Air & Space Power Journal - Español Primer Trimestre 2001

 

El Fetichismo de la Protección de las
Fuerzas — Sus Orígenes, Consecuencias, y (?) Soluciones

Dr. Jeffrey Record

Fetiche: un objeto que recibe irracionalmente atención obsesiva o importancia

EL SINDROME DE VIETNAM está vivito y colenado. No salió “pateado” en la guerra del Golfo, como el Presidente triunfante George Bush afirmó. Por el contrario, ha metamorfoseado en un fetichismo de protección de fuerza — que amenaza corromper el gobierno, política y diplomacia Estadounidense en esta era posterior a la guerra fría.

El fetichismo de protección de fuerza estuvo en plena exhibición durante la crisis en Kosovo en 1999. El comportamiento de Estadounidenses durante esa crisis reflejó un desgano total para satisfacer el objetivo político de intervención armada de los EE.UU por adelante de la seguridad de su instrumento militar. Las opciones de combate terrestre fueron denegadas. El poderío aéreo se mantuvo en alturas seguras. Clausewitz se paró de cabeza.

El efecto inmediato de la actividad aérea permitió que el enemigo continuara y acelerara la limpieza étnica de Kosovo que la Operación Fuerza Aliada tenía el propósito de detener. El efecto a largo plazo ha sido divulgar a nuestros amigos y enemigos cuál es el Talón de Aquiles Estadounidense conforme entramos al siglo veintiuno. Para los pueblos de la antigua Yugoslavia, el resultado fue la supervivencia política de Slobodan Milosevic, un despreciable Hitler Balcánico, y la supervivencia operacional, virtualmente intacta, del ejército Serbio. Fuerza Aliada dejó la puerta abierta para que Milosevic comenzara su quinta guerra (contra Montenegro) en los Balcanes. ¿Valió acaso conservar la vida de un solo piloto Estadounidense — un profesional voluntario — comprometer las vidas de 1,600,000 Kosovares Albanéses y Dios sabe cuántas víctimas más es en el futuro de la agresión Serbia?

Tampoco el fetichismo de protección de fuerza es un fenómeno pasajero. Proviene de la desastrosa experiencia Estadounidense en Vietnam y predomina entre las actuales cúpulas nacionales políticas y militares, quienes erróneamente se han convencido a sí mismos que el pueblo de los Estados Unidos no tienen agallas para las bajas, sin considerar las circunstancias en que se produzcan. Desde luego, para estas elites, se refieren a Vietnam como su gran experiencia de política exterior — una experiencia aparentemente revalidada por el fracaso de las intervenciónes Estadounidenses en Líbano y Somalia.

Clausewitz Corrupto

El fetichismo de protección de fuerza corrompe el uso de fuerza porque ignora la guerra como “un verdadero instrumento político, la continuación de la actividad política por otros medios.”1 El Uso efectivo de fuerza se apoya en el reconocimiento de la relación íntima que existe entre los medios militares y los fines políticos. La obsesión de mantener la primera a salvo de sufrir daños, aún a costa de abortar los segundos, viola la esencia misma de la guerra como un acto de política. Más aún, uno no debería hacer la decisión para usar la fuerza cuando la protección de fuerza tiene mayor importancia que el objetivo político, a nombre del cual uno contempla su empleo. Sin embargo, los Estados Unidos procedieron a atacar a Serbia con el principal propósito de evitar bajas Estadounidenses. Eliminación de bajas —no la realización de los objetivos — se convirtió en la norma para juzgar el éxito de la operación Fuerza Aliada.


El uso efectivo de fuerza se apoya en el reconocimiento de la relación íntima que existe entre los medios militares y los fines políticos.


Considere la declaración conjunta por el Secretario de Defensa William Cohen y Gen Henry Shelton, Presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor Conjunto (CJCS), que “la más importante lección aprendida en la Operación Fuerza Aliada es que el bienestar de nuestra gente debe permanecer como nuestra más alta prioridad.”2 Consideren también aviso de cautela de esa postguerra del Gen Wesley Clark, comandante supremo de las fuerzas aliadas de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (NATO): “En una campaña aérea uno no quiere perder aeronaves” porque “cuando uno comienza a perder estas máquinas tan caras, comienza la cuenta regresiva en su contra. Los titulares comienzan a gritar, ‘NATO pierde un segundo avión,’ y la gente pregunta, ‘¿Cuánto tiempo más puede durar esto?’”3

Uno no se puede imaginar a Henry Stimson, George S. Patton, o Curtis LeMay proferiendo tales declaraciones. Seguramente, debe hacerse una distinción entre, por un lado, el imperativo político y moral de proteger las fuerzas militares de riesgos que superfluos a la realización de objetivos estratégicos y operacionales y, por otra parte, la sumisión de esos objetivos al ideal de retornar cada y todos los soldados vivos a su hogar. La timidez debida a la fobia a las bajas en el campo de batalla puede ser tan contraproducente como la temeridad sanguinaria. Un Grant vale más que una docena de McClellans y Custers. Debió haberse tomado 78 días de bombardeo por la alianza militar más poderosa en la historia para convencer a Milosevic a aceptar los diluidos términos de paz presentados por NATO?

Si la protección de las tropas propias es el más grande interés, entonces por qué exponerles al combate? Reténgalos en casa. Como mínimo, escoja enemigos incapaces de pelear en el aire, como era la situación en Kosovo, y también no les presente nada a lo que puedan dispararle sobre el terreno. Mejor aún, por qué no evitarlas del todo eliminando las fuerzas terrestres totalmente, ya que son esas las más propensas a las posibles bajas y depender exclusivamente del poderío aéreo? No es para calumniar nuestras muy capaces fuerzas de superficie, pero imagínese las implicaciones presupuestarias y de estructura de fuerza del Ejército Estadounidense reducido a desempeñar tareas de defensa en el interior de la nación y ceremonias de entierros en el Cementerio de Arlington!

Durante la guerra fría, el termino media guerra se refería a una guerra con otros enemigos que no fueran Rusia o China. Quizás ahora deberíamos redefinirlo para significar hacer guerra sin emplear fuerzas de tierra de los EE.UU.

El Agente Corruptor: La Doctrina
Weinberger-Powell

El fetichismo de protección de fuerza se arraiga en Vietnam — específicamente en la resultante Doctrina Weinberger-Powell, que es la interpretación intelectual de las lecciones estratégicas que muchos profesionales militares desprendieron de esa guerra. Caspar Weinberger, el Secretario de Defensa del Presidente Ronald Reagan, propuso seis puntos de “prueba” para el uso de fuerza, los que después fueron enmendados por el General Colin Powell haciendo hincapié en la fuerza aplastante. Estas pruebas efectivamente niegan la legitimidad del uso de fuerza como una herramienta de diplomacia coercitiva restringiendo su uso a las circunstancias que involucran amenazas claras y reales a los indudables intereses trascendentales de la nación.4 Tales circunstancias implícitamente generan apoyo en el público y en el Congreso y pone mucha importancia en forma explícita sobre la fuerza aplastante, a completar la misión tan rápidamente y económicamente como sea posible. La fuerza será empleada como sustituto de la política más que su extensión, lo que a la vez arrebata a la diplomacia de cualquier capacidad para coercer y de allí de poder disuadir o alterar el comportamiento del adversario que puede llevar a la guerra.

Pero, acaso la fuerza sin guerra es preferible que la guerra misma? Las pruebas de Weinberger incluyen la presencia de intereses vitales, una determinación para ganar, el establecimiento de objetivos políticos y militares claros, el uso de fuerzas de tamaño adecuado, una seguridad de apoyo del público y del congreso con anterioridad a la introducción de tropas, y haber agotado todas las alternativas diplomáticas con anterioridad al uso de fuerza como último recurso. Pero las pruebas siempre levantaron más preguntas que las que contestaron. Qué son los intereses vitales, y quién los define? Qué significa “ganar”? Es que la guerra no impone su influencia dinámica propia sobre objetivos políticos y militares? Cómo se asegurara el apoyo del público y del congreso por adelantado, sin decir nada de como mantenerlo a lo largo de hostilidades? Y acaso, no habrá circunstancias que compelen al temprano uso de fuerza más bien que su empleo como último recurso? No es ésta no la lección suprema de Munich?

Sarcásticamente, la adherencia a la Doctrina Weinberger-Powell probablemente habría reforzado el apaciguamiento de Hitler en Munich por parte de las democracias, ya que recurrir a la guerra contra Alemania por la parte Anglo-Francesa en Octubre 1938, sobre el Sudetenland de Checoslovaquia, no habría satisfecho ninguna de las pruebas para el uso de la fuerza de esa doctrina. Aun con más ironía, esta doctrina habría respaldado a los Estados Unidos a envolverse en la Guerra de Vietnam. En 1965 los Estados Unidos consideró sus intereses vitales en riesgo en Indochina e intervino como último recurso, una acción que recibió profuso apoyo, del Congreso, del público y editorial. En lo que concierne a la fuerza abrumadora, ni los Ingleses ni los Franceses en 1938, estaban en condiciones de llevar a cabo operaciones militares ofensivas efectivas contra Alemania. En Vietnam, sin embargo, los Estados Unidos finalmente aplicaron un poderío de fuego mucho mayor proporcionalmente contra los comunistas Vietnamitas que el que llevaron a cabo contra Iraq en el Golfo.

La Doctrina Weinberger-Powell presume implícitamente que la tolerancia del pueblo para aceptar bajas es mínima en circunstancias que no satisfacen el criterio de la doctrina para el uso de fuerza, y esta suposición establece la reducción de bajas al mínimo y le pone por arriba de la realización de misión. Aún, esta suposición no solamente va en contra de la evidencia considerable que establece lo contrario; si no que también ignora el papel de liderazgo presidencial en formar opinión pública en favor de el uso de fuerza. La suposición además mina la integridad de la intervención militar al comprometer su eficacia potencial operacional y estratégica.

La Opinión Pública y Las Bajas

La fobia por las bajas refleja una mal entendida lección de la Guerra de Vietnam que, lamentablemente, es compartida entre algunos de los principales líderes políticos y militares. La lección de Vietnam (y de Líbano y Somalia) no es la intolerancia absoluta del público por las bajas sino una actitud hacia las bajas contingentes sobre tales criterios razonables como son la potencia percibida de los intereses en juego y progreso hacia una resolución satisfactoria de las hostilidades. Las bajas sucedidas en guerras demasiado largas, inconclusas en persecusión de objetivos que no convencen no son lo mismo que las bajas que suceden en nombre de operaciones militares decisivas en favor de una causa apremiante.5 El pueblo Estadounidense no aceptará el mismo riesgo de sangre para predominar en guerras civiles sin consecuencias estratégicas como en Líbano y Somalia, que las que aceptaron voluntariamente en derrotar a la Alemania Nazi y en contener a la Unión Sovietica.

La tolerancia de bajas del público depende de circunstancias que incluyen no solamente el éxito o fracaso presidencial en movilizar la opinión pública sino también el mismo comportamiento del enemigo. El ataque Japonés sobre Pearl Harbor instantáneamente disolvió el movimiento Primero América, como un obstáculo político nacional a la política exterior del Presidente Franklin Roosevelt, y la maldad personal y política manifiesta de Saddam Hussein facilitó mucho que George Bush presentara la condición demonial del dictador Iraquí. En contraste, ni siquiera el Gran Comunicador, Ronald Reagan, pudo explicar al pueblo Estadounidense exactamente cuál era el propósito de la intervención militar de los EE.UU. en el Líbano; así como tampoco Bill Clinton pudo dar razones persuasivas ante el público y el Congreso para invadir Haití. Lamentablemente, aunque encuesta tras encuesta apoya la tolerancia del público por las bajas naturalmente contingentes,6 tales estudios parece no causar impresión sobre la Casa Blanca y el Pentágono.

Las actitudes del público respecto a las bajas son maleables, no rígidas. Los errores repetidos de Saddam Hussein durante la crisis de Golfo emanaban en gran parte de sus convicciones gemelas de que los Estadounidenses no aguantan ver correr su propia sangre y que él estaba en posición de derramar tanta, que el apoyo político nacional en los EE.UU. se desplomaría en la guerra contra Iraq.

Los Estados Unidos del Siglo Veinte — han sido preparados para sacrificar las vidas de mas de medio millón de sus hijos para derrotar agresión del totalitarismo en Europa y el Este de Asia. Solamente durante la Guerra de Vietnam el apoyo público sufrío una ruptura — y aún entonces solo después de la conmoción de la ofensiva Tet, cuatro años de evidentes de un aparente estancamiento en el campo de batalla, y duplicidad oficial manifiesta en Washington. Ahora bien, en retrospección, es asombroso que el apoyo público haya permanecido tan fuerte por tanto tiempo, en vista de la lejanía geográfica de guerra y la predominantemente calidad abstracta de los objetivos de la guerra declarados por EE.UU. Aún después de que la guerra fría había terminado, el Presidente Bush movilizo considerable apoyo público y del Congreso para hacer la guerra en favor de un país conocido por pocos Estadounidenses. Aunque las bajas Estadounidenses fueron milagrosamente limitadas (146 muertos en acción), ambos, el público y la Colina del Capitolio, estaban dispuestos a aceptar un costo de carnicería mucho más alto.7 El Pentágono planificó la Operación Tormenta de Desierto, y el Presidente la autorizó en la suposición de que la guerra produciría muertes Estadounidense que posiblemente alcanzarían millares.8

Datos de recientes encuestas obtenidos por Proyecto de la Brecha entre la Sociedad Militar y la Civil, llevado a cabo por el Instituto Triangle para Estudios de Seguridad, confirma que no solo “la fuerte convicción de las cúpulas civiles y militares de que el público Estadounidense no es capaz de aguantar las bajas, no tiene apoyo en los datos recabados por la encuesta”, sino que también “la masa del público asegura que aceptara las bajas en una variedad de escenarios”9 Más allá, la indagación nos informa que los funcionarios civiles que establecen pólitica —y más aún los oficiales militares de mayor rango — son mucho más intolerantes a las bajas que el ciudadano Estadounidense promedio.10 Los datos analizados fueron recabados de cuatro mil novecientos Estadounidenses provenientes de tres grupos: oficiales militares de mayor rango o en vías de ascenso, civiles influyentes, y el público general. Entre las preguntas que se les hicieron, Cuántas muertes militares Estadounidenses serían aceptables para (1) estabilizar un gobierno democrático en el Congo, (2) prevenir que Iraq obtenga armas de destrucción masiva, y (3) defender Taiwan contra una invasión China? Para la cúpula militar, la civil, y el público en general, el número aceptable de militares Estadounidenses muertos eran, respectivamente, como se indica a continuación: 284, 484, y 6,861 (Congo); 6,016, 19,045, y 29,853 (Iraq); y 17,425, 17,554, y 20,172 (Taiwan).11

Por qué estas cúpulas parecen ser más sensible a las bajas que la gente a quien ellos sirven? Se debe acaso a que la suposición de intolerancia por parte del público por las bajas disculpa a los presidentes y los generales de tomar el tipo de riesgos en el campo de batalla que pueden invitar bajas? Sería por que la prevención de bajas ofrece una coartada para la frustración de la misión y aún su fracaso? O sería por que la fobia a las bajas refuerza el argumento en contra de usar fuerza como una herramienta de diplomacia coercitiva? Los autores de la encuesta realizada por el Triangle Institute especulan que los oficiales militares de mayor rango parecen no tener confianza en la confiabilidad de los líderes civiles para perseverar en la duración total de la intervención si las bajas aumentan. También sospechan que “la aversión a las bajas es un aspecto que proviene de la mentalidad de cero defectos entre los oficiales de mayor rango, en que las bajas no solamente son consideradas como muertes — si no como un indicio inmediato de que una operación ha fracasado.” Obviamente, “los líderes civiles deben compartir culpabilidad” por cualquier crecimiento de la mentalidad de cero defectos.12

Consecuencias Estratégicas de la
Fobia de bajas Por la Élite

Porque el fetichismo de la protección de fuerza innecesariamente degrada la eficacia militar, sirve para envalentonar a los enemigos pero no sirve a una gran potencia a la que docenas de otras naciones y centenares de millones de gente alrededor del mundo ven como su líder y seguridad. Los Kosovares Albaneses, con seguridad, eran víctimas de los criminales Serbios, pero ellos no eran menos víctimas, aunque indirectamente, de la fobia de bajas de las cúpulas Estadounidenses.

El fetichismo de la protección de fuerza fomenta medidas militares a medias — las dirigidas contra los síntomas en vez de las fuentes de inestabilidad política internacional. Esto fue tan cierto en la guerra del Golfo como en Fuerza Aliada. En ambos casos, el liderazgo nacional no estaba dispuesto a correr los riesgos políticos y militares necesario para lograr una victoria estratégicamente concluyente. La precaución puede bien haber sido justificada, pero la consecuencia principal en el Golfo y los Balcanes fue la supervivencia de dos regímenes de truhanes, uno de ellos empeñado en la revancha masiva.

La zozobra de verse implicados en un intrincado largo y costoso conflicto Arabe, ocasionó que la administración de Bush terminará la guerra prematuramente y con poco exámen de la política de terminación de guerra. Mientras el ejército Iraquí estuvo en plena retirada, la administración declaró un alto de fuego unilateral en ausencia de cualquier solicitud de Bagdad de condiciones y entonces envio al General Norman Schwarzkopf — sin instrucciones políticas — a Safwan, en el territorio del enemigo, para negociar las condiciones de alto al fuego con un manojo de serviles militares de Saddam Hussein. (Se le ocurrió a alguien que los Iraquíes deberían apersonarse a la sede de Schwarzkopf y de que un alto de fuego requería, entre otras cosas, un reconocimiento de derrota por Saddam mismo?) La administración fracasó en aprovechar la poderosa ventaja que tenía para forzar la expulsión de Saddam, y se permitió a los Iraquíes continuar volando sus helicópteros de ataque, los que oportunamente usaron para aplastar la subsiguiente rebelión Shia en el sur de Iraq.13

La guerra del Golfo se ha pregonado como un modelo de la Doctrina Weinberger-Powell en acción. Y en realidad lo fue en muchos aspectos. Después de todo, en ese tiempo Powell mismo era el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor CJCS, y se le concedio gran latitud para concebir y poner en práctica Tormenta de Desierto. Para la guerra del Golfo, la doctrina tenia sentido. Cualquier presidente que contempla una guerra importante contra un enemigo aparentemente formidable sería necio, desde luego, meterse en tal guerra sobre intereses triviales sin el apoyo del publicó y del Congreso y sin agotar los esfuerzos diplomáticos de alternativas a la no guerra. A la vez, sin embargo, la prisa para declarar victoria militar y evacuar la zona de guerra resaltó la continuada aflicción del Síndrome de Vietnam de la Casa Blanca y el Pentágono — una de aflicción de preclusión que no permitió el éxito estratégicamente concluyente. Así, la guerra contra Iraq nunca terminó en realidad; ha continuado por nueve años (y contando) en forma de repetidos paquetes de ataques punitivos de misiles y aereos y la costosa ocupación de espacio aéreo Iraquí por los EE.UU. para mantener a Saddam Hussein “en su jaula.”

En realidad, pudo no haber habido ninguna implicación por parte de los EE.UU. o participación en la guerra si la decisión hubiese sido de Powell. Habría permitido la agresión Iraquí sin respuesta. Powell temía una posible vergüenza militar en el Golfo y no tenía confianza en que el pueblo Estadounidense y sus representantes elegidos se les podía confiar en apoyar cualquier acción militar que se tomase para expulsar fuerzas Iraquíes de Kuwait. Consiguientemente, hizo una sutil campaña burocrática en contra de ir a la guerra. Durante la fase de despliegue de la crisis, empujó por sanciones como una alternativa a la guerra y fomentó la sumisión de planes de guerra que creyó, o por lo menos esperó, disuadirían sus superiores civiles de decidir en favor de la guerra.14 Dos meses después de que Iraq invadió Kuwait, Powell le dijo a Sir Patrick Hine, Jefe de la Fuerza Aérea Británica, que los riesgos de guerra, incluyendo un número de bajas alto, la degeneración posible en una guerra de desgaste, y perder la paz eran simplemente muy grandes.15 Powell, desde luego, se opuso a cualquier intervención militar de los EE.UU. en la antigua Yugoslavia. Las consecuencias de las aversiones de las cúpulas a las bajas de la antigua Yugoslavia (léase miedo de un Vietnam en los Balcanes) eran evidentes años antes del lanzamiento de Fuerza Aliada. James Gow, quien ha escrito la mejor historia diplomática sobre la “Guerra Yugoslava de Disolución,” concluye que “si había un fracaso político total, su aspecto central era la ausencia de fuerza armada como un resultado final. La razón para esa ausencia era una ‘carencia total de voluntad politica’ para actuar en forma decidida en una situación de transición que aprecia ser . . . engarza con riesgo.” Y a qué se puede atribuír la carencia de voluntad? Al miedo de los políticos Occidentales que lo que les acechaba en los Balcanes era “otro Irlanda del Norte, Dien Bien Phu, o un más amplio Vietnam,” y “particularmente crítico en este respecto era la sombra de Vietnam colgando sobre los líderes políticos y militares de los Estados Unidos.”16

Para expresarlo de otra manera, los Estados Unidos y sus principales Aliados Europeos fracasaron repetidamente en hacer amenazas de fuerza creíbles, contra los agresores Serbios porque de hecho ellos estaban claramente maldispuestos a usar realmente la fuerza en una manera convincente. Consiguientemente, Milosevic puso en evidencia repetidamente y con éxito al Oeste y durante la guerra en Bosnia y luego rechazó el ultimátum de NATO sobre Kosovo. La historia de división política y timidez militar de NATO tocante a los sucesos en la antigua Yugoslavia persistieron en Fuerza Aliada en ambos: la renuncia pública de la Casa Blanca sobre la opción de una fuerza terrestre y la inicialmente tibia “campaña” aérea contra Serbia. Es acaso una sorpresa que Milosevic rehusó rendirse pronto (como la Secretaria de Estado Madeleine Albright y algunos de los funcionarios de administración esperaban)17 y con buenos resultados resistió para obtener condiciones significativamente más favorables a Belgrado que las que NATO había insistido en Rambouillet?18

Si el fetichismo de protección de fuerza salvó a Milosevic y libró al ejército Serbio (que salió de Kosovo virtualmente intacto y cantando victoria), ha distinguido también al componente de los EE.UU. en la fuerza de las Naciones Unidas para guardar la paz, establecida en Kosovo después de la guerra. En Bosnia, a diferencia de los otros contingentes nacionales, la mayoría de las tropas de EE.UU. se acantonaron en un espacio de 775 acres (313.76 hectáreas aprox.), formidablemente fortificado, pero excepcionalmente cómodo desde donde se les permitía aventurar afuera siempre y cuando estuvieran con armadura de cuerpo y cascos de Kevlar — y aún así solo en helicópteros o convoyes de vehículos blindados. Estas medidas de protección de fuerza obstaculizaban la capacidad de las tropas para desempeñar tareas de paz. En contraste, los Ingleses, con gran experiencia en operaciones imperial de mantenimiento del orden público y sin impedimentos de un liderazgo militar o político petrificado en la perspectiva de bajas, se dispersaron ampliamente en su sector, con grupos pequeños alojados en apartamentos y casas en vecindarios locales tensos. Ellos rondaron a pie en números pequeños sin cascos o camisetas blindadas, lo que les permite estar en estrecho contacto con los residentes locales y los sucesos. La obsesión Estadounidense con cero bajas llegó a ser el blanco de las bromas por los oficiales de los contingentes Europeos de mantenimiento de paz.19

Clausewitz recordó a sus lectores que la guerra es “un medio muy serio para conseguir un fin serio.”20 Es que elevar la protección de fuerza al primer lugar entre todos habla bien de la seriedad de medios? Acaso no deja entrever al adversario y al aliado en forma semejante la presencia de una voluntad enclenque? Acaso no fomenta que los enemigos adopten la estrategia simple de llenar tantas bolsas de muerto con tantos cuerpos Estadounidense como sea posible? Y qué importa que el ciudadano Estadounidense promedio sea más tolerante de las bajas que aquellos que forman las cúpulas política y militares en los EE.UU.? Si ese liderazgo se concierne más sobre la seguridad de sus medios militares que una obtención decisiva de sus fines políticos, no han llegado los Estados Unidos a ser, en las palabras de Richard Nixon, “un triste e inútil gigante?”

Remedios para el Fetichismo de
Protección de Fuerza?

No hay cura obvia para la aflicción de fobia de bajas. Esperemos, que las cúpulas por sí mismas lleguen a reconocer la tolerancia del público a las bajas, es mucho más posible que lo que los pesimistas creen o quieren creer, y que el liderazgo político puede influir mucho sobre las actitudes públicas a las bajas en una situación determinada. Dada la fortaleza de convicción de la cúpula de que la gente que ellos sirven tiene poco estómago para la guerra en casi cualquier circunstancias; sin embargo, tomaría probablemente una demostración real de tolerancia de bajas para cambiar esas mentes. Pero esto no quiere decir que busquemos otra guerra simplemente para probar el argumento. Además, los Estados Unidos rápidamente se está quedando sin enemigos capaces de infligir bajas considerables sobre las fuerzas militares de los EE.UU. desplegadas.

Un más prometedor enfoque al problema estratégico posado por el fetichismo de protección de fuerza sería que los EE.UU. cultivaran y depositaran su confianza en sustitutos locales para asumir los riesgos de combate terrestre. La Doctrina Nixon tiene tanto sentido ahora como lo siempre, y no nos olvidemos del éxito de la Doctrina Reagan en Afganistán. Por supuesto, las fuerzas de sucedáneas se encuentran ocasionalmente disponibles y tienen sus agendas políticas propias. Pero cuando están dispuestos y (con el entrenamiento y asistencia) capaz de pelear contra un enemigo común, limitan las responsabilidades militares potenciales de los Estados Unidos en circunstancias en que la tolerancia política nacional de bajas es — o se percibe ser — severamente limitada. Quizás la más grande oportunidad desperdiciada de la administración Clinton en los Balcanes fue el negarse a armar y entrenar las víctimas de la agresión Serbia. Haber armado a los Musulmanes Bosnios y luego al Ejército de Liberación Kosovar, así como también brindarles a ambos el apoyo aéreo de los EE.UU. cuando fuese necesario, habría sido balancear el poder, pura y simplemente. Pero eso habría proveído un más pronto y efectivo retén al comportamiento Serbio en Bosnia y Kosovo que la política existente de esconderse detrás unos ineficaces embargos de armas internacionales de toda la antigua Yugoslavia y una tempestad de increíbles amenazas de fuerza a Belgrado.

De seguro, respaldar vínculos sucedáneos nos obliga a ponernos de parte de alguien. Pero la historia de política internacional muestra que los medios más efectivos de prevenir que ocurran ofertas de hegemonías es crear situaciones que operen balanceando el poder. Cuando los Estados Unidos puedan hacer eso fomentando sucedáneos locales en vez de comprometer sus fuerzas propias, debería hacerlo a menos que hay alguna razón estratégica o política que compela a evitarlo. Y sí, siempre habrá el riesgo del fracaso del sucedáneo, presentando a los Estados Unidos con la elección de abandonar la situación enteramente o comprometer sus propias fuerzas. Esto es cabalmente lo que sucedió en Vietnam, donde los Estados Unidos escogieron un cliente política y militarmente incompetente, amenazado por un adversario diestro y determinado. En efecto, una vez que los Estados Unidos asumieron la dirección de la guerra, el ejército Vietnamita del Sur tuvo poco incentivo para pelear. Las circunstancias en la antigua Yugoslavia, sin embargo, eran bastante opuestas — sin embargo la Guerra de Vietnam cegó a los que formulan la pólica.

Una observación final sobre el fetichismo de protección de fuerza: mientras persista la fobia de bajas y mientras se continúe fomentando — como sucedió en la guerra contra Serbia — descansar sobre el poderío aéreo a exclusión de las fuerzas de combate terrestre, necesitaremos revisar de nuevo la asignación proporcional de recursos presentes entre las fuerzas del aire y de tierra Estadounidenses. Si en el combate los Estados Unidos va a ser una superpotencia de una arma, entonces esa arma debería ser tan fuerte como sea posible hacerla.

Notas

1. Carl von Clausewitz, Sobre la Guerra, ed. y trans. Michael Howard y Peter Paret (Princeton, N.J.: Prensa de la Universidad de Princeton, 1976), 87.

2. El Secretario de Defensa William S. Cohen y Gen Henry Shelton, Presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor Conjunto, “Declaración Conjunta sobre Kosovo Revisión Después – de la Acción,” ante el Comité de Servicios Armados del Senado, 14 Octubre 1999, 27.

3. Wesley K. Clark: “Los Estados Unidos y NATO: El camino por delante”, Parameters, Invierno 1999–2000, 8–9.

4. Powell sirvió como asistente militar de Weinberger’s y le asistió en la redacción del famoso discurso de Weinberger’s ante el Club de Prensa Nacional, titulado “Los Usos del Poder Militar,” el 28 Noviembre 1984. Reimpreso en su libro Caspar Weinberger, Pelea por la Paz: Siete Años Críticos en el Pentágono (Nueva York: Warner Books, 1990), 429–45.

5. Ver Richard K. Betts, “Qué se Requiere para Disuadir a los Estados Unidos?” Parameters, Invierno 1995–1996, 70–79. Ver también Andrew P. N. Erdmann, “La Presunción de EE.UU. de Guerras Rápidas, Sin Costo”, Orbis, Verano 1999, 363–81.

6. Ver, por ejemplo, los estudios y encuestas siguientes realizadas por RAND de Santa Mónica, California: Mark Lorrell y Charles Kelley Jr., Bajas, Opinión Pública, y Política Presidencial durante la Guerra de Vietnam, Marzo 1985; Benjamín C. Schwarz, Bajas, Opinión Pública, e Intervención Militar de EE.UU.: Las implicaciones para EE.UU. Estrategias Regionales de Disuasión, 1994; y Eric V. Larson, Bajas y Consenso: El Papel Histórico de las Bajas en el Apoyo Nacional a las Operaciones Militares de EE.UU., 1996.

7. Ver John E. Mueller, Política y Opinión en la guerra del Golfo (Chicago: University of Chicago Press, 1994), 45, 124, 306–7.

8. Erdmann, 375–76.

9. Digest of Findings and Studies Presented to the Conference on the Military and Civilian Society, Cantigny Conference Center, 1st Division Museum, 28–29 October 1999, 5; on-line, Internet, 12 Noviembre 1999, en http://www.unc.edu/depts/tiss/ CIVMIL.htm.

10. Peter D. Feaver y Cristpher Gelpi, “¿Cuántas Muertes Son Aceptables? Una Respuesta Sorprendente”, Washington Post, 7 Noviembre 1999.

11. Ibid.

12. Ibid.

13. Los funcionarios de administración esperaron que la victoria militar de coalición, que al final de la guerra apareció mas decisiva que lo que realmente era, impulsaría un golpe contra Saddam. A la vez, el Shia y las rebeliones Curdas pronosticaron desmoronamiento posible de Iraq — algo que la casa Blanca con toda seguridad no querian. Lo que la administración queria era un intacto Iraq sin Saddam.

14. Los planes incluían el inicial Schwarzkopf falto de imaginación plano preparado por el Ejército de guerra terrestre, y luego un segundo plano requiriendo duplicar el tamaño del despliegue de los EE.UU de una fuerza defensiva a una fuerza ofensiva. Brent Scowcroft, el consejero nacional de seguridad, sospechó que los planes habían sido deliberadamente manufacturados para desalentar la guerra: “El plan inicial para la retoma de Kuwait, presentado al Presidente Bush en Octubre, no parecía haber sido creado por nadie ávido de emprender la tarea. De igual semejante, los requerimientos de fuerza para una ofensiva con éxito presentados al final de Octubre eran tan grandes que uno podría especular que había sido establecidos por un comando [Comando Central de los EE.UU.] en la esperanza de que su tamaño cambiaría su [Bush] opinion respecto a seguir adelante con la opción armada.” George Bush y Brent Scowcroft, A World Transformed (Un Mundo Transformado) (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1998), 431.

15. Para la mejor e informativa reseña de la campaña tras bambalinas de Powell’s para descarrilar la decisión de la administración Bush hacia la guerra en el Golfo, ver Miguel R. Gordon y Bernard E. Trainor, La Guerra de los Generales: La Historia Interna del Conflicto en el Golfo (The Generals’ War: The Inside Story of the Conflict in the Gulf) (Boston: Little, Brown and Company, 1995), 123–58.

16. James Gow, El Triunfo de la Carencia de Voluntad: La Diplomacia Internacional y la Guerra en Yugoslav (Triumph of the Lack of Will: International Diplomacy and the Yugoslav War) (Nueva York: Columbia University Press, 1997), 306.

17. Ver John F. Harris, “Retórica tranquilizante, Realidad en el Conflicto,” “Reassuring Rhetoric, Reality in Conflict,” Washington Post, 8 Abril 1999

18. Entre las demandas contenidas en el ultimátum de NATO presentado a Serbia en Rambouillet antes de la guerra era la restauración de autonomía de Kosovo. Después de esto, tres años más tarde, en un referéndum en Kosovo para determinar su futuro y una provisión que otorgó a las fuerzas de NATO pasaje sin restricción y acceso sin impedimento a lo largo de todo Serbia — no simplemente Kosovo. Estos términos se eliminaron subsecuentemente como condiciones para la terminación de la guerra.

19. Ver R. Jeffrey Smith, “El Hogar de un ‘GI’ Es Su Fortaleza,” (A GI’s Home Is His Fortress) Washington Post, 5 Octubre 1999.

20. Clausewitz, 86.


El Dr. Jeffrey Record (Licenciatura, Occidental College; MA y Ph.D, Johns Hopkins University) es profesor de estrategia, doctrina, y poderío aéreo en la Escuela Superior de Guerra Aérea, Maxwell AFB, Alabama, y Centro para la Estrategia Internacional, Tecnología, y Política del Instituto de Tecnología, en Atlanta, Georgia. Ha servido anteriormente como miembro profesional del Comité de Servicios Armados del Senado; asistente legislativo de varios senadores, Erudito Rockefeller más Joven en Brookings Institution; y consejero auxiliar de provincia a la República de Vietnam. El Dr. Record ha publicado más de 275 libros, monografías, artículos de prensa y revistas, y notas y columnas de opinión en periódicos.

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