Air & Space Power Journal - Español Primer Trimestre 2001

 

Política, Muerte, y Moralidad
en la Política Exterior
de los EE.UU.

Dr. Karl P. Mueller

LOS LIDERES NACIONALES Estadounidenses, ambos, militares y civiles, parecen haber caído en la esclavitud de un culto de prevención de bajas, como Jeffrey Record argumenta enérgicamente aunque con palabras un poco diferentes en su artículo “El Fetichismo de la Protección de Fuerza” (este ejemplar). Denominarle un culto no es simplemente una hipérbole. Muchos estadistas y generales creen, con absoluta e incontestable convicción, que los Estados Unidos no pueden hacer empleo de la fuerza con éxito a menos que las bajas entre esos militares Estadounidenses sean virtualmente ninguna, si bien hay poca evidencia para apoyar esta creencia y a pesar de sus efectos perniciosos sobre la política exterior y de defensa de los EE.UU.1

La creencia de que los Estados Unidos evitarán arriesgar las vidas de sus soldados y que pronto capitulara si se les mata en cantidad, envalentona a los enemigos de los Estados Unidos ofreciéndoles un medio aparente para la derrota de la superpotencia numérica y tecnológicamente superior. También separa a los Estados Unidos de sus aliados quienes no comparten esta creencia sobre sí mismos. La aceptación de ese mito es un acto de pesimismo — más aún es un acto derrotista — aunque, por supuesto, en el pasado ha habido estadistas que han tenido frecuentemente creencias erróneamente pesimistas. Lo que es más sorprendente es que el culto de la prevención de bajas ocupa un lugar tan preeminente en la cúpula militar cuando, como nos lo hace ver Record, amenaza la misma existencia del Ejército Estadounidense (y podríamos añadir también la Infantería de Marina) como lo conocemos. También presenta la posibilidad de transformar las armas de combate de La Fuerza Aérea de los Estados Unidos en simples transportistas de entregas de municiones de larga distancia y de operadores de aeronaves sin pilotos o tripulación. Tal una transición podría hacer plausible sentido militar, pero seguramente no convencería a los generales pilotos de aviones de caza y bombarderos tradicionales.

Por supuesto, como la mayoría de los mitos, creer que los Estadounidenses son intolerantes de las bajas es algo que creció alderredor de un grano de verdad. El apoyo del público Estadounidense por guerras que parecen ser relativamente costosas en relación a sus objetivos — o que aparecen ofrecer poca perspectiva de éxito — desde luego se ha ido desintegrando conforme la cuenta de cadáveres a ido en aumento, más notablemente en Corea, Vietnam, Líbano, y Somalia — aunque este modelo no es ni singular de los Estados Unidos, ni un producto de la edad de la televisión, como se sugiere con frecuencia.2 Sin embargo, la experiencia histórica no ofrece ninguna razón para creer que la voluntad del pueblo de los Estados Unidos abandonara su apoyo por guerras costosas en la que las vidas de sus soldados aparentemente no han sido desperdiciadas. Mas aún las pruebas de la opinión pública parecen respaldar que los Estadounidenses son bastante indiferentes a la pérdida de vidas entre las fuerzas aliadas, las tropas enemigas y las poblaciones civiles no obstante, nuevamente, que quienes se encuentran en las cúpulas dirigentes de los EE.UU. frecuentemente creen que lo opuesto es verdad.

Tras el Culto

¿Por qué, entonces, los mitos de intolerancia de las bajas y el de daños colaterales — tienen tal dominio? De hecho, hay muchas razones para el culto. En parte, crecen de poner mucha atención a un número pequeño de casos prominentes sin ponerlos dentro del apropiado contexto. Y, en parte, tiene que ver con muchos políticos, líderes militares, y periodistas cuya educación en historia y ciencias sociales es muy parca. Pero también refleja tendencias históricas y tecnológicas más grandes: el potencial creciente de batallas muy limpias y el lento y constante desplazamiento del Oeste en su proceso de alejarse de la barbarie.

Aunque la idea de que la guerra se va haciendo menos horrorosa parece ser contraintuitiva a primera vista, en general es verdad. Durante los pasados doscientos años, ambos los combates terrestres y navales han adelantado progresivamente (aunque no siempre constantemente) a ser menos horrorosos en el mundo desarrollado gracias a factores tales como mejor atención médica y evacuación de las bajas, mecanización, y refinamientos en algunas clases de armas. La campaña aérea, también, se ha convertido en una actividad menos sangrienta a través de sus 90 años de perfeccionamiento. En suma, las vidas de soldados, en conjunto, han llegado a ser menos asquerosas, brutales, y cortas desde el principio de la revolución industrial, así como han cambiado las vidas de los civiles en tiempo de paz. La guerra también a cambiado para los no combatientes llegando a ser menos brutal, excepto por supuesto cuando ellos son los blancos; particularmente en años recientes, la capacidad de las fuerzas armadas para minimizar el daño a los civiles cuando atacan a sus enemigos, han mejorado dramáticamente como resultado de la revolución en municiones guiadas con precisión. Por supuesto, nada de esto quiere decir que una guerra en particular será menos horrorosa que las que la precedieron — solo que puede ser.

Conjuntamente con esta potencialidad creciente para que los costos humanos de la guerra vayan reduciéndose ha llegado la creencia normativa que esos deben ser reducidos y que la guerra, ampliamente considerada una diversión moralmente edificante tan recientemente como un siglo atrás, es algo que en general debía de evitarse — o por lo menos regularse.3 Mientras más y más bajas puedan y deban evitarse, mayor será la justificación necesaria y eso hará altamente inaceptable el disoluto desperdicio de vidas de los soldados.

Así, de alguna forma, la creencia exagerada o defectuosa en la intolerancia total de bajas puede verse con optimismo — dándoles a los Estadounidenses crédito por una mayor aversión a la muerte y a matar de lo que realmente merecen. Sin embargo, también tiene una fase menos loable, representando el predominio de conveniencia política sobre la moralidad, asumiendo una cobardía moral por parte del pueblo Estadounidense, y transfiriendo la culpa al el público por los fracasos políticos y militares de estadistas y generales.

Haciendo una Virtud de
la Timidez

Jeffrey Record atribuye muchos de los fracasos de Operación Fuerza Aliada — en especial el fracaso para sofrenar la expulsión del Kosovares Albaneses — al desgano de los Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para desplegar tropas poniendo en riesgo las vidas de los soldados en tierra, y a la prioridad de la campaña aérea para disminuir las pérdidas de la alianza volando a altitudes medias y altas. Estos cargos son razonables aunque no hay certeza de que una campaña aérea menos precavida habría producido mejores resultados políticos, aun cuando hubiese sido más efectiva en destruir las fuerzas Serbias en el terreno. Tampoco podemos estar seguros que la promesa de “ninguna fuerza terrestre” realmente alargó la guerra, aunque lo pudo ser — Slobodan Milosevic probablemente habría dudado la voluntad de la OTAN para invadir Serbia hasta que las intenciones Angloamericanas se hicieron claras en las postrimerías de la guerra, sin considerar la mal aconsejada retórica que se articulaba desde la Casa Blanca y Bruselas en las primeras semanas del conflicto. Y, un ataque temprano de armas combinadas en Kosovo podría haber producido un baño de sangre mayor para los Kosovares del que realmente sufrieron. No obstante, un miedo patente a las bajas, conjuntamente con los esfuerzos para evitar muertes civiles, seguramente dominó ambos, la campaña aérea y la estrategia de Milosevic para hacer que la OTAN suspendiera la guerra.

Los vecinos de Serbia, en Bosnia, los efectos de la manía de la protección de fuerza también fueron visibles de una forma que es menos dramática pero por lo menos tan inquietante. Como Record lo describe, si las tropas Estadounidenses frecuentemente parecen amedrentadas de salir de su acantonamiento, excepto en pesada armadura, en convoyes de varios vehículos, a pesar del ambiente de bajo riesgo predominante en Bosnia, ellos pueden contribuir muy poco en verdad al mantenimiento de paz. Los militares de los EE.UU. se encuentran parados en la tenue línea que divide el ser el alguacil mundial ligeramente incomodo o el caricaturesco Barney Fife en manifiesto desasosiego.

Sin embargo, en ambos casos Serbia y Bosnia, entre otros, quizá no sean los efectos de la política de aversión a las bajas de los EE.UU. lo que produzca más inquietud, sino sus motivaciones. En una tras otra sesión informativa y rueda de prensa, ambos líderes militares y civiles explican sus esfuerzos para proteger las vidas de las tropas Estadounidense desde el punto de vista de la impopularidad política de sufrir bajas, pintando un cuadro de un pueblo Estadounidense que es demasiado cobarde para hacer nobles sacrificios por si mismos y demasiado ignorante para entender las explicaciones de sus líderes de por qué deberían hacerse. En forma semejante, los hercúleos esfuerzos de la OTAN para evitar ocasionar daño colateral durante las operaciones Fuerza Deliberada y Fuerza Aliada fueron generalmente justificados por las razones de que eran requeridos para así poder mantener a la prensa internacional y los poderes aliados contentos. Entre otros efectos, hacer hincapié en los imperativos políticos más bien que en los morales para evitar matar no combatientes, amenaza crear una mente litigiosa entre los que planean las campañas aéreas quienes supondrán que si un blanco es legal, entonces hay que atacarlo.

Es qué el pueblo Estadounidense realmente exige que las vidas de las tropas de los EE.UU. y las de los civiles no se malgasten? Es qué la prensa tendrá un día de fiesta si mueren civiles por un bombardeo de los EE.UU.? Al nivel más bajo, no debería tener importancia. Seguramente debemos proteger nuestras fuerzas y proteger a los no combatientes, en lo que más se pueda, sin considerar la opinión popular — no porque sea políticamente prudente sino porque es moralmente correcto.

Por otro lado, sin embargo, hay objetivos por los que vale la pena morir — y matar — para conseguirlos; en tales casos, es moralmente incorrecto no arriesgar o tomar vidas cuando es necesario. Rehuir las bajas en estas circunstancias asesta un golpe directo al corazón del juramento solemne del soldado Estadounidense de defender su país de todo enemigo. Además, culpar tal carencia de valor nacional a la vergüenza imaginaria del electorado pone en duda la fundación filosófica de la República misma.

Reconsiderando la Moralidad
de la Guerra

Record correctamente ataca despiadadamente la Doctrina Weinberger-Powell respecto a sus prescripciones para usar la fuerza militar única y solamente cuando los intereses nacionales más vitales están en juego y únicamente cuando la opinión pública y la de la legislatura favorece el uso de fuerza. Como él argumenta, estos criterios habrían apoyado el desastroso apaciguamiento Anglo-Francés de Hitler en Munich en 1938, y ellos probablemente habrían sugerido que la intervención de los EE.UU. en Vietnam era una buena idea.4 (Además, aunque Weinberger mismo disiente, se puede hacer un buen argumento que todos los criterios de su doctrina se cumplieron eventualmente durante la operación Fuerza Aliada.)5 Uno podría agregar que si la Doctrina Weinberger hubiese tenido cabida en los años 1770, la Revolución de independencia Estadounidense — inicialmente apoyada únicamente por un tercio mas o menos de los coloniales — nunca se habría llevado a cabo. Respaldar el uso de fuerza aplastante para proteger intereses vitales mientras prohibiendo el uso de fuerza limitada para fines más modestos desde luego ata las manos de estadistas en ambas formas innecesariamente e inapropiadamente, subordinando la realización del interés nacional a la protección de popularidad del gobierno.

El último de los seis criterios de Weinberger también merece ser reexaminado: la regla ampliamente aceptada de que comprometer fuerzas de combate de los EE.UU. debería ser una política de último recurso. Aunque la mantra “el último recurso” tiene una cierta atracción absolutista, es de hecho un principio erróneo. Si la razón para emplear fuerza como último recurso es simplemente evitar sufrir bajas a menos que no hay alternativa, entonces los estadistas Estadounidenses deberían considerar el uso de la fuerza militar en muchas situaciones en las que puede ser efectivamente empleada sin el riesgo de daño a las fuerzas de EE.UU., circunstancias comunes que podrían suceder en la postguerra fría en un mundo de enemigos débiles y armas poderosas de largo alcance. Además, poniendo las fuerzas de EE.UU. en riesgo verdaderamente casi nunca es el último recurso — siempre habrá alternativas para la única superpotencia del mundo. El hecho que por 50 años los Estados Unidos han optado a sufrir bajas en un número de conflictos convencionales que fácilmente pueden haber sido resueltos usando armas nucleares no es sino una clara indicación de que no creemos realmente que el derrame de sangre Estadounidense debe evitarse a toda costa aparte de rendirse.

Por otra parte, si la regla del último recurso se basa en la premisa moral que la fuerza militar es demasiado destructiva para emplearla a menos que todo lo demás haya fracasado, es una pobre guía en casos en que fuerza militar tiene la potencialidad de infligir menos daño que otras alternativas. Por ejemplo, en algunas circunstancias, como sucedió en el enfrentamiento con Iraq del 1990–91 sobre Kuwait, usando fuerza más pronto que tarde puede ser menos costoso que tratar otros medios primero. Además, es importante reconocer que en esta era de armas selectivas, el uso de fuerza puede ser bastante menos destructivo que emplear algún otro, supuestamente más leve, instrumentos de poder — más conspicuamente sanciones económicas de amplio alcance. Esto fue ilustrado vivamente por la política Occidental hacia Iraq en el decenio de 1990, cuando las restricciones comerciales de las Naciones Unidas produjeron indirectamente cientos de miles de muertes de civiles Iraquíes, que las que se produjeron como resultado de una guerra aérea mucho más efectiva que mató solo unos cuantos miles.6 Conforme la potencia aérea continúa perfeccionando la precisión en el señalamiento de blancos y su capacidad de ataque, y conforme las armas no mortales van apareciendo en el inventario militar, la tradicional asociación entre la fuerza militar y la máxima destrucción será cada día mas obsoleta, y el principio de último recurso eventualmente tendrá que ser abandonado.

Elaboración de Estrategia Moral

Si el público Estadounidense es condicionalmente tolerante de las bajas e indiferentes consistentemente al daño colateral, y si los principios centrales de la Doctrina Weinberger son no más que una lista de excusas para evitar el riesgo político, ¿cuál debe ser la orientación de las decisiones Estadounidenses en cuanto a cuándo y cómo usar la fuerza militar? En forma inconveniente para aquellos en quienes descansa la toma de decisiones nacionales, la respuesta es que para poder elegir no hay recurso a reglas básicas simples sino verdadera sabiduría real. Decidir que causas merecen arriesgar vidas Estadounidenses y qué cantidad de riesgo es aceptable, requiere en último análisis una brújula moral, no simplemente una política.

Esto no quiere decir que la opinión pública no tenga importancia — en una democracia sana no puede ser. Sin embargo, los líderes nacionales tienen la obligación de dirigir. Cuando cumplen con su papel, por lo general, encuentran que el pueblo es bastante tolerante de sus decisiones de política exterior. De hecho, los Estadounidenses apoyarían aún acciones militares que han sido mal aconsejadas, requiriendo que estadistas y generales ofrezcan de su propia iniciativa restricciones a sus lances, aunque estos vienen a ser más complicados y tienen que tener un mejor fundamento que los incluidos en el culto de defensa o la Doctrina Weinberger-Powell.

La mejor defensa en contra de perder el apoyo público para acciones militares una vez que las bajas comienzan a ocurrir es la convicción popular de la firmeza de su valor moral. En gran parte, esto puede ser formado por líderes efectivos, aunque la historia también enseña que el pueblo Estadounidense no esta compuesto por bobos amorales quienes aceptarán crédulamente todo lo que se les cuenta. Las guerras caras son frecuentemente aceptables, mientras que las que aparentemente no hacen sentido o las guerras desproporcionadamente costosas no lo son. En último caso, sin embargo, la suposición de que el público no apoyaría hacer lo que es correcto es simplemente inaceptable como una base para política nacional. Si fuese constantemente cierto, los Estados Unidos no merecerían la protección de esos quienes han dado sus vidas en prenda para defenderlos.

Notas

1. Sobre la realidad de la intolerancia en EE.UU por las bajas, vea, además de las fuentes citada por Record, Troy E. DeVine, “The Influence of America’s Casualty Sensitivity on Military Strategy and Doctrine” (tesis de Masters, School of Advanced Airpower Studies, Junio 1997); y John Mueller, “Public Opinion as a Constraint on U.S. Foreign Policy: Assessing the Perceived Value of U.S. and Foreign Lives” (documento presentado ante la Convención Nacional de la Asociación de Estudios Internacionales, Los Angeles, Calif., 14 Marzo 2000). Sobre la tendencia militar históricamente más común hacia el cultismo de creencia en la omnipotencia del delito, ver Maj John R. Carter, Airpower and the Cult of the Offensive (Maxwell AFB, Ala.:Air University Press, 1998).

2. La relación entre la erosión del apoyo público en EE.UU. para la Guerra de Vietnam televisada y la acumulación de bajas en el conflicto era aproximadamente igual que las ocurridas en Corea, durante la época de radio y noticiarios de cine. Ver John E. Mueller, War, Presidents, and Public Opinion (Nueva York: Wiley, 1973).

3. Ver John E. Mueller, Retreat from Doomsday: The Obsolescence of Major War (Nueva York: Básic Books, 1989).

4. Por lo menos al principio del conflicto. Después de la caída de Sukarno y los comunistas en Indonesia en 1964, el argumento de que mantener a Vietnam del Sur fuera del comunismo era vital a los intereses nacionales de EE.UU. llegaron a ser menos defendibles.

5. Ver Caspar W. Weinberger, “The Use of Force—The Six Criteria Revisited,” discurso ante la Convención Nacional de la Air Force Association, Washington, D.C., Septiembre 14, 1999; en-línea, Internet, 14 Marzo 2000, accesible por http:// www.aef.org / wein999.html.

6. Ver John Mueller y Karl Mueller, “Sanctions of Mass Destruction,” Foreign Affairs, Mayo/Junio 1999, 43–53.


El Dr. Karl Mueller (Licenciatura, Chicago University; MA y Ph.D, Princeton University) es un profesor asociado de estudios militares en la Escuela Superior de Estudios Avanzados sobre el Poderío Aéreo, Maxwell AFB, Alabama. Ha escrito artículos sobre una variedad de temas de seguridad nacional, incluyendo teoría de disuasión, sanciones económicas, y el uso coercitivo del poder militar en publicaciones como Security Studies and Foreign Affairs. Al presente trabaja en proyectos que tocan los temas de pertrechar el espacio, el papel del poderío aéreo en las contiendas del siglo 21, y la estrategia y resultados de la Operación Fuerza Aliada. Actualmente, el Dr. Mueller se encuentra dando los toques finales a un libro sobre las estrategias de seguridad de las potencias intermedias de Europa.

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