tierra de los Dos Lugares Sagrados", publicada en 1996.21 Además, un manual de entrenamiento de Al-Qaeda capturado durante un allanamiento en Gran Bretaña revela gráficamente las intenciones de la organización: "Los gobiernos islámicos nunca se han establecido ni nunca se establecerán mediante soluciones pacíficas ni concilios de cooperación. Se establecen como siempre ha sido—por medio de la pluma y la pistola—de la palabra y la bala—de la lengua y los dientes".22 Por lo tanto, los terroristas desean coaccionar a Occidente de manera que se retiren de la península árabe y de Palestina. A una escala mayor, hacen un llamado al establecimiento forzoso de gobiernos islámicos que rechazan los contactos con, y la influencia de, Occidente.

Si esta es la guerra que enfrentamos, tenemos que establecer una meta para capturar o matar a los integrantes de esos grupos terroristas, al igual que refrenarlos de actos de violencia y evitar el reclutamiento en el futuro. Paul K. Davis y Brian Michael Jenkins ven a los terroristas como parte de un sistema completo, cada elemento con características singulares y avenidas de influencia (figura 1). Elaborar una estrategia mundial para derrotar a los terroristas exige lidiar correctamente con cada una de esas partes e integrar medidas diplomáticas, de información, militares y económicas. Dicha acción, reflejada en la Estrategia Nacional para Combatir el Terrorismo, probablemente se parecerá más a una operación de cumplimiento de la ley que una guerra:

Estados Unidos y sus socios derrotarán a las organizaciones terroristas que tengan alcance global atacando sus santuarios; líderes; mando, control y comunicaciones; apoyo material; y finanzas…

Les negaremos a los terroristas patrocinio, apoyo y santuario adicionales cerciorándonos que otros estados acepten sus responsabilidades para tomar acción en contra de estas amenazas internacionales dentro de su territorio soberano…

Disminuiremos las condiciones fundamentales que los terroristas buscan aprovecharse reclutando a la comunidad internacional para que enfoquen sus esfuerzos y recursos en aquellos aspectos de más riesgo...

Más importante aún, defenderemos a Estados Unidos, nuestros ciudadanos y nuestros intereses tanto dentro como fuera del país protegiendo de manera proactiva a nuestra patria y ampliando nuestras defensas para cerciorarnos que identificamos y neutralizamos la amenaza lo más pronto posible (énfasis en el original).23

La estrategia de Estados Unidos detalla los tipos de actividades y campañas que son necesarias para derrotar a los terroristas. Para los operadores militares, el concepto más significativo tiene que ver con una inversión de la relación normal de la inteligencia y las operaciones. En las operaciones militares convencionales, las fuerzas enemigas por lo regular son más fáciles de encontrar que destruir. Formaciones militares relativamente grandes y su equipo por lo regular funcionan en terreno despejado y emiten una variedad de señales que están sujetas a que sean interceptadas y localizadas por medios técnicos. Luego, se puede dirigir fuerza superior para destruir una proporción lo suficientemente grande del poder de combate y las defensas del adversario para neutralizar la unión y eficacia de la unidad. Más tarde, la unidad derrotada se retira, dispersa o se captura.

Figura 1. Los actores en un sistema terrorista

Figura 1. Los actores en un sistema terrorista. (Reimpreso del libro de Paul K. Davis y Brian Michael Jenkins titulado Deterrence and Influence in Counterterrorism: A Component in the War on Al Qaeda, MR-1619-DARPA (Santa Monica, CA: RAND, 2002), 15, http://www.rand. org/publications/MR/MR1619).

En contraste, los terroristas funcionan como individuos o en pequeños grupos escondidos dentro de una población más grande, produciendo pequeñas señales que se pierden fácilmente dentro del ruido de una sociedad global. Pueden llevar a cabo actividades empleando mensajeros y trasladarse independientemente para evitar crear señales. Encontrarlos requiere un esfuerzo de inteligencia extensivo para aprovechar la información más mínima que los terroristas dejen salir inadvertidamente. De hecho, puede que la inteligencia humana sea la única manera de recopilar información sobre la que se puede actuar antes de los actos terroristas. Después de haber localizado a los terroristas, uno puede capturar o destruirlos con una fuerza relativamente pequeña, cerciorándose que se dé razón de todos ellos; de lo contrario, ellos se pueden reagrupar y continuar sus ataques.

Las operaciones militares en la guerra contra el terrorismo no necesitarán incrementos sustanciales de fuerzas convencionales. Más bien, la contribución militar se debe enfocar en la recopilación de inteligencia. No debemos subestimar la magnitud del esfuerzo que es necesario para capturar las señales más vagas del enemigo, la necesidad de contar con inteligencia humana y la naturaleza crítica de la coordinación entre las instituciones. Las operaciones militares tradicionales probablemente estarán limitadas a proporcionar movilidad y pequeñas fuerzas de incursión. Los combates principales entrarían en juego solamente para lidiar con concentraciones grandes de terroristas o estados que los apoyan. Esas operaciones militares deben expresar sus objetivos en términos de cumplimiento de la ley: encontrar a cada terrorista, ya sea vivo o muerto. Debemos solicitar la ayuda de otras organizaciones y países para que proporcionen información y se encarguen del desarrollo y reconstrucción del país en zonas donde se engendran los terroristas.

Esta perspectiva surge de la suposición que esta guerra es entre los terroristas y los países occidentales, específicamente Estados Unidos. De ser así, los terroristas están librando una guerra en contra de Estados Unidos, sus ideales y el sistema internacional que lo apoya. Los terroristas buscan cambiar comportamientos occidentales específicos, hacer que el mundo cambie su punto de vista al de ellos y a la larga destruir la civilización occidental. Sin embargo, enunciados de los mismos terroristas ponen en duda esa opinión. Los líderes de Al-Qaeda conocen muy bien y están familiarizados con la cultura occidental. ¿Acaso ellos pensaron que los ataques del 11 de septiembre conllevarían a cambios fundamentales en la cultura y forma de gobierno occidental? ¿O es más probable que ellos concibieron esos ataques para provocar una respuesta de Occidente que ellos pudiesen sacarle provecho para lograr el apoyo de otra audiencia? A Osama bin Laden no le importa cómo se difunde su mensaje en Peoria, Illinois. Sus objetivos y su público destinatario radican dentro del mundo islámico árabe. Específicamente, un análisis de la historia y la retórica de los grupos terroristas islámicos nos llevan a la conclusión que son una insurgencia activa librando una guerra civil. Si este es el caso, entonces la lucha es entre elementos progresivos y fundamentalistas que buscan controlar el mundo islámico.

La Guerra Civil en el
Mundo Islámico (árabe)

Los enunciados y los actos terroristas son consistentes con una de las formas de guerra más antigua—insurgencia—pero que se lleva a cabo en un escenario global. Su objetivo no es la violencia insensata, la venganza o ganancia; más bien, se ven a sí mismos como "un movimiento organizado cuya meta es derrocar a un gobierno constituido mediante el uso de la subversión y el conflicto armado".24 Su liderazgo, si bien organizado de manera indefinida pero eficaz bajo el estandarte de Al-Qaeda, sigue una ideología definitiva que influencia su estrategia y base de apoyo a medida que ellos persiguen su meta de reemplazar a los gobiernos actuales del mundo árabe con un califato islámico.25 La base de apoyo de los terroristas consta de una red extensa y bien organizada de individuos, funcionarios religiosos y gubernamentales, retoños del movimiento Hermandad Musulmana Islámica y grupos de disidentes locales.

Las raíces de los fundadores y los integrantes más antiguos de Al-Qaeda radican en los movimientos nacionalistas, por ejemplo, Hermandad Musulmana, que fue establecida en Egipto en 1928 y que está relacionada muy de cerca con el movimiento fundamentalista saudí de la secta Wahhabi.26 Fundado como una reacción ante el dominio colonial de los países islámicos, la hermandad busca lograr la independencia nacional y establecer gobiernos islámicos en nuevos países. Ha generado otros grupos y continúa aprovechándose del descontento popular para promover su causa.27 Desde la retirada de las potencias coloniales, la hermandad ha encaminado sus esfuerzos en contra de los regímenes árabes actuales, buscando participación de ser posible—o de lo contrario, actuando de manera violenta.

Una lectura minuciosa de las proclamaciones de los propios terroristas revela su enfoque en la península árabe. Ellos guardan sus censuras y condenas más amargas para los gobernantes de Arabia Saudita. Con respecto a los problemas dentro de Arabia Saudita, bin Laden escribió lo siguiente: "Ellos (el pueblo) inclusive piensan que esta situación es una maldición de Alá por no oponerse a la opresión y el comportamiento y las medidas ilegítimas del régimen en vigor: Ignorar la Ley Divina o Shari’ah; privar al pueblo de sus derechos legítimos; permitir que los norteamericanos ocuparan la tierra de los Dos Lugares Sagrado; y el encarcelamiento injusto de los eruditos sinceros". Él apeló directamente a las fuerzas de seguridad saudí declarando que:

El régimen había cambiado esos principios (islámicos) y su interpretación, humillando al Ummah (comunidad del Islam) y desobedeciendo a Alá. Hace medio siglo los gobernantes le prometieron al Ummah recuperar el primer Qiblah (literalmente, la dirección en que se oraba; a inicios de su carrera el Profeta volvió su rostro hacia Jerusalén), pero cincuenta años más tarde llegó una nueva generación y las promesas han cambiado; la mezquita Al-Aqsa (la "Cúpula de la Roca" en Jerusalén en la Montaña del Templo) fue entregada a los zionistas y las heridas de Ummah aún sangran ahí. Al momento que el Ummah no recupera el primer Qiblah y la ruta del viaje del Profeta (que las bendiciones y los saludos de Alá sean derramados sobre él), y a pesar de todo lo mencionado anteriormente, el régimen saudí había empequeñecido al Ummah en las santidades restantes, la Ciudad Sagrada de Makka y la mezquita del Profeta (Al-Masjid An-Nabawy) al acudir al ejército de los Cristianos para defender el régimen. A los cruzados se les permitió permanecer en la tierra de los Dos Lugares Sagrados. No debe sorprendernos que el mismo Rey colocara la cruz en su pecho.28

Robert Baer, un veterano de 21 años de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y un experto en el Oriente Medio, capta la dinámica de esa insurgencia en su artículo "The Fall of the House of Saud" (La caída de la Casa de Saúd), alegando que el régimen actual en Arabia Saudita ha enajenado su legitimidad. Una monarquía represiva que no les ofrece a sus ciudadanos ninguna participación significativa en el gobierno, la Casa de Saúd perdió sus credenciales como defensora de los lugares sagrados dentro de la cultura islámica a causa de la corrupción, los lapsos morales, no liberar a Palestina y la dependencia en Estados Unidos. Por último, una combinación de crecimiento popular, los precios bajos del petróleo y el desembolso de la familia real ha disminuido la renta per cápita en Arabia Saudita de $28.600 en 1981 a $6.200 en el 2001.29 Los gastos extravagantes se ha convertido en un asunto espinoso particular; por ejemplo, según se informa, un príncipe gastó $4.6 mil millones en un palacio y en un complejo de parque de diversiones en las afueras de Riyad. La cantidad de dinero desviado para apoyar a la familia real convertiría a Arabia Saudita en la cleptocracia número uno en la lista de cualquiera—la Casa de Sáud se jacta de que las ganancias del petróleo solamente le pertenecen a ella. Los fondos del estado consisten en lo que queda después de pagarles los sueldos reales a aproximadamente 10.000 a 12.000 príncipes.30

El llamamiento de Al-Qaeda dentro de Arabia Saudita y el mundo islámico radica en su promesa de reforma mediante un retorno a los principios fundamentales del Islam en lugar del trabajo prolongado de formar gobiernos representativos en los países islámicos. Por consiguiente, Bin Laden se auto cataloga como un Robin Hood del Oriente Medio, viviendo una vida humilde de servicio mientras "defiende a los pobres y a los esclavizados contra un tirano distante y sus secuaces cercanos".31 En sus escritos titulados "Islam and the West" (Islam y Occidente) y "The Politics of Rage" (La política de la ira), Fareed Zakaria esboza el llamamiento de los terroristas. Una población islámica, joven y en crecimiento, se ha tornado política y económicamente frustrada ante la no-participación de los gobiernos en el mundo árabe, una corrupción propagada, mal manejo de los recursos del estado y una civilización global que apoya el statu quo. Con su mensaje profundamente impregnado en la historia, los terroristas les ofrecen a estos jóvenes regresar a los valores islámicos "tradicionales" y las glorias del siglo XIII, cuando los ejércitos árabes musulmanes arrasaron a lo largo de África, Asia y el Sur de Europa. Ellos han convertido en lema el llamamiento por una expansión islámica renovada.32

Entonces, ¿qué significa todo esto? Los insurgentes emplean tácticas terroristas en una guerra civil que se libra en contra de—y con miras a reemplazar—los regímenes musulmanes "ilegítimos". Tal como explica Lee Harris, la única importancia del Occidente radica en servir como refuerzo en la campaña de los insurgentes:

El ataque terrorista del 9/11 no fue concebido para obligarnos a cambiar nuestra política, sino que fue creado por sus efectos en los mismos terroristas: fue una obra de teatro espectacular. Los blancos fueron escogidos por Al-Qaeda y no a través de cálculos militares—en contraste, por ejemplo, al ataque japonés en Pearl Harbor—sino solamente porque eran símbolos del poder norteamericano reconocido universalmente por el público árabe. Eran refuerzos gigantescos en un espectáculo grandioso en el que la fantasía colectiva del islamismo radical se hizo realidad: tan solo unos pocos musulmanes, hombres cuya voluntad era absolutamente pura, tal como lo comprobó su martirio, derrumbaron las altivas torres construidas por el Gran Satanás. ¿Qué mejor prueba podía haber que Dios estaba del lado del islamismo radical y que el fin del reino del Gran Satanás estaba por venir?33

Esa manipulación de símbolos y percepción es característica de una insurgencia. En vista de que los insurgentes no pueden ganar batallas convencionales y retener el territorio, buscan otras avenidas para lograr las victorias. A la larga, ellos esperan persuadir a la población a que dejen de apoyar al gobierno actual (por ejemplo, destruir su legitimidad) y en cambio compartir su suerte con los insurgentes.

La legitimidad del gobierno, el precio de cualquier guerra civil, depende de muchos factores: un equilibrio aceptable de bienestar material y seguridad, una participación significativa en el gobierno y consistencia cultural. El lado que mejor cumpla con esas necesidades obtendrá el apoyo del pueblo. El Dr. Gordon H. McCormick, de la Escuela de Postgrado de la Armada, emplea un triángulo de gobierno-pueblo-insurgente para ilustrar ese conflicto fundamental (figura 2).34 Los insurgentes buscan interrumpir el eslabón del gobierno con el pueblo demostrando su incapacidad para gobernar. Los ataques a funcionarios del gobierno y a quienes los apoyan revela la impotencia del régimen, mientras que los ataques en los blancos económicos socavan la capacidad del gobierno para proveer las necesidades materiales de la población. Muchos grupos de insurgentes ofrecen servicios en competencia—tanto ayuda económica como un gobierno "fantasma"—para comenzar a reemplazar activamente el gobierno y fortalecer sus enlaces con el pueblo. Uno encuentra pruebas de esa actividad en las uniones sumamente difundidas entre las organizaciones terroristas y las organizaciones de "caridad" islámicas, al igual que el origen de Al-Qaeda dentro de esas organizaciones de caridad que no sólo reclutaron guerreros para la guerra afgana en contra de la Unión Soviética, sino que también le proporcionó beneficios a los veteranos en ese conflicto. Por su parte, el gobierno busca separar a los insurgentes de la población atacando al primero y reubicando o protegiendo al segundo. Al mismo tiempo, el gobierno tiene que tratar los agravios que dieron lugar a la insurgencia.

Si los terroristas son insurgentes que libran una guerra civil dentro del mundo islámico, ¿cuál es la estrategia correcta—quién debe llevarla a cabo? Derrotar a una insurgencia exige que identifiquemos y destruyamos a los "soldados" enemigos, al igual que ataquemos las bases ideológicas, la estructura de apoyo y las condiciones básicas de los insurgentes que los crea y los apoya. Derrotar un sistema más amplio; destruir las fuentes de nuevos reclutas, apoyo y santuario de los terroristas: y regresar pacíficamente los combatientes del enemigo a sus sociedades son condiciones necesarias para lograr una victoria en esta guerra.

Figura 2. Triángulo de gobierno-pueblo-insurgente

Figura 2. Triángulo de gobierno-pueblo-insurgente

Si bien es un tema bien analizado, el tema de la contrainsurgencia no se comprende bien. Sencillamente reconocer que los terroristas están librando una insurrección global produce los conocimientos de doctrina más importantes: las operaciones militares convencionales no pueden dominar nuestra estrategia final para la victoria, y la batalla se puede ganar solamente dentro del mundo musulmán. Es decir, solamente el gobierno autóctono—y no una potencia externa—puede ganar la batalla por la legitimidad popular. Uno puede encontrar la doctrina detallada de Estados Unidos para la contrainsurgencia en las directrices del Ejército de los Estados Unidos sobre la defensa interna en el extranjero, el enfoque de la cual es la defensa y el desarrollo interno (IDAD)—la gama completa de medidas que toma un país para fomentar su crecimiento y autoprotegerse de la subversión, anarquía e insurrección. IDAD se dedica a fomentar instituciones viables—políticas, económicas, militares y sociales—que cumplen con las necesidades de la sociedad.35

Esas definiciones, enfocarse en la seguridad y el desarrollo desde adentro de la sociedad que se ve amenazada, tienen que moldear cada aspecto de nuestra estrategia. El papel que Estados Unidos, o cualquier potencia externa, desempeña en una estrategia IDAD es asesorar, capacitar y asistir a las fuerzas autóctonas a establecer el control del gobierno dentro de sus fronteras. La suposición crítica y tácita en esta doctrina es que el gobierno autóctono apoyado puede lograr y mantener su legitimidad.36 Mientras que una perspectiva a corto plazo se enfoca en encontrar y derrotar a los insurgentes, una estrategia completa reconoce la supremacía de los aspectos políticos, económicos y sociales del conflicto.

En IDAD, las operaciones estrictamente militares deben proporcionar un entorno seguro en el que se puede suscitar un desarrollo equilibrado. Las operaciones iniciales de Estados Unidos en Afganistán sirvieron esta función, destruyendo al régimen Talibán y a los ejércitos de Al-Qaeda y sacándolos de los centros de la población. Sin embargo, las operaciones militares nunca deben convertirse en acciones independientes encaminadas solamente a destruir las fuerzas de combate de los insurgentes y las zonas de su base. Las operaciones militares tienen que permanecer como parte de un esfuerzo sincronizado para obtener metas más amplias.37

La campaña contrainsurgencia dentro del programa IDAD consta de tres fases que se traslapan y que a menudo son simultáneas. En la primera fase, las fuerzas militares y paramilitares aseguran la zona que ha sido seleccionada para consolidarse. Una vez más, uno supone que esas fuerzas son tropas autóctonas bajo el control de un gobierno local y legítimo. Su meta es la destrucción sistemática de la estructura de fuerza del enemigo y de los insurgentes individuales. En vista que personas viven en la zona que va a consolidarse, las tropas tienen que limitar su uso de potencia de fuego para disminuir las bajas civiles y los daños a la propiedad. El intento verdadero de consolidación comienza con la segunda fase, cuando las agencias del cumplimiento de la ley reemplazan a las fuerzas operacionales después que éstas han o bien destruido o neutralizado a los insurgentes y su infraestructura. La fase final tiene que ver con el trabajo de desarrollo—el desarrollo nacional—donde el gobierno local le trae seguridad y prosperidad a la población.38 Extender esta doctrina a un conflicto global que cruza las fronteras nacionales, culturales y económicas representa un reto porque su naturaleza mundial amplía el alcance de las operaciones en todas las zonas y complica las interacciones entre las partes del sistema terrorista y nuestra estrategia.

Para poder lidiar con complicaciones de esa índole, la mayoría de los expertos en la materia y la doctrina actual estadounidense consideran a las insurgencias como sistemas complejos. Hacerlo nos exige que tomemos en cuenta los efectos de nuestros actos con respecto a la organización de los insurgentes, en las relaciones entre sus diferentes partes y en las relaciones entre los insurgentes y el resto del mundo. Desde un punto de vista militar, tenemos que emplear un enfoque de sistemas para integrar los efectos políticos, sociales y económicos de la acción militar con el conflicto más amplio. Los siguientes comentarios combinan la doctrina militar con la obra de Bard E. O’Neill, especialmente su análisis minucioso Insurgency and Terrorism: Inside Modern Revolutionary Warfare (La insurrección y el terrorismo: Dentro de la guerra revolucionaria moderna).39

La doctrina del Ejército emplea siete elementos como marco de referencia para analizar a una insurrección: el liderazgo de los insurgentes, ideología, objetivos, entorno, apoyo externo, etapas de una operación y patrones orgánicos/operacionales.40 O’Neill enmarca su análisis en torno a la organización y unidad de los insurgentes, la naturaleza de la insurrección, las estrategias de los insurgentes, entorno, apoyo popular, apoyo externo y reacción del gobierno.41 En cualquiera de los dos marcos de referencia, uno tiene que examinar esas características y extenderlas correctamente al campo de batalla global de la insurgencia actual.

Un análisis de la insurrección produce características de cada componente del sistema de los terroristas y luego sugiere posibles métodos de operación terrorista, vulnerabilidades y estrategias para derrotarlos. Sin embargo, uno no puede construir partes individuales de la estrategia de manera aislada porque las interacciones entre las partes del sistema terrorista, del entorno global y nuestras propias acciones pueden resultar en que una estrategia en particular tenga efectos sumamente diferentes en diferentes partes del sistema. Por ejemplo, la noción tradicional del apoyo externo para una insurrección toma en cuenta una nación-estado que les proporcione recursos y santuario a los insurgentes. En esta guerra, el apoyo de los insurgentes consta no de estados, sino de una red compleja de individuos, funcionarios gubernamentales y organizaciones—tanto abiertas como secretas—que les ofrece ayuda y refugio dentro de las sociedades abiertas del Occidente o de regiones anárquicas en el mundo. Ellos emplean las comunicaciones globales, el transporte y la infraestructura financiera como parte esencial de sus operaciones. Todo esto complica la tarea de localizar, aislar y derrotar a los insurgentes.

Destruir cualquier insurgencia es una tarea compleja y a largo plazo para la cual no hay un arma autodirigida, una bala de plata o un nódulo crítico que garantice una victoria rápida. Esta guerra presenta pocas oportunidades para el combate entre fuerzas militares organizadas en una zona definida con los combatientes bien apartados en una zona de retaguardia. Probablemente, las operaciones militares que sí se lleven a cabo parecerán como las pequeñas guerras caóticas y sucias del pasado.42 Más importante que estos pocos conflictos abiertos, se encuentra la campaña sostenida y completa para "secar el pantano" donde se procrea el terrorismo—la clave a la contrainsurgencia. Lamentablemente, esta actividad es poco atractiva para el Departamento de Defensa porque ofrece pocas oportunidades para emplear nuestra mejor tecnología, genera muy pocos requisitos de programas costosos y toma varios ciclos de elecciones políticas para completarla. Además, hay muy poco espacio para combates gloriosos entre guerreros valientes, exigiendo destrezas más similares a las de un policía en su zona de servicio o un político construyendo una comunidad. Una comparación rápida de los principios de guerra con los de las operaciones militares sin guerra declarada (MOOTW) (a la contrainsurgencia se le considera un sub-conjunto de las MOOTW) de la doctrina conjunta de Estados Unidos destaca esas diferencias (tabla 1).

Tabla 1. Principios de guerra y principios de las MOOTW

Guerra 

MOOTW

Objetiva 

Objetiva

Ofensiva

Restricción
Masa                           
Economía de fuerza
Maniobra
Unidad de mando  Unidad de esfuerzo
Seguridad  Seguridad
Sorpresa  Perseverancia
Sencillez Legitimidad
Adaptación de la Joint Publication 1, Joint Warfare of the Armed Forces of the United States, 14 de noviembre de 2000, III-8.

Si bien puede que esté más allá de nuestros recursos y no nos compete resolver los problemas que las sociedades musulmanas enfrentan, podemos hacer mucho por exhortar al mundo musulmán a que las resuelvan internamente. Históricamente, la falta de capacidad para poder participar en moldear el orden público por lo regular ha resultado en insurrecciones. Sin embargo, la democracia y el gobierno representante no son incompatibles con la práctica del Islam. Los gobiernos en Turquía, Indonesia, Irán y a veces en Pakistán dan muestras de una democracia participativa en varios grados. Grandes cifras de musulmanes viven en países del Occidente, practican su religión y participan en la democracia. Tenemos que hacer todo lo posible por exhortar a esos países y grupos para que tomen la delantera en el mundo islámico y sus organizaciones.

Sin embargo, nuestra primera tarea es evitar ataques futuros en América y el resto del mundo civilizado—aislando la insurgencia de manera que se pueda atacar y derrotar en su lugar de origen. Idealmente, deseamos identificar, capturar y matar a todos los posibles terroristas antes de que ataquen. No obstante, la naturaleza extendida, cerrada y difundida de las organizaciones terroristas/insurgentes no lo hace posible. El hecho de que tenemos que mantener la legitimidad y una base legal sólida es igualmente importante. La mayoría de los posibles terroristas no cometen crímenes sino hasta el momento en que atacan. Evidentemente, los 19 asaltantes infames del 9/11 entraron legalmente a Estados Unidos y no habían infringido ninguna ley antes de ese día. Si no podemos arrestar a los terroristas, entonces tenemos que refrenarlos para que no comiencen su ataque.

¿Pero cómo podemos disuadir a aquellos adversarios que están dispuestos a suicidarse para atacarnos? Una respuesta radica en el análisis del sistema que los apoya y los sostiene y luego desarrollar y ejecutar una estrategia sostenida que ataca cada parte de ese sistema de una manera correcta. La mayoría de los integrantes del sistema terrorista, especialmente aquellos que conforman su estructura de apoyo, no están dispuestos a morir por la causa y se pueden disuadir obligándolos a aceptar la responsabilidad que hasta el momento han evitado. Otra respuesta tiene que ver con negarles a los terroristas cualquier beneficio que sea producto de sus actos. Endurecer directamente los blancos disminuye el daño que un terrorista pueda infligir a cambio de su sacrificio, y tratar como criminales a los terroristas capturados, sujetos a un juicio público y el encarcelamiento, les niega que sean considerados mártires. Quizás la táctica más importante exige catalogar los actos terroristas en su contexto completo islámico. Al-Qaeda ha sido criticada por los líderes religiosos islámicos por practicar una erudición islámica selectiva y vulgar. Puede que la muerte en la batalla atraiga los elogios dentro del Islam—pero no el suicidio.

Conclusión

¿Qué tipo de guerra es esta? Las pruebas muestran que es principalmente una guerra civil por el control del mundo árabe islámico. Sin embargo, su campo global y las tácticas de terror de los insurgentes empañan nuestra perspectiva. Los problemas culturales—la fricción entre las culturas—son factores en la batalla por el gobierno legítimo en los países musulmanes. El conflicto aún no ha tomado la forma de un choque entre civilizaciones pero se podría convertir en uno.

En esta guerra, hemos apoyado a los regímenes actuales en los países musulmanes, tanto explícita como implícitamente, a través de la economía global y las instituciones políticas. Los insurgentes—los terroristas—que buscan destruir esos regímenes han adoptado tácticas para eliminar ese apoyo, y por ende hacernos parte de esa guerra. Los terroristas ven esta conexión al Occidente como un centro de gravedad y han redescubierto el comentario de Clausewitz sobre esto último: "para los países pequeños que dependen de los más grandes, por lo regular el centro de gravedad es el ejército de su protector".44 Ganar la guerra contra el terror exige que continuemos ayudando a los regímenes amigos en sus intentos de eliminar a los insurgentes—no retirar nuestro apoyo.

No obstante, en esta guerra civil ninguno de los lados cuenta con los valores ni exhibe las acciones que admiramos totalmente. Indistintamente de la motivación de los insurgentes, no podemos permitir los ataques a Estados Unidos. Optar por el terrorismo como una táctica y el hecho de que han convertido en blanco a los ciudadanos estadounidenses nos obliga a responder. Pero no necesitamos hacerlo extendiendo nuestro apoyo incondicional a los gobiernos actuales en el mundo árabe. Tenemos que preparar cuidadosamente nuestra respuesta para que encaje en la realidad de este conflicto, especialmente en términos de darle fin a las operaciones de los terroristas en aquellas zonas más allá del alcance de los gobiernos musulmanes a la vez que fomentamos reformas internas para tratar los agravios legítimos.

De hecho, las insurrecciones existen a causa de los agravios. Eliminar esos agravios exigirá cambios fundamentales a los gobiernos árabes existentes—una parte esencial de cualquier solución a largo plazo. Efectuar un cambio de esa índole es una tarea difícil y delicada que requiere sopesar cuidadosamente nuestras palabras y acciones. Tenemos que atacar el mal tanto de los terroristas como de los regímenes represivos de maneras cónsonas con su cultura. De la misma manera que el acto terrorista no es el enemigo, Islam tampoco lo es. En cambio, los enemigos son individuos e instituciones que emplean la violencia para dominar a sus semejantes. Tenemos que evitar un choque de civilizaciones exhortando la madurez de los principios.

Puede que el Islam y el Occidente tengan diferencias, pero esas diferencias no conducen al conflicto hasta que un lado reta al otro. En ese caso, la estrategia nacional de Estados Unidos, nuestros valores fundamentales, la naturaleza de nuestras sociedades occidentales y las interconexiones globales que traen las influencias occidentales a los hogares alrededor del mundo se han combinado para colocarnos en el medio de una guerra civil continua dentro del mundo islámico. Estados Unidos ha hecho un llamamiento consistente por fomentar la democracia en el extranjero y trabajar de manera activa para llevar la democracia y el imperio de la ley a los lugares más remotos del mundo—comprometiéndose a cambiar esos aspectos de otras civilizaciones.45 Los valores y las creencias del Occidente, producidos en la red de información global, han entrado prácticamente en cada parte del mundo islámico.

Si de hecho la guerra contra el terrorismo se convierte en un choque de civilizaciones, Occidente inadvertidamente la habrá iniciado, y la demanda insaciable del mundo por los frutos de la civilización occidental la apoyarán. Esa demanda popular me hace sentir confiado que los requisitos no negociables de la dignidad humana establecidos en nuestra estrategia de seguridad nacional—"el imperio de la ley, los límites sobre el poder absoluto del estado, la libertad de expresión, la libertad de culto, la igualdad en la justicia, el respecto por las mujeres, tolerancia étnica y religiosa y el respeto a la propiedad privada"—en un final triunfarán.46

Notas:

1. De la manera que aquí se emplea, el significado de terrorismo es consistente con el que se encuentra en el informe anual del Departamento de Estado de EE.UU., Patterns of Global Terrorism, extraído del Título 22 del Código de Estados Unidos, sección 2656f(d): "El término terrorismo significa violencia premeditada y motivada políticamente perpetrada en contra de blancos no combatientes por grupos o agentes clandestinos, cuya intención por lo regular es influenciar al público". El significado de terrorismo transnacional sigue la definición que se encuentra en el libro de Bard E. O’Neill titulado Insurgency and Terrorism: Inside Modern Revolutionary Warfare (Dulles, VA: Brassey´s, Inc., 1990): terrorismo efectuado por actores autónomos, no estatales para distinguirlo de actos llevados a cabo por grupos controlados por un estado soberano (24).

2. Presidente George W. Bush, National Strategy for Combating Terrorism (Washington, DC: The White House, febrero de 2003), 2, http://www.whitehouse.gov/news/ releases/2003/02/counter_terrorism/counter_terrorism _strategy.pdf.

3. Para una buena perspectiva, consultar Elaine M. Grossman, "Is the U.S. Military Ready to Take on a Non-Conventional Terror Threat?" Inside the Pentagon, 18 de octubre de 2001, 1. Una perspectiva global, si bien aún enfocada en las operaciones militares convencionales, es evidente en el artículo de Eliot Cohen titulado "World War IV," Wall Street Journal, 20 de noviembre de 2001. Para discusiones más detalladas, consultar Lt Col Andrew J. Smith, Royal Australian Army, "Combatting Terrorism," Military Review, enero-febrero de 2002, 11–18; y Colin S. Gray, "Thinking Asymmetrically in Times of Terror," Parameters, Primavera del 2002, 5–14. Para un tratamiento general, consultar T. Irene Sanders, "To Fight Terror, We Can’t Think Straight," Washington Post, 5 de mayo de 2002, B2.

4. Bush, National Strategy for Combating Terrorism, 1.

5. Samuel P. Huntington, "The Clash of Civilizations?" Foreign Affairs 72, no. 3 (Verano de 1993): 22–28; e idem, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order (New York: Simon and Schuster, 1996).

6. Huntington, Clash of Civilizations, 208.

7. Ibid. Este párrafo resume gran parte del capítulo 9, "The Global Politics of Civilizations."

8. Cohen, "World War IV."

9. El Restoration Weekend es un simposio anual conservador auspiciado por el Centro para el Estudio de la Cultura Popular, un grupo 501(c)(3) sin fines lucrativos basado en Los Angeles. En noviembre de 2002, el simposio se llevó a cabo en Palm Beach, FL. James R. Woolsey, "World War IV" (discurso, Restoration Weekend Symposium, 16 de noviembre de 2002, http://www.globalsecurity. org/military/library/report/2002/021116-ww4.htm).

10. Bernard Lewis, "The Roots of Muslim Rage," Atlantic Monthly 266, no. 3 (septiembre de 1990): 47.

11. Copia de "Osamah Bin-Laden, the Destruction of the Base," presentada por Salah Najm (llevada a cabo por Jamal Isma’il en un lugar no especificado en Afganistán), divulgada el 10 de junio de 1999, Terrorism Research Center, http://www.terrorism.com/terrorism/BinLadin Transcript.shtml.

12. Osama Bin Laden, "Dispatches 1997," citado en "A Sampling of Quotations from Osama Bin Laden," Boston Herald, 20 de septiembre de 2001.

13. Comando Central de EE.UU., "International Contributions to the War on Terrorism," http://www. entcom.mil/Operations/Coalition/joint.htm (accesado el 19 de agosto de 2003); y Departamento de Defensa de EE.UU., "International Contributions to the War against Terrorism," hoja informativa, 14 de junio de 2002, http://www.state.gov/coalition/cr/fs/12753.htm.

14. Para una selección de artículos sobre los aspectos de la tesis de Huntington, ver Richard E. Rubenstein y Jarle Crocker, "Challenging Huntington," Foreign Policy, no. 96 (Otoño de 1994): 113; Edward W. Said, "The Clash of Ignorance," Nation 273, no. 12 (22 de octubre de 2001): 11; y Seifudein Adem Hussein, "On the End of History and the Clash of Civilization: A Dissenter’s View," Journal of Muslim Minority Affairs 21, no. 1 (2001): 25–38.

15. President George W. Bush, The National Security Strategy of the United States of America (Washington, DC: The White House, 17 de septiembre de 2002), 5, http:// www.whitehouse.gov/nsc/nss.html.

16. Embajada de EE.UU., Tokio, Japón, "White House Details Steady Progress in Global War on Terrorism," hoja informativa, 1 de julio de 2003, http://japan.usembassy. gov/e/p/tp-20030703a4.html (accesado el 16 de agosto de 2004).

17. Jamal Khashoggi, "War against Terror: a Saudi Perspective," Arab News, 9 de octubre de 2001, http:// www.arabview.com/articles.asp?article=109 (accesado 25 de julio de 2003).

18. Senado, Testimony of Steven Emerson with Jonathon Levin before the United States Senate Committee on Governmental Affairs: "Terrorism Financing: Origination, Organization, and Prevention: Saudi Arabia, Terrorist Financing and the War on Terror," 108avo Congreso, 1ra session, 31 de julio de 2003, 3, http://www.senate.gov/~gov_affairs/073103emerson. pdf. Ver también Steven Emerson, American Jihad: The Terrorists Living among Us (New York: Free Press, 2002).

19. Osama Bin Laden, "Declaration of War against the Americans Occupying the Land of the Two Holy Places," Al Quds Al Arabi, 1 de agosto de 1996, http://www.defend democracy.org/research_topics/research_topics_list.htm?topic=7580&page=2.

20. Dr. Fareed Zakaria, "Special Report: The Politics of Rage," Newsweek 138, no. 16 (15 de octubre de 2001): 36.

21. Bin Laden, "Declaration of War."

22. Al Qaeda Training Manual (localizado por la Policía Metropolitana de Manchester (Inglaterra) durante un allanamiento en la casa de un miembro de Al-Qaeda), http://www.fas.org/irp/world/para/manualpart1.html.

23. Bush, National Strategy for Combating Terrorism, 11–12.

24. Joint Publication 1-02, Department of Defense Dictionary of Military and Associated Terms, 12 de abril de 2001 (enmiendas hasta el 9 de junio de 2004), 260, http://www. dtic.mil/doctrine/jel/new_pubs/jp1_02.pdf.

25. El califa previsto uniría al mundo Musulmán bajo un gobernante religioso y temporal—un califa que sirve como sucesor del profeta Mohamed.

26. Para una buena discusión sobre la influencia de la Hermandad Musulmana sobre Osaba bin Laden, ver Peter L. Bergen, Holy War, Inc.: Inside the Secret World of Osama bin Laden (New York: Free Press, 2001).

27. Gary Servold, "The Muslim Brotherhood," en Know Thy Enemy: Profiles of Adversary Leaders and Their Strategic Cultures, editores Barry R. Schneider and Jerrold M. Post (Maxwell AFB, AL: USAF Counterproliferation Center, noviembre de 2002), 41–84.

28. Bin Laden, "Declaration of War."

29. Robert Baer, "The Fall of the House of Saud," Atlantic Monthly, mayo de 2003, 53–62.

30. Ibid., 56.

31. Bernard Lewis, "Deconstructing Osama and His Evil Appeal," Wall Street Journal, 23 de agosto de 2002.

32. Zakaria, "Special Report." Este informe que consta de cinco partes—"Islam y el Occidente" y "La política de la ira"—proporciona una reseña de los problemas que fueron un incentivo para el terrorismo y la violencia islámica.

33. Lee Harris, "Al Qaeda’s Fantasy Ideology," Policy Review, no. 114 (agosto / septiembre de 2002): 19.

34. La relación de "legitimidad" entre el gobierno, el pueblo y los insurgentes es fundamental para la teoría y doctrina de contrainsurgencia. Durante discusiones con el autor, varios oficiales militares que participaban en la guerra contra el terrorismo mencionaron que el triángulo del Dr. McCormick les dio un discernimiento crítico a medida que elaboraron sus misiones.

35. US Army Field Manual (FM) 31-20-3, Foreign Internal Defense Tactics, Techniques, and Procedures for Special Forces, 20 de septiembre de 1994, 1-1.

36. La legitimidad del gobierno radica en las mentes del pueblo gobernado. Ellos consienten o aceptan el régimen a cambio de seguridad física, participación significativa en las tomas de decisiones del gobierno y recompensas materiales—en otras palabras, la "vida, libertad y la búsqueda de la felicidad" que Thomas Jefferson escribió en la Declaración de Independencia. Esto no significa que los gobiernos legítimos tienen que ser democracias liberales o cumplir con cada requisito con igualdad. Siempre que existan mecanismos adecuados para satisfacer las necesidades percibidas del gobierno, el pueblo considerá al gobierno como legítimo. Por ejemplo, a pesar de la naturaleza represiva de la Unión Soviética, su pueblo aparentemente le otorgó la legitimidad al gobierno comunista hasta que fracasó completamente en cumplir con sus necesidades materiales. El gobierno actual de la China parece conservar su legitimidad al cumplir con las necesidades materiales y de seguridad de su población a pesar de proporcionarle muy poca participación significativa en la toma de decisiones del gobierno

37. FM 31-20-3, Foreign Internal Defense, 1-18.

38. Ibid., apéndice C.

39. O’Neill, Insurgency and Terrorism.

40. FM 31-20-3, Foreign Internal Defense, 1-8.

41. O’Neill, Insurgency and Terrorism. He alterado el orden de la presentación para facilitar una presentación paralela con información previa de la doctrina del Ejército.

42. Para una buena definición, ver el texto clásico del Coronel C. E. Callwell Small Wars: Their Principles and Practice, 3ª edición (1906; reimpreso., Lincoln: University of Nebraska Press, 1996):

Guerra pequeña es una expresión que ha entrado en boga durante los últimos años y que es algo difícil de definir. Se puede decir que prácticamente incluye todas las campañas salvo en las que ambos lados opuestos consistían de tropas regulares. Consta de expediciones de soldados disciplinados en contra de razas salvajes y semi civilizadas, consta de campañas que se han llevado a cabo para reprimir las rebeliones y la guerra de guerrillas en todas partes del mundo donde los ejércitos organizados luchan en contra de sus opositores que no se enfrenta a ellos en un campo abierto, y por ende, obviamente abarca operaciones que varían en su alcance y sus condiciones (21).

43. "Suicide Bombings Are UnIslamic, Says Grand Mufti," Gulf News, edición en línea, 25 de abril de 2001, http://www.gulf-news.com/Articles/print.asp?ArticleID= 15483.

44. Carl von Clausewitz, On War, editores y traductores, Michael Howard and Peter Paret (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1976), 596.

45. President William J. Clinton, A National Security Strategy for a New Century (Washington, DC: The White House, May 1997), i; y Bush, National Security Strategy, introduction.

46. Bush, National Security Strategy, 3.


El que quiera llegar a ser un gran Capitán, e iniciarse en los ministerios del arte de la guerra, lea y relea las campañas de Alejandro, Aníbal, César, Gustavo, Turena, Eugenio y Federico; tome a estos grandes hombres por dechado. Su talento, madurado con este estudio, le hará desechar las máximas opuestas a las de estos grandes Capitanes.

—Napoleón


Colaborador

El Coronel John D. Jogerst

El Coronel John D. Jogerst, USAF (Licenciatura, Academia de la Fuerza Aérea; Maestría, University of Arkansas), es director adjunto general del Comando de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea. Fue Decano de Operaciones Espaciales en la Universidad del Aire, en el cuerpo docente de la Escuela de Guerra Aérea, Base Aérea Maxwell, Alabama. Además, se desempeñó como director de estado mayor, Cuartel General del Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos, Base Aérea MacDill, Florida; comandante del 19avo Grupo de Operaciones Especiales, Campo Aéreo Hurlburt, Florida; y navegante del C/MC-130. Un contribuyente del Air & Space Power Journal, el Coronel Jogerst es egresado en los programas residentes de la Escuela para Oficiales de Escuadrón, Escuela Superior de Comando y Estado Mayor, y de la Escuela Superior de Guerra Aérea, Base Aérea Maxwell, Alabama.

Declaración de responsabilidad:

Las ideas y opiniones expresadas en este artículo reflejan la opinión exclusiva del autor elaboradas y basadas en el ambiente académico de libertad de expresión de la Universidad del Aire. Por ningún motivo reflejan la posición oficial del Gobierno de los Estados Unidos de América o sus dependencias, el Departamento de Defensa, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o la Universidad del Aire. El contenido de este artículo ha sido revisado en cuanto a su seguridad y directriz y ha sido aprobado para la difusión pública según lo estipulado en la directiva AFI 35-101 de la Fuerza Aérea.


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