Air & Space Power Journal - Español Primer Trimestre 2001

 

La Nueva Fuerza de Seguridad Americana

Coronel John A. Warden III, USAF (RET)

o con la  No confunda el movimientacción

    —Ernest Hemingway

Hoy en día, el mundo está radicalmente diferente a lo que era hace 10 años: Vivimos en un mundo de altísima velocidad en el que el ambiente geopolítico no tiene precedentes en la historia humana, y nuevas y poderosas tecnologías están apareciendo con velocidad vertiginosa. Grandes compañías nuevas nacen diariamente y las antiguas empresas que quieren sobrevivir se están recreando para realizar las oportunidades del próximo siglo. Ahora es el momento para que Estados Unidos lleve a cabo transformaciones similares en sus fuerzas militares.

Durante las próximas décadas, Estados Unidos tendrá que resolver un cierto número de problemas de seguridad, con significativo contenido militar, que no son predecibles en términos de tiempo, espacio o especificidad. Dicha impredecibilidad significa que el país tiene que desarrollar la capacidad de resolver problemas de seguridad (incluso de mantenimiento de paz y ayuda humanitaria) sin saber exactamente cuáles serán esos problemas. Felizmente, sabemos cuáles características deben tener las soluciones: las soluciones tienen que ser muy rápidas a fin de reducir al mínimo el daño que el agresor podría infligir, o reducir al mínimo el sufrimiento humano asociado con la guerra o con una catástrofe; las soluciones tienen que ser precisas en concepto y ejecución; y el costo en dinero y vidas tiene que ser aceptable. Si Estados Unidos quisiera protegerse y proteger sus intereses, tiene que forjar una fuerza militar diseñada específicamente para un mundo veloz, y una fuerza que pueda presentar probabilidades muy elevadas de éxito tanto desde el punto de vista defensivo como desde el punto de vista ofensivo.

Los cambios revolucionarios en el ambiente tecnológico y geopolítico, por sí solos, deberían ocasionar transformaciones revolucionarias en las fuerzas armadas de Estados Unidos. No obstante, además de dichas transformaciones hay dos factores adicionales que dictan la necesidad de un nuevo pensamiento: (1) la presión política nacional para poder contar con una capacidad militar excelente a un costo razonable y (2) una economía en expansión que tornaría muy difícil el reclutar personas para las fuerzas armadas de Estados Unidos a los niveles actuales de necesidad personal. La combinación de todos estos cuatro factores torna imperativo este cambio.

Raramente en la historia de la humanidad, si es que esto sucedió alguna vez, un país tuvo una oportunidad como esta de darse a sí mismo mayor seguridad a un precio aceptable. Hoy en día, Estados Unidos puede construir una fuerza de seguridad con las siguientes características:

La receta no es un enfoque evolutivo a la seguridad, sino, es el producto lógico de la era de la información y de la revolución tecnológica militar. Es una receta para la primera fuerza militar en la historia, diseñada específicamente para imponer un choque sistémico a un adversario en cuestión de horas, a la vez que establece tasas de bajas y de pérdidas muy pequeñas como una característica primordial de la planificación de la fuerza y de sus componentes. Además, sería la primera fuerza en la historia que tendrá la oportunidad de llevar a cabo una ofensiva tecnológica que definirá el futuro de la guerra y, de ese modo, reducirá la posibilidad de que la misma ocurra.

Un aspecto importante de los servicios de asesoramiento que mi compañía ofrece es ayudar a las empresas y organizaciones a reflexionar sobre su estratégica básica. El proceso que usamos es muy directo. Les pedimos que diseñen un cuadro significativo y mensurable del futuro que pretenden crear, que descubran los centros de gravedad fundamentales en los sistemas que necesitan transformar (su compañía o mercado), que elaboren las campañas para alterar los centros de gravedad y que decidan cómo pretenden concluir las fases y los productos. Lo que sigue es un “cuadro futuro” de esa parte de la seguridad americana que envuelve a las fuerzas militares. Un cuadro futuro es como una guía; le muestra dónde usted quiere llegar, pero no le muestra los detalles de cómo llegar. Lo que sigue se concentra en un cuadro futuro de seguridad y algunas ideas con respecto a algunas de las campañas que tal vez sean necesarias para alcanzarlo. Espero que haya un acalorado debate sobre dichas ideas. El debate será más útil si se sigue el modelo que se trazó anteriormente. ¿Es bueno el cuadro futuro? De no serlo, ¿cómo debería ser dicho cuadro? Después que esas preguntas cruciales se traten, entonces podremos debatir la validez de las ideas de la campaña. Sin embargo, lo que necesitamos evitar es partir de una suposición de que lo que tenemos es ideal ipso facto y exige, apenas, cambios marginales para adaptarlo al nuevo mundo. El mayor error aislado que los países y las organizaciones pueden cometer al elaborar estrategias es no definir el cuadro futuro. No cometamos ese error.

Un mundo revolucionario

Estamos en aquello que es, casi de hecho, el periodo más revolucionario en la historia de la humanidad. El éxito en este mundo revolucionario exige un enfoque revolucionario de los problemas, del pensamiento revolucionario, de la agilidad revolucionaria y de la velocidad revolucionaria (tabla 1). Las mejores compañías de hoy en día—las que crearon valores y riquezas notables en muy poco tiempo—tienen esas características. Lamentablemente, esas no son las características de las fuerzas americanas de hoy en día. Sin duda, esto no era necesario en el mundo de ayer. Es necesario en el de mañana porque si Estados Unidos no escoge usar el terreno elevado de la tecnología, otros lo usarán. Vale la pena examinar con un poco más de profundidad los diversos aspectos de ese período revolucionario porque ellos son, al mismo tiempo, los propulsores de los cambios y los medios para ejecutarlos.

Tabla 1
Éxito en el mundo revolucionario

Período revolucionario
Pensamiento revolucionario
Agilidad revolucionaria
Velocidad revolucionaria

Fuente: Prometheus Strategies, Inc.,©, 1999, reproducido con permiso

En la era de la revolución de la información, las ideas y la información se mueven rápidamente—tan rápido que la información y las ideas pierden valor e impacto rápidamente a medida que un número grande de personas y organizaciones intenta contraponerse o transformar las ideas para atender sus propios fines. En dicho tipo de ambiente, acumular información es contraproducente. El éxito es de las personas que pueden explorar las ideas rápidamente. La velocidad de la diseminación de la información está directamente relacionada con los ciclos de tiempo del colapso de los productos (fig. 1). Un ejemplo de dicha tendencia es el comentario de Michael Dell de que su compañía (Dell Computer Corporation) mantiene, como máximo, una reserva de piezas que sea suficiente para ocho días y medio; mantener mayor cantidad de reservas sería una obsolescencia tecnológica. La revolución de la información también se torna fácil para que los novatos venzan en cualquier campo de competencia. Por ejemplo, Amazon.com entró en el mundo de la venta de libros sin ninguno de los equipamientos normales para ese tipo de negocios, y lo hizo con una velocidad y una economía paralizantes. Las antiguas destrezas y los recursos ya no proporcionan la defensa en contra de una invasión que un día proporcionaron. Es de gran interés el hecho de que la duración de las competiciones—sean éstas militares, políticas o comerciales—están disminuyendo. El tiempo disponible para vencer es sorprendentemente corto.

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Fuente: Prometheus Strategies, Inc.,©1999, reproducido con permiso

Figura 1. La revolución de información

Antiguamente, una nueva tecnología tomaba, normalmente, mucho tiempo para ser empleada en una escala suficiente para tener un impacto general, y para cuando estuviese teniendo un impacto general, la probabilidad de que cualquier país o compañía disfrutase de beneficios exclusivos era bastante pequeña. En el mundo de hoy, la situación es diferente: una nueva tecnología puede tener un impacto general enorme en un corto período y una compañía, o país, puede cosechar las recompensas (fig. 2). En la esfera militar, el caza stealth F-117 constituye un ejemplo excelente. En alrededor de cinco años, el avión pasó de un concepto a los escuadrones en campaña a un costo notablemente bajo. Cuando apareció públicamente en un combate importante, en la Guerra del Golfo Pérsico, el avión no sólo sorprendió a Iraq, sino que, además, tornó en obsoletos todos los sistemas de defensa antiaérea del mundo.

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Fuente: Prometheus Strategies, Inc., © 1999, reproducido con permiso

Figura 2. Impacto de las nuevas ideas

El Desafío del concepto de la
Adquisición y el Empleo

La guerra tiene la probabilidad de ser una cosa muy distinta en el futuro—especialmente para los Estados Unidos. Casi con certeza, el mundo aprendió una lección del enfrentamiento catastrófico entre Iraq y Estados Unidos (una lección reforzada por la experiencia de Serbia en la primavera de 1999): indistintamente de lo que haga, no coloque en campaña un ejército grande, costoso y lento. En vez de eso, ejerza sobre sus enemigos una presión estratégica con amenazas o acciones ambiguas que compliquen la decisión de Estados Unidos de intervenir. Si usted debe actuar abiertamente, hágalo rápidamente para presentar un hecho consumado y, luego, comience las negociaciones. Por definición, usted no puede hacer un ataque de sorpresa y conseguir un hecho consumado con una invasión terrestre. La invasión en sí es muy lenta, complicada y obvia y, aunque tenga éxito, deja al invasor desesperadamente vulnerable ante una potencia como Estados Unidos que tiene la posibilidad y la disposición de apoderarse de la supremacía aérea y atacar al invasor estratégicamente. Si usted decide enfrentar a Estados Unidos, simplemente no puede esperar vencerlo militarmente en campaña. En su lugar, es imprescindible descubrir un modo de atacar uno de sus centros de gravedad—tal vez un ataque indirecto a la población o un ataque que produzca mucha pérdida financiera. En pocas palabras, el concepto newtoniano, clausewitziano del campo de batalla en sí se ha convertido en un anacronismo.

Entonces, Estados Unidos tiene que encontrar modos de atacar los sistemas centrales de los enemigos a fin de producir efectos muy rápidamente sobre los sistemas, directamente. Por supuesto, dichos ataques necesariamente tendrán por meta evitar casi totalmente las bajas entre los civiles—y tal vez entre los militares—y además, hasta donde sea posible, los daños no intencionales a la propiedad privada. Para realizar ataques sistémicos impunemente, Estados Unidos necesitará de una cobertura de armas que garantice incapacitar a cualquier intento de defensa. De manera semejante, necesitará de una gran variedad de armas en expectativa de que algunas de ellas sean apropiadas para atacar, mañana, a un enemigo acerca del cual nada sabemos hoy. En la medida en que concordemos de algún modo que el mundo ante nosotros es diferente, necesitamos ver si nuestra estructura de fuerza y, por lo tanto, nuestros medios de adquirirla están acorde con los tiempos.

Durante los largos años de la guerra fría, intentamos construir nuestra estructura de fuerza de manera que la misma fuese apenas suficiente—apenas suficiente para disuadir la guerra nuclear, apenas suficiente para crear bastante incertidumbre por parte de los soviéticos de manera que ellos titubearan en comenzar una guerra convencional, y apenas suficiente para evitar perder el territorio en Europa Central, mas no lo suficiente para llevar a cabo una ofensiva. Fuimos capaces de adoptar dicho enfoque históricamente singular porque no teníamos sino un enemigo del cual preocuparnos y creímos que lo habíamos medido de manera adecuada.

Pero ahora estamos en medio de una revolución de información y en un mundo dominado por la superioridad de la posición ofensiva—y podemos proteger este periodo revolucionario hasta bien adentrado el próximo siglo. En este mundo, el depender de una política de reaccionar sólo ante una amenaza identificada como base de nuestra estructura de fuerza puede ser catastrófica. Ya no contamos con el lujo de depender de una perezosa Unión Soviética para que nos ofrezca una amenaza mesurada. Más bien, tenemos que considerar cualquier nación de una variedad de casi 200 y, quizás, un número igual de grupos poderosos no-estatales, que tienen 400 o más proyectos y 400 o más ideas con respecto a cómo combatir. ¿Cómo podríamos estar preparados, ya sea ofensiva o defensivamente, si dependiésemos de la reacción en ese tipo de ambiente? Estados Unidos tiene que, sencillamente, abandonar su sistema de estructurar fuerzas provocado por la amenaza.

Acordémonos de algunos sistemas provocados por la amenaza y que, actualmente, están en alguna etapa de adquisición. El programa C-17, que comenzó al inicio de los años 80, fue, en gran medida, producido por la necesidad percibida de llevar 10 divisiones de ejércitos en 10 días para Europa, a fin de contrarrestar un ataque soviético terrestre en Europa Central. La entrega de los C-17 a la Fuerza Aérea comenzó a mediados de los años 90, casi dos décadas después de haber comenzado la planificación de los mismos y, por lo menos, media década después que su razón de ser había desaparecido. Si bien estamos encontrando buenos usos para el C-17, es sumamente improbable que ese fuese el avión pedido y desarrollado en 1995 para su entrega en 1999. En otras palabras, los largos ciclos de adquisición garantizan la obsolescencia conceptual y tecnológica en un mundo ultra-rápido.

Para mencionar otro ejemplo, al inicio de los años 80, las organizaciones de inteligencia de Estados Unidos propusieron una secuencia para los cazas soviéticos Foxhound y Flanker. Nuestra respuesta, iniciada a mediado de los años 80, fue comenzar a trabajar en el programa de Cazas Tácticos Avanzados—conocido ahora como el F-22. Dicha aeronave, planificada específicamente para que cupiera en los hangares de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y volara sobre Europa Central, pueden tornarse operacionales 20 años después de iniciado el programa—y será un sistema de armas planificado para contrarrestar el tipo de tecnología de guerra que podíamos visualizar hace 15 años y que los relativamente lentos soviéticos hubiesen desarrollado a la vuelta del siglo. En contraste, Boeing tomó, en 1990, una decisión empresarial de construir un transporte grande innovador. ¿El resultado? En 1995, los Boeing 777 volaban con éxito, y, el año siguiente, entraron en servicio en las principales empresas aéreas.

Estados Unidos domina militarmente el mundo de hoy—y la razón primordial de dicho dominio es que tiene armas de precisión, la capacidad de encontrar blancos para ellas y los medios para entregarlas de manera rápida y barata. Sin esos atributos, Estados Unidos no tiene ninguna ventaja decisiva sobre la mayor parte de sus oponentes. Si bien debemos mejorar la precisión de varias maneras, incluso la capacidad de ataque en cualquier condición atmosférica y el efecto de precisión, las mejoras que hagamos serán probablemente módicas en comparación con las transformaciones de cuarto orden de grandeza desde los B-17 durante la Segunda Guerra Mundial. En el área de impacto de armas, estamos de igual manera muy por delante del resto del mundo, principalmente a causa de nuestra capacidad stealth. Sin embargo, es claro que no podemos suponer que permanezca la capacidad de penetrar defensas impunemente. (Prueba de ello es la pérdida de un F-117 en la guerra de Serbia.) Si impedimos las mejoras substanciales en nuestra capacidad de lanzamientos, luego nos encontraremos incapaces de usar armas de precisión de manera tan eficaz y barata como sea necesario. Si esto acontece, perderemos nuestra superioridad ofensiva y seremos incapaces de promover nuestros intereses de manera activa. Entonces, ¿qué sucederá?

La Nueva Fuerza de Seguridad
Americana — Pormenores

La respuesta es simple: No debería haber un “y entonces ¿qué sucederá?” Nuestro objetivo debería ser ampliar la ventaja que tenemos sobre el resto del mundo durante todo el nuevo siglo. Al hacer esto, haríamos más por la paz mundial que cualquier otro país fue capaz de hacer jamás. Tenemos que desarrollar y colocar en campaña nuevos sistemas rápidamente, pero en cantidades apenas suficientes para obligar a los enemigos potenciales a comprometer esfuerzos imposibles para la defensa o simplemente abandonar la provocación militar. En otras palabras, nos convertimos en la amenaza. En lugar de seguir nuestra antigua práctica de desarrollar una nueva capacidad ofensiva o defensiva en respuesta al desarrollo de alguien más, nos convertiremos en la amenaza y obligamos a todos los demás a que reaccionen a nosotros. Debemos definir y crear el futuro que queremos—no esperar ser las víctimas del futuro de alguien más. Por lo tanto, la pregunta no es cómo las fuerzas armadas de Estados Unidos usará la tecnología para moldear el futuro que escoja.

Es fundamental para el nuevo enfoque el desarrollo rápido y la colocación en campaña de un pequeño número de armas, técnicas y plataformas revolucionarias, sumamente productivas. La meta es ver por lo menos un sistema en campaña cada año, al final de un ciclo de desarrollo de uno a tres años. Con un nuevo sistema aéreo, espacial, terrestre o marítimo apareciendo todos los años, los enemigos potenciales hallarían prácticamente imposible elaborar defensas que funcionen. Más particularmente, la defensa en contra de la Nueva Fuerza de Seguridad Americana en operación sería asombrosamente difícil porque muchos diferentes tipos de sistemas, viniendo desde una variedad de direcciones, altitudes, velocidades y características espectrales, agobiarían la defensa. Siendo una fuerza construida en torno a las armas de precisión de impacto y precisión de efecto, dentro de 10 años a partir de cuando sea adoptada la Nueva Fuerza de Seguridad Americana, las fuerzas de seguridad americanas serán capaces de imponer una parálisis estratégica, operacional y táctica a un enemigo del tamaño de Iraq en menos de 30 horas a partir del inicio de la movilización de Estados Unidos, con poca o ninguna destrucción planificada o irreversible. Los mayores enemigos concebibles sufrirán las mismas consecuencias en dos o tres días.

La Nueva Fuerza de Seguridad Americana necesita poca cosa en términos de bases en el extranjero y no tiene necesidad de contar con depósitos logísticos avanzados. Coloca muy pocas personas en riesgo en cuanto al desempeño de sus funciones, porque es una fuerza sumamente intensiva en capital que se ha librado de las plataformas y organizaciones dependientes, para el éxito, de un gran número de personas.

Cuando el nuevo programa haya estado vigente por 10 años, la capacidad de Estados Unidos habrá aumentado en un orden de magnitud y el presupuesto de seguridad puede caer en los alrededores de un 20%, en dólares actualizados. Algunas personas pueden pensar que esta será una estrategia imposible en un mundo de bajos presupuestos. Pero, ¿lo será? Será imposiblemente cara si nos aferramos a las ideas y cantidades de la guerra fría. Por ejemplo, tenemos un poco más de 60 F-117, pero el mundo tiene que reaccionar a esos F-117 de la misma manera que si tuviésemos cientos. Recuerden: en la nueva era el efecto del adversario viene de la precisión, no de la cantidad. Por otra parte, nuestro problema es que el mundo ha tenido más de 10 años para evaluar los F-117. Es (fue) sólo una cuestión de tiempo hasta que algunos aprendan (aprendieron) cómo lidiar con una aeronave nacida en la infancia de la era de las computadoras. Nuestra respuesta debe ser un “F-118” tal vez un poco más stealth, pero, más importante aún, que opere a un régimen de velocidad y altitud significativamente diferentes—en un régimen en que las defensas desarrolladas en contra del F-117 tengan pocas probabilidades de ser eficaces. ¿Cuántos F-118 necesitamos? No muchos—tal vez una o dos escuadrillas—porque el mundo tiene que reaccionar más ante un par de esas escuadrillas de lo que reaccionaba ante millares de F-4 o F-16, que dependían de la cantidad para el éxito. ¿Cuántos diferentes tipos debemos tener en el inventario? Muchos, y todos radicalmente diferentes—tal vez de 10 a 15 plataformas aéreas/espaciales/de guerra de información substancialmente diferentes en la Fuerza Aérea, cada una ocupando un nicho singular. Las demás armas deben tener una mezcla comparable de plataformas. ¡Imagínense intentar defenderse contra este tipo de fuerza!

Esta nueva estrategia es una ofensiva tecnológica. Debemos planificar, desarrollar y colocar en campaña el equivalente a una escuadrilla de un nuevo sistema de armas cada uno o tres años, para la mayoría de los sistemas. Las pequeñas cantidades son relativamente baratas si comenzamos con la idea de sólo producir pequeños números y, luego, descartamos los viejos o los convertimos en alguna otra cosa. Piensen cuan barato y rápido fue el programa de pocos F-117. Ser rápido significa un enorme ahorro en los costos del programa. Pequeñas cantidades significa que no necesitamos de una estructura gigantesca necesaria para la producción por mucho tiempo, que casi siempre exige un potencial de excesos irrealistas en la tasa de producción. Pequeño y rápido significa menos costos de los programas, lo que, a su vez, significa menos preocupación del Congreso con respecto a excesos y ventajas indebidas. Por último, un nuevo sistema cada 3 años más o menos significa que una gran cantidad de compañías, tal vez un poco más ágiles y con menos personal que los gigantes que son los contratistas de defensa de hoy en día, tendrán oportunidades frecuentes de conquistar contratos del tamaño del F-117. Más importante, bajo el nuevo enfoque, numerosas compañías que proveerán sistemas revolucionarios ¡jamás habrían tenido ocasión de venderle algo al gobierno!

Una revisión rápida del programa F-117 es ilustrativa, en parte porque apenas 60 aviones han tenido un impacto más allá de cualquier otra cosa en nuestra experiencia. En noviembre de 1978, la Fuerza Aérea le pidió a Skunkworks de Lockheed (subsiguiente a una propuesta del propio Skunkworks) que construyese cinco unidades de desarrollo a gran escala y 15 aeronaves en producción. El primer vuelo se efectuó en junio de 1981, y la primera unidad estaba lista para volar en octubre de 1983. El costo de colocación en vuelo fue de US$43 millones cada una, en comparación con los US$50 millones de los F-15E, algunos años más tarde. Estos últimos fueron apenas una variante del caza F-15 de superioridad aérea y representó un perfeccionamiento lineal del F-111, que entró en servicio durante la Guerra de Vietnam. El F-117 fue una aplicación mortífera (en la jerga high tech de hoy) que tornaría los sistemas de defensa antiaérea de todos obsoletos. ¿Adónde vamos a invertir los dólares del mañana?

Podemos realmente hacer las cosas de manera rápida y barata, y ya lo hicimos numerosas veces en el pasado—mucho antes de que tuviésemos disponibles los poderosos instrumentos de diseño y fabricación asistida por computadora que, a su vez, permiten la planificación sin papeles, fundamental para los ciclos de tiempo rápidos. Los ejemplos incluyen el programa U-2, que llevó ocho meses desde la concepción hasta el primer vuelo, y el programa sumamente high tech del SR-71 que pasó de una idea de la Agencia Central de Inteligencia en 1957 a su fabricación en enero de 1960 y volar inicialmente en abril de 1962. La capacidad de operación inicial (OIC) fue en noviembre de 1965; en otras palabras, cinco años después que Skunkworks recibió la tarea para el IOC. El costo de US$100 millones (dólares en aquel año) para los primero cinco y para una capacidad que 40 años después ¡aún no tiene comparación! El ejemplo final es el Minuteman I, nuestro primer misil balístico intercontinental de combustible sólido, que fue de un pedido de financiamiento del proyecto en enero de 1959 al IOC en diciembre de 1962.

Los programas de ciclo corto son realmente poco costosos cuando se comparan con su impacto. Todos los proyectos de Lockheed fueron baratos—y también eran muy baratos en comparación con la mayoría de otros programas tradicionales importantes. En el mundo de hoy, el tiempo es lo que cuesta dinero. La historia de los programas de ciclos cortos en las esferas comerciales y militares indica que es posible colocar en campaña un nuevo sistema de armas muy eficaz—si mantenemos bajas las cantidades—por US$2 a US$15 billones. ¡Tengan presente que esos dólares compran una capacidad militar en campaña!

Los contratos pequeños (US$2 a US$5 billones) con una duración máxima de cinco años permiten que firmas no tradicionales entre en el negocio de seguridad. Esto aumentará la competencia, la innovación y la calidad de los productos, al igual que proveerá, de manera significativa, más oportunidades de que los grandes contratos hechos una vez por generación, se tornen, últimamente, en un estilo de vida.

Es imprescindible percibir que estamos en una era de transformaciones rápidas. Si una compañía de semiconductores comprase una máquina para fabricar chips y declarase que los usaría por los próximos 30 años, todos se reirían y las acciones de la compañía caerían. Aún así, esto es exactamente lo que el gobierno de Estados Unidos está proponiendo para virtualmente cada uno de sus aviones, buques y tanques.

Algunos lectores cuestionarán la idea de que necesitamos plataformas nuevas. Alegarán que las armas nuevas y los nuevos software son adecuados y que necesitamos continuar usando las plataformas existentes durante las décadas venideras. En mi opinión, hay objeciones a ese enfoque que lo descalifican. Primero, una aeronave como el F-22 volará exactamente a la misma velocidad y tendrá, más o menos, el mismo alcance y capacidad de carga de aquí a 30 años. Eso significa que todos los adversarios potenciales tendrán años para desarrollar defensas contra una plataforma física relativamente fija. Eso significa que de aquí a 30 años aún tendremos que encontrar bases dentro del radio de acción del F-22 reabastecido, que aún tomará X horas para llegar a la zona del blanco—después del desplazamiento a una base avanzada—y así sucesivamente. Significa que no vamos a construir nada nuevo porque tenemos mucho dinero “enterrado” en el viejo sistema. Significa que nos convertiremos en prisioneros del pasado. Si hubiese una razón apremiante para permanecer congelados, o si no tuviésemos la capacidad de alcanzar aumentos regulares de un orden de grandeza en capacidad y si supiésemos cómo va a ser nuestro futuro, entonces un avión de 30 años—en dólares, oportunidad y riesgo—es simplemente prohibitivo. Vamos a crear un futuro, no adaptarnos a el defensivamente.

Parece difícil argumentar que hay barreras técnicas en la construcción de sistemas nuevos cada uno a tres años. Algunas personas quizás piensen que el mantenerlos es una dificultad, pero, de hecho, si aplicamos el tipo de calidad Six Sigma que Motorola y Texas Instruments usan, no hay razón para suponer que las cosas se quebrarán mucho.1 Altas tasas de rompimiento fueron realmente una función de un enfoque de capacidad de mantenimiento en una guerra de desgaste—construya bastante, compre excedentes de repuestos y supere el problema con números. Vean las tasas de disponibilidad de los F-117 durante la guerra: muy por encima del 80%.

¿Y con relación al entrenamiento y el empleo? ¿No sería eso una pesadilla? No en realidad, porque construiríamos los nuevos sistemas usando equipo equivalente al sistema Windows de operación de computadoras. Si sabemos cómo lidiar con Windows, podemos hacer lo básico de casi cualquier programa, incluso si nunca lo hayamos visto antes. En otras palabras, el qué y por qué de un sistema nuevo se torna transparente para el operador. Ahora piénselo desde el punto de vista del comandante operacional. ¿No le gustaría tener 10 ó 15 sistemas radicalmente diferentes con los cuales atacar o defenderse de un adversario acerca del cual usted no supiese nada hasta días u horas antes de que comiencen las hostilidades? ¿O preferiría estar enterrado con apenas uno o dos tipos de sistemas para los cuales usted sabe que el enemigo ha tenido años para planificar una defensa?

Todo esto es factible—desde el punto de vista técnico y operativo. Pero, ¿será políticamente factible? Sí, si se torna una estrategia nacional organizada desde la Casa Blanca y apoyada por el pueblo americano. Lo convertimos en una política nacional convenciendo al Presidente y al Congreso de que no solamente tiene mucho sentido para el país sino que, además, es atractivo políticamente. La administración se libra de la necesidad de defender un programa que tal vez haya sido iniciado por el cuarto o quinto Presidente anterior, por razones que se tornaron obscuras. El Congreso ve una gran cantidad de contratos menores yendo a compañías en numerosas áreas del país en vez de uno o dos contratos grandes por generación yendo para uno o dos estados. Y los proyectos terminan en cuanto la mayoría de los congresistas, que votaron originalmente por esos proyectos, aún están a cargo; por lo menos 1/3 del Senado no tendría que concursar para reelección. ¡Considere cuánta estabilidad esto trae para el financiamiento! A los empresarios les gusta porque esto reabre el juego para aquellos que no han sido, tradicionalmente, grandes productores de la defensa. Al pueblo americano le gusta porque ve los resultados—resultados espectaculares—frecuentemente. Todos ganan, en comparación con el presente sistema en que muy pocos ganan y en el que la satisfacción está notablemente ausente.

La oposición a la Nueva Fuerza de Seguridad Americana será tenáz, como fue la oposición a todos los nuevos conceptos e ideas militares. El Ejército se resistió al rifle de repetición y a la ametralladora; la Armada combatió el abandono de los buques de vela; el último regimiento de caballería montada sobrevivió en Estados Unidos hasta 1943; la Fuerza Aérea resistió el cambio de la hélice por la propulsión a chorro: y todas las Armas y comandos luchan desesperadamente para impedir la reducción de personal o de presupuestos. Muchas personas argumentarán que el enfoque conservador de los asuntos de seguridad es necesario. Ellos tienen razón, salvo que, en el mundo de hoy, el enfoque conservador es el enfoque de alta velocidad, no la metodología de ayer, de cambios lentos. La Nueva Fuerza de Seguridad Americana también exigirá, de hecho, una reestructuración radical de la comunidad de adquisición—incluso con la eliminación completa de los sectores creados para administrar los asuntos de la guerra fría.

Nuestra estrategia de ofensiva tecnológica nos permite explorar la tecnología y la integración, en la que somos excelentes. Esto significa que enemigos potenciales enfrentarán problemas multifacéticos que tornan a la defensa casi imposible. Significa que siempre tendremos un sistema en operación que es casi moderno, y que no es exactamente el caso con los programas de 20 años hoy en día. Finalmente, podemos tener un programa accesible incluso en una época en que los presupuestos de la defensa podrían revertir a sus niveles históricos en Estados Unidos de 1,5 a 2% del producto interno bruto. De manera muy simple, la alta tecnología, hecha correctamente es barata—mucho más barata que el equipo de baja tecnología de la guerra de desgaste que ahora es una parte tan grande de nuestro inventario. Por lo tanto, podemos tener una Fuerza Aérea permanente muy grande, incluso hoy mismo, si medimos el tamaño en términos de resultado—efecto sobre el enemigo—en lugar de medirlo a partir de cifras como los números de aeronaves, toneladas de bombas y así sucesivamente.

Las Armas en la Nueva
Fuerza de Seguridad
Americana

La mayor parte de las armas serán radicalmente diferentes en la Nueva Fuerza de Seguridad Americana. Serán mucho menores en términos de personal y mucho más poderosas en su capacidad de afectar un adversario o de socorrer a víctimas de una catástrofe. Los siguientes puntos ilustran la apariencia que cada una tendría si la próxima administración buscase agresivamente alcanzar esa estrategia:

Además de equipo, será necesaria una transformación organizacional significativa para permitir que Estados Unidos opere en el mundo rápido de la era de información. Dichos cambios se extenderán mucho más allá del Departamento de Defensa (cuyo nombre debe cambiar), pero vamos a restringirnos en este momento para tratar la organización militar. Primero, el Presidente es nombrado comandante en jefe por la Constitución. Durante la mayor parte de la historia de nuestra nación, por lo menos dos militares—especialistas en asuntos de fuerza—han tenido acceso directo al Presidente. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuatro oficiales tuvieron un acceso fácil y regular. Con el asesoramiento directo de los especialistas, el Presidente tenía la información que necesitaba para tomar decisiones con respecto a cursos alternos de acción. En el mundo de hoy, un oficial tiene acceso, pero es limitado. Por lo tanto, el Presidente depende de un asesoramiento filtrado y tiene delegada esencialmente la responsabilidad—algo que no le es permitido hacer. En segundo lugar, las organizaciones militares están estructuradas, en gran parte, como eran al fin de la Segunda Guerra Mundial. Nuestras fuerzas están divididas en “comandancias” (CINCdoms) geográficas, en las que el comandante local tiene la responsabilidad de la batalla presente, pero no tiene la responsabilidad ni los medios para prepararse para las amenazas globales del mañana. Un sistema organizacional desarrollado cuando las comunicaciones y las vías aéreas estaban en la infancia, tiene poca relevancia en el mundo de hoy. Es esencial una reestructuración radical para permitir la concentración de recursos en el centro, desde donde se pueden despachar para alcanzar resultados rápidos y regresar rápidamente para prepararse para una nueva operación. El propio cambio organizacional nos ayudará de manera significativa a reflexionar sobre los múltiples problemas de contingencias simultáneas.


Resumen de la Nueva Fuerza de Seguridad Americana

Características de fuerza deseadas: Las fuerzas militares de Estados Unidos deben tener las siguientes características:

•    Capacidad de conducir operaciones en torno al planeta con poco, o ningún, tiempo de aviso previo.
•    Capacidad de llevar a cabo operaciones exitosas sin depender de bases en el exterior.
•    Una serie de capacidades ofensivas y defensivas que ningún agresor real, o potencial, tenga ni siquiera una pequeña oportunidad de derrotar.
•    Capacidad de imponer una parálisis nacional y estratégica a cualquier adversario en 24 horas, o menos.
•    Una mezcla de armas letales y no-letales que tengan precisión de impacto y precisión de efecto (caen donde deben caer y producen apenas los daños necesarios para alcanzar los objetivos).
•    Capacidad de capitalizar la tecnología para que la tarea que ha de efectuarse sea en tiempo mínimo, con el mínimo riesgo y con tan pocas personas expuestas al fuego enemigo como sea posible.
•    Capacidad de ser sumamente asimétrica con relación a los adversarios potenciales.

Nuevo enfoque: Los avances en la tecnología y la necesidad de contar con una fuerza global capaz de derrotar a cualquier agresor futuro permiten y exigen un nuevo enfoque de dimensión y adquisición de fuerza:

•    No es posible predecir qué enemigos potenciales aparecerán o qué capacidades tendrán; por lo tanto, la estructura de fuerza de Estados Unidos no puede más basarse en la respuesta a una amenaza, como era durante la guerra fría.
•    La más alta probabilidad de derrotar a un adversario futuro vendrá de contar con múltiples plataformas y armas de ataque (y defensa) que utilicen la tecnología más moderna. Los enemigos potenciales tendrán poca, o ninguna, oportunidad de crear las defensas apropiadas.
•    Para aprovechar la tecnología más moderna, tenemos que abreviar los ciclos de desarrollo de armas (no más de uno a tres años, como en el caso del SR-71, U-2, F-117, Boeing 777 y GBU-28).
•    En el 2010, Estados Unidos puede tener un mínimo de ocho a diez nuevas plataformas de armas importantes (en el aire, tierra, mar y espacio) y un número mayor de nuevas armas (bombas, rayos y otros dispositivos). El impacto de dicha fuerza en un oponente puede ser muchas veces mayor de lo que es posible actualmente.
•    Cada nuevo sistema de plataformas tendrá apenas un pequeño número de “vehículos” (no más de 20 ó 30, en la mayoría de los casos). Líneas de producción pequeñas y para la utilización de una sola vez significa que muchas compañías nuevas pueden participar, porque no necesitan mucho espacio, gastos indirectos y compromisos financieros por décadas, que son los requisitos de la industria de la defensa de hoy en día. Pequeños números son posibles porque cada uno de los nuevos sistemas es sumamente productivo—muchas veces más productivo que la mayoría de los sistemas actuales.
•    El costo de un amplio incremento en la capacidad, acoplado a un significativo decrecimiento en tiempo de reacción será menor, en términos anuales, de los de las fuerzas de hoy (incluso plataformas, personal, mantenimiento de bases, adquisiciones, etc.) y será un porcentaje en escala decreciente del producto interno bruto.
•    El desarrollo y la colocación en campaña de dicha fuerza se puede hacer pero sólo con un nuevo enfoque a la estrategia y las adquisiciones. Esto también exige una transformación cultural—la capacidad de cambiar de un concepto de fuerza nacida en la era industrial a otra nacida en la era de las computadoras y no medida por el número de cosas o personas que hay en ella, sino por su capacidad de afectar un adversario.
•    La Nueva Fuerza de Seguridad Americana crea el futuro.

Estas son apenas dos ejemplos de disfunción organizacional. Muchos más existen en nuestras propias armas, que tienen una estructura que Federico el Grande hubiera reconocido inmediatamente. No es la respuesta correcta.

La Nueva Fuerza de Seguridad Americana es acerca del equipo, personal y estructura necesarios para garantizar que Estados Unidos pueda promover sus intereses por un tiempo largo hacia el futuro. No se trata de defender con celo antiguas prerrogativas o resistirse al cambio. El resto del mundo está haciendo ajustes rápidos y traumáticos ante la era más emocionante de la historia humana; las Fuerzas Armadas de Estados Unidos deben estar a la vanguardia, no a la retaguardia.

Conclusiones

Esperamos no tener que ir a la guerra en el futuro próximo. Sin embargo, si vamos, es imperativo que Estados Unidos venza—de manera rápida, barata y en sus propios términos. Estados Unidos debe ser capaz de dictar el resultado de cualquier guerra, por lo menos tan claramente como dictara el resultado de la guerra a los iraquíes. No se trata de un combate caballeroso “mano a mano”, sino un combate que vencerá al enemigo en minutos, sin derramar una gota de sangre que no haya sido planificada derramar, de ambos lados. De manera similar, cuando las vidas humanas están en riesgo después de una catástrofe, deberíamos ser capaces de hacer algo al respecto inmediatamente. Podemos hacerlo, y podemos garantizar una paz larga y próspera para Estados Unidos y para todo el mundo si empujamos de manera agresiva nuestra tecnología y ventajas intelectuales. Nuestra meta tiene que ser dominar la revolución tecnológica militar para el próximo siglo. Podemos hacerlo—si adoptamos una estrategia nueva y nuevas ideas cónsonas con la revolución de información, no una estrategia atascada en la era industrial. Estamos en un período genuinamente nuevo de la historia, con oportunidades sin precedentes de promover la paz y la prosperidad. Sin embargo, en esta nueva era, no podemos permitir el uso de ideas o medidas de ayer. Tenemos que encaminarnos hacia una Nueva Fuerza de Seguridad Americana.

Notas

1. “El Six Sigma de Motorola requiere que un proceso opere de manera que la más próxima exigencia de ingeniería requerida es, por lo menos, más o menos seis sigmas (seis medidas de dispersión) de la media del proceso”. Thomas Pyzdek, “Motorola’s Six Sigma Program”, 1997; on-line, Internet, 7 July 1999, disponible en http://www.qualitydigest.com/dec97/html/ motsix.html

2. Como ejemplo, la Fuerza Aérea ha elaborado un concepto conocido como “pequeña bomba inteligente” que tiene el potencial de multiplicar la eficacia del lanzamiento de bombas por aeronaves por un factor 3. Lamentablemente, habrá dificultades en incorporarla a una nueva aeronave como el F-22 porque el programa de esa aeronave es tan masivo que cambiarlo para acomodar nuevas tecnologías resultaría costoso y difícil.


El Coronel John Warden III, USAF (R), (Licenciatura, Academia de la USAF; Maestría, Texas Tech University) es presidente de las compañías Prometheus Startegic, Inc., y Venturist, Inc., en Montgomery, Alabama, dedicadas a la consultoría y multimedia de vanguardia y se especializan en los mercados políticos, de negocios y de entretenimiento. En la USAF fue asignado como comandante de la Escuela Superior de Comando y Estado Mayor, Maxwell AFB, Alabama, ayudante del Vice–presidente de los EE.UU. y subdirector para acciones de guerra en el Cuartel General de la USAF. El Coronel Warden es el autor de Air Campaign: Planning for Combat y es graduado de la Escuela de Guerra Nacional.

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