La Guerra Aérea en El Salvador

DOCTOR JAMES S. CORUM

LA GUERRA CIVIL en El Salvador, que duró desde 1980 hasta 1992, fue una de las insurrecciones más grandes y sangrientas que el Hemisferio Occidental ha visto. Durante la guerra de 12 años de duración, murieron una cantidad estimada de 100.000 personas y pérdidas bastante horrendas para un país de sólo cinco millones de habitantes.

La guerra en El Salvador recibió un compromiso significativo de los EE.UU. en forma de ayuda militar y económica, consejeros y adiestramiento. Durante el curso de la guerra, los EE.UU. proporcionaron US$ 4.5 mil millones de ayuda económica al país y sobre los mil millones de dólares en ayuda militar.1 Casi la cuarta parte de la ayuda militar de los EE.UU. fue entregada a la Fuerza Aérea salvadoreña.2 Algunos aspectos de la guerra en El Salvador y el compromiso de los EE.UU. han sido relatados en numerosos libros y publicaciones.3 No obstante, aunque el poder aéreo jugó un papel preponderante en el conflicto, su historia no ha sido tratada en detalle. Sin embargo, no hay libros o publicaciones importantes que en forma específica detallen sobre la historia de la Fuerza Aérea salvadoreña durante la guerra. Considerando que la guerra salvadoreña nos ofrece uno de los ejemplos más recientes del uso del poder aéreo en una campaña de contra-insurrección, esto es un vacío significativo en la literatura acerca del uso del poder aéreo en la guerra moderna.4

En este artículo intento llenar algunos vacíos en la historia de la guerra aérea en El Salvador. Comienza bosquejando la historia de la guerra aérea y luego reexamina algunos de los temas en mayor detalle, temas tales como la efectividad del adiestramiento y equipamiento provisto a El Salvador por los Estados Unidos. La doctrina y tácticas de la guerra aérea también merecen discusión. ¿Fue el poder aéreo usado de manera apropiada? Finalmente, el artículo bosqueja algunas de las lecciones acerca del uso del poder aéreo en la contra-insurrección que puedan ser aprendidas de la guerra.

Trasfondo del Conflicto

En 1980, el país de El Salvador estaba maduro para una insurrección mayor. Era una nación pequeña, pobre y densamente poblada, una pequeña oligarquía dominaba y era gobernada por una serie de gobierno militares que tenían poco interés por los derechos civiles. La proporción de mortalidad infantil era alta, y la falta de oportunidades económicas había empujado a cientos de miles de salvadoreños a cruzar la frontera hacia Honduras en búsqueda de tierras y empleos. Varios grupos revolucionarios de orientación marxista estaban ya organizados en el país. Los sucesos de 1979 establecerían las condiciones para una abierta rebeldía.5

Las conclusiones y opiniones expresadas por el autor en este documento son resultado del cultivo de la libertad de expresión, en el ámbito académico de la Universidad del Aire (Air University). Estas no representan la posición oficial del Gobierno de los EE.UU, Departamento de Defensa, Fuerza Aérea de los EE.UU. o la Universidad del Aire.

La exitosa revolución de los Sandinistas contra el régimen de Somoza en Nicaragua en 1979 proveyó apoyo a los movimientos revolucionarios en Centro América. Si tal régimen poderoso y opresivo pudo ser derrotado por un movimiento popular pobremente equipado, entonces la oligarquía en El Salvador también podría ser derrotada. Más aún, la estratagema de octubre de 1979, que resultó en un nuevo gobierno militar en El Salvador, dejó a ese país en el caos. Las Fuerzas Armadas salvadoreñas fueron divididas con algunas facciones de oficiales a favor de reformas y otros violentamente opuestos. Como resultado del caos en el gobierno y el estado poco popular del régimen, la guerrilla estalló en 1980 y las facciones rebeldes mayores se asociaron en una gran alianza, el Frente de Liberación Nacional Marxista Farabundo Martí (FMLN), quien dirigió la insurrección. Las otras facciones pequeñas, sin embargo, mantuvieron su identidad.

Los partidos y facciones de derecha en El Salvador, que incluían parte de las Fuerzas Armadas, reaccionaron a la insurrección con un programa de asesinatos despiadados conducidos por “escuadrones de la muerte”. Cualquier sospechoso de simpatías izquierdistas estaba propenso a ser secuestrado y ejecutado. Docenas de asesinatos por fuerzas pro-gubernamentales y militares se llevaron a cabo por la noche. Efectivamente, un número estimado de 10,000 personas fueron asesinadas de esta manera en el primer año de guerra.6 Sin embargo, en lugar de suprimir la insurrección, la extrema violencia de parte del régimen empujó a muchos salvadoreños hacia una abierta sublevación. La violencia escaló y la administración de Carter en su desagrado con el masivo nivel de violaciones a los derechos humanos, interrumpió la ayuda económica y militar. En enero de 1991, los rebeldes, que hasta esta fecha ascendía a 10,000 guerrilleros, montó una ofensiva con el propósito de ocupar El Salvador y derrocar al gobierno. Alarmados por la alta probabilidad de una victoria de los insurgentes, la Administración Carter en sus últimos días autorizó nuevamente la ayuda militar y permitió el envío de ayuda.7 A pesar de lo desagradable que era el régimen, desde la perspectiva de los EE.UU., era preferible a tener otro gobierno revolucionario marxista en América Central. La revolución en Nicaragua había alertado a los EE.UU. y otras naciones centroamericanas que tendrían un “efecto dominó”. Si El Salvador caía, las revoluciones podrían también tener éxito en Guatemala y en Honduras y la Administración Carter no quería que América Central cayera en esa situación durante su turno.

La ofensiva rebelde en El Salvador trajo ganancias significativas pero falló en alcanzar la victoria a comienzos de 1981. La Administración de Carter fue seguida por una conservadora gestión de Reagan, que estaba preparada para ocupar un papel más activo en contra de la expansión del comunismo en el hemisferio. En 1981, la Administración Reagan se hizo el compromiso de ayudar a El Salvador a derrotar la más seria insurrección en la región.

EL Estado de las
Fuerzas Armadas
Salvadoreñas en 1981

El Salvador tenía una pequeña fuerza armada con un personal militar de 10,000 personas y 7,000 policías paramilitares en 1980 cuando comenzó la guerra. El Ejército, la mayor parte de las Fuerzas Armadas, tenía aproximadamente 9,000 soldados organizados en cuatro pequeñas brigadas de infantería, un batallón de artillería, y un batallón con armamento ligero.8 El nivel de adiestramiento era bajo. El entrenamiento que el Ejército tenía era todo para guerra convencional, preparación para repetir la corta guerra librada con Honduras en 1969, donde el Ejército actuó honrosamente. No tenía un entrenamiento o preparación para llevar a cabo una campaña de contra-insurgencia.

Las Fuerzas Armadas en total tenían serios problemas de liderazgo. El Cuerpo de Oficiales fue disuelto luego del golpe de octubre de 1979. Como la mayoría de los ejércitos en América Central, el adelanto y selección para ocupar posiciones de comando se basaron más sobre conexiones políticas y patrocinadores que en el mérito. De hecho, no habían promociones por mérito en el Ejército salvadoreño. Toda promoción era por antigüedad. Mientras que los Oficiales habían egresado la Escuela de Cadetes y muchos habían ido a cursos de entrenamiento con el Ejército estadounidense, no eran miembros de un cuerpo de Oficiales especialmente capaz. Por otro lado, no había nada que se pareciera a un cuerpo de suboficiales (Noncommissioned Officer — NCO) en las fuerzas salvadoreñas. La mayoría de los alistados habían sido simplemente jóvenes conscriptos (o enganchados en “leva”) muchos de los cuales se hallaban en la mitad de la adolescencia. Si el entrenamiento de los oficiales era mediocre, el adiestramiento del personal de la tropa era mínimo. En resumen, era un Ejército que no estaba listo para una guerra en serio.

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El doctor James S. Corum (MA, Brown University; MLitt, Oxford University; PhD., Queen’s University [Canada]) es profesor de estudios militares comparados en la US Air Force School of Advanced Airpower Studies, Maxwell AFB, Alabama. Posee el grado de Mayor de Ejército en la reserva, también ha sido profesor en Queen’s University, Canada. El Dr. Corum es autor de The Roots of Blitzkrieg: Hans von Seeckt and the German Military Reform (1992), The Luftwaffe: Creating the Operational Air War, 1918–1940 (1997), y numerosos artículos acerca de historia militar y conflictos de baja intensidad.

En comparación con otras armas de las Fuerzas Armadas, la Fuerza Aérea salvadoreña (FAS), era la institución militar más profesional. Era una fuerza pequeña de menos de 1,000 hombres que consistía en un pequeño batallón de conscriptos, una fuerza de seguridad, una pequeña unidad anti-aérea, y cuatro pequeños escuadrones aéreos con un total de 67 aviones. La principal fuerza de combate de la FAS consistía en 11 aviones de ataque de terreno Ouragan comprados a los israelitas, quienes los habían adquirido de los franceses en los años cincuenta y 4 aviones de entrenamiento Fouga Magister, modificados para el combate (otro avión de los años 50). Los escuadrones de combate tenían también 4 aviones de combate Super Mystère y 6 aviones contra-insurgencia Rallye. El resto de la Fuerza Aérea consistía en un escuadrón de transporte con seis C-47 y cuatro transportes Arava. El escuadrón de entrenamiento consistía en un puñado de T-34, T-6, T-41, y cuatro Magisters. La fuerza de helicópteros ascendía a un Alouette III, un FH-1100, un Lama, y diez UH-1Hs.9

La FAS tenía dos bases aéreas grandes. La base aérea principal era Ilopango en las afueras de la capital, y había una base más pequeña en San Miguel en la parte Sur del país. Estas permanecieron como las dos bases de la FAS durante el conflicto. El entrenamiento en la FAS era como en el Ejército, es decir, orientada hacia la guerra convencional. A diferencia del Ejército, la FAS no había tenido éxito en la guerra con Honduras una década antes y había perdido superioridad aérea10. Desde entonces la única acción que la Fuerza Aérea había visto fue en el golpe de 1972.11 La Fuerza Aérea tenía solo un grupo de pilotos, y el nivel de preparación de estos era bueno. Para un país pequeño y pobre como El Salvador, una Fuerza Aérea es un lujo muy caro. Habían pocos fondos para mantener los aviones obsoletos de la fuerza o para proveer más que un entrenamiento de combate rudimentario para los pilotos. Cosas como el entrenamiento conjunto o practicas para el apoyo aéreo cercano (Close Air Support — CAS) simplemente no eran parte del repertorio de la Fuerza Aérea.

Los Rebeldes Sostienen la
Iniciativa, 1981–1983

Aunque la “ofensiva final” de los rebeldes de los comienzos de 1981 fracasó, los 10,000 rebeldes de la alianza del FMLN sostuvieron la iniciativa durante los tres primeros años de la guerra. Grandes áreas de catorce provincias de El Salvador fueron ocupadas por la guerrilla.12 Los rebeldes fueron capaces de colocar fuerzas considerables en el campo de batalla y luchar una guerra casi convencional con columnas del tamaño de un batallón. Los insurgentes estaban relativamente bien equipados y abastecidos con armas pequeñas (fusiles de asalto y armas de puño), así como morteros, minas y explosivos. Algunas armas del FMLN fueron proporcionadas desde Cuba y Nicaragua, pero muchas de las armas de los rebeldes fueron capturadas a las tropas del gobierno. Los rebeldes eran, sin embargo, deficientes en armamento anti-aéreo con sólo unas pocas armas de fuego calibre .50 para protección contra aviones y helicópteros.

La efectiva interdicción de abastecimiento y armamento a los rebeldes, no fue realmente posible. El Salvador compartía una larga frontera terrestre con Honduras y Guatemala, y estaba separada por sólo 30 millas (16 kilómetros) de distancia por agua de la Nicaragua Sandinista en el Golfo de Fonseca. El armamento liviano y el abastecimiento podía ser traído por tierra, mar o aire. Los límites terrestres eran difíciles de bloquear, aunque los EE.UU. hizo un gran esfuerzo para proveer a las Fuerzas Armadas hondureñas con ayuda y helicópteros para colaborar en el cierre del límite a los abastecedores rebeldes y traficantes de armas.13 Sin embargo, los aviones livianos también podían traer armamento y abastecimiento a El Salvador durante la noche desde Nicaragua, utilizando pequeñas franjas de aterrizaje instaladas para aviones fumigadores de cosechas.14 Uno de los líderes del FMLN, quién más tarde dejó la causa, reconoció la importancia de las rutas aéreas desde Nicaragua a El Salvador para abastecer a los insurrectos.15

Todo el país se convirtió en la infraestructura de los rebeldes. Extensas áreas en las montañas a lo largo del límite hondureño fueron territorio rebelde en los comienzos de 1980. Los rebeldes también tenían varias otras fortificaciones bajo su control incluyendo la región alrededor del Monte Guazapa, sólo 30 millas (16 kilómetros) desde la capital de San Salvador. En las áreas rurales y pueblos pequeños, los rebeldes podían obligar a los propietarios de tierras locales y empresarios a proveerlos de alimento y pagar impuestos a las fuerzas rebeldes, o enfrentar la destrucción de su propiedad y el asesinato. En breve, los rebeldes eran en gran manera autosuficientes para muchas de sus necesidades.

Al comienzo de la guerra, la tendencia de las Fuerzas Armadas de El Salvador (El Salvador Armed Forces — ESAF) fue llevar a cabo rastreos de magnitud de compañía y de batallón. Estas tácticas beneficiaron a los rebeldes, que podían escoger la escaramuza con una fuerza del tamaño de compañía de las unidades de gobierno y luego emboscar a la columna de refuerzo. Compañías de Ejército completas fueron aniquiladas de este modo. Los rebeldes también se especializaron en operaciones nocturnas, las cuales anularon la Fuerza Aérea salvadoreña y la ventaja de poder de fuego del Ejército. En los comienzos de 1980, columnas de rebeldes, relativamente extensas, podían capturar y ocupar pueblos hasta por varios días.

Con los pésimos resultados de la guerra para el gobierno, el General de Brigada Fred Woerner, que despues fué Comandante del Comando Sur de los EE.UU. (US Southern Command), condujo a un pequeño grupo de especialistas militares estadounidenses a El Salvador para asesorar al gobierno salvadoreño y líderes militares. El resultado fue un plan estratégico nacional para hacer la guerra el cual fue aprobado por los EE.UU. y El Salvador.16 Esencialmente, la política estadounidense fue enfatizar la reforma agraria, reformar la política en la forma de elecciones honestas, fomento económico y el fin de abusos de los derechos humanos. La mayor parte de la ayuda de los EE.UU. fue ayuda civil y económica. Sin embargo, la ayuda militar y económica que fuera provista a El Salvador dependería de la voluntad del gobierno salvadoreño y las Fuerzas Armadas para proseguir con las reformas. Si no había un serio progreso en el tema de los derechos humanos, por ejemplo, entonces la ayuda sería detenida o pospuesta hasta que ocurriera un progreso satisfactorio.

La estrategia militar fue aumentar dramáticamente el tamaño de las Fuerza Armadas de El Salvador y entrenar a ESAF en operaciones de contra-insurgencia. Entre 1980 y 1984, ESAF se triplicó en tamaño de una tropa de 12,000, a una de 42,000.17 ESAF sería provista de armamento moderno y equipos. Aún el equipo simple tal como radios de campo para el Ejército no estaban disponibles para las Fuerzas Armadas en 1980. Una vez que el Ejército fue consolidado y re-entrenado, una parte mayor de la campaña de contra-insurgencia sería llevada a cabo por “cazadores” de batallones de infantería ligera especialmente adiestrados. Estos batallones ligeros patrullaban agresivamente y se movían con rapidez para mantener a las columnas rebeldes bajo presión.

El poder aéreo debía tener un papel mayor en la estrategia nacional para las fuerzas de El Salvador. Los aviones de la fuerza serían modernizados e incrementados. El adiestramiento y el armamento sería mejorado. Sin embargo, se debía dar realce a la consolidación de una fuerza de helicópteros grandes y capaces que pudieran levantar una fuerza de infantería importante para operaciones ofensivas y también proveer apoyo de artillería. Este tipo de movilidad podría proporcionar una fuerza de reacción rápida para bloquear y acosar a las columnas rebeldes que comprometían a las tropas en tierra.

Los EE.UU. facilitó un total de US$48,920,000 en ventas de equipo militar, créditos de equipo militar, y ayuda militar a El Salvador en 1981.18 En 1982, la ayuda militar y el programa de ventas para El Salvador había aumentado a US$82,501,000 con otros US$2,002,000 para el programa de la educación militar internacional (International Military Education and Training — IMET) (entrenamiento de Oficiales y Suboficiales).19 La porción de ayuda dada a la Fuerza Aérea salvadoreña fue notable. Una corriente continua de nuevos aviones para la FAS fluyó hacia el Sur durante todo el conflicto. Sólo en los primeros seis meses de 1982, los EE.UU. entregaron cuatro aviones O-2A para reconocimiento, seis aviones de combate contra-insurgencia A-37B, y dos transportes C-123K. Todos estos aviones habían sido completamente modificados y renovados antes de ser transferidos. Un extra de 2 millones dólares de costo por municiones aéreas fue provista para la FAS en 1982. Tan rápido como las transferencias de equipo eran aprobados por el Congreso de los EE.UU., la Fuerza Aérea de los EE.UU. enviaba rápidamente los aviones y municiones a El Salvador. En junio de 1982, la USAF envió 12 cargas aéreas de municiones a la FAS mientras tanto más munición iba por mar.20

En 1982, el programa IMET puso mayor interés en el mejoramiento de la Fuerza Aérea salvadoreña. Un total de US$1.4 millones fue invertido en el adiestramiento de pilotos, tripulación aérea y técnicos salvadoreños en EE.UU.21 Todo el tema de preparar salvadoreños, sin embargo, fue muy complejo. Debido a la fuerte oposición de muchos en el Congreso de los EE.UU. que recordaron cómo los Estados Unidos habían empezado en Vietnam con un grupo pequeño de asesores, la Administración auto-impuso un estricto límite al número de personal militar que podía ser asignado al grupo militar de los EE.UU. (US Military Group — MilGroup) en El Salvador. Durante el conflicto, un personal militar de no más de 55 en cualquier tiempo podía ser asignado al MilGroup.22 Con el consentimiento del comité congresista, personal militar adicional de los EE.UU. podía servir por breves períodos en trabjo temporal (TDY) en El Salvador. Algunas veces el número total de personal estadounidense en el país alcanzaba hasta 150 personas. Sin embargo, la restricción nominal del MilGroup a sólo 55 significaba que el contingente USAF en El Salvador era de sólo 5 personas — un jefe de sección de la Fuerza Aérea que actuaba como el asesor principal a la FAS y cuatro oficiales de mantennimiento de la Fuerza Aérea o instructores de vuelo.23 El Ejército también proveía unos instructores de helicópteros y de mantenimiento de munición a la Fuerza Aérea salvadoreña, y algún personal de contrata estadounidense (que no formaba parte del personal oficial del MilGroup) también ayudaba al FAS. Sin embargo, este manojo de estadounidenses no era suficiente para hacer impacto notable en los requisitos de entrenamiento de la FAS, por lo tanto, el personal FAS tenía que ser entrenado fuera del país en los EE.UU. o en la Academia Interamericana de las FuerzasAéreas (Inter American Air Forces Academy — IAAFA) originalmente en el aeródromo Albrook en Panamá.

Durante el período 1981–84, a medida que las fuerzas terrestres y aéreas de El Salvador estaban siendo re-entrenadas y re-equipadas por los Estados Unidos, la FAS se desempeñó en un combate que puede ser catalogado como adecuado. Tan pequeña y pobremente equipada como estába en 1981, aún así representaba el principal poder de fuego móvil del gobierno. La FAS se desempeñó bien en ayudar a detener la ofensiva de enero de 1981. Estaba limitada en su habilidad para proveer apoyo efectivo al Ejército por la falta de entrenamiento en el ESAF para coordinar efectivamente operaciones de aire/tierra.24 La FAS también era esencialmente una fuerza aérea diurna con una habilidad mínima para operar de noche.

La FAS sufrió un golpe mayor en enero de 1982 cuando 5 aviones Ouragans, seis UH-1Bs y tres C-47 fueron destruidos y otros cinco aviones fueron muy dañados en los terrenos en Ilopango en una invasión por 100 comandos rebeldes. De un golpe, la mayoría de los aviones de combate operacional fueron sacados de acción.25 Fue una operación bien planeada y ejecutada que demostró la superioridad táctica de la guerrilla del FMLN sobre los soldados en esta etapa de la guerra. Mientras esto fue considerado una gran victoria para los rebeldes, también fue como una bendición para la FAS a largo plazo. Los anticuados Ourangans destruidos por los comandos rebeldes fueron rápidamente reemplazados por A-37 provistos por los EE.UU., unos aviones mucho más capaces y adecuados para una guerra contra la insurgencia. También se les suministró de los aviones de reconocimiento O-2, así como 12 helicópteros UH-1H para reemplazar pérdidas.26

Las fortificaciones del FMLN a lo largo del límite hondureño y en el Sur de El Salvador eran simplemente muy fuertes a los comienzos de 1980 para que las fuerzas de gobierno las atacaran directamente. Por lo tanto, las fuerzas salvadoreñas no iban a permitir refugios de los rebeldes dentro de los límites de su propio país. Así es que en 1982 y en 1983 las FAS comenzó un programa de bombardeo de los pueblos ocupados por rebeldes en aquellas regiones fuertes del FMLN de Chalatenango en el Norte y Monte Guazapa en el centro del país. La acción aérea se remontó a pequeños ataques de hostigamiento en los cuales los aviones bombardeaban y ametrallaban regularmente las áreas rebeldes de un modo inconexo. Si no hubo mayor progreso militar, por lo menos se podía hacer presión a los rebeldes.27 Aún, los ataques parecieron no hacer un impacto real en términos de la moral, la infraestructura o la capacidad de combate de los rebeldes. Al mismo tiempo que la FAS comenzó su campaña de bombardeo — la cual nunca reconoció — las fuerzas rebeldes se las arreglaron para ganar un número de victorias en el campo de batalla, destruyeron varias compañías de Ejército, y capturaron armas y municiones de Ejército.28

El Gobierno Gana la Iniciativa,
1984–1988

En 1984, el programa de ayuda militar de los Estados Unidos estaba pagando en términos de creciente efectividad de las fuerzas del gobierno. Mientras que las fuerzas rebeldes no habían aumentado a más de 10 mil combatientes, el Ejército salvadoreño excedía el número de rebeldes cuatro a uno. Más aún, nuevos batallones había sido formados y preparados intensivamente por el Ejército estadounidense en EE.UU., en Honduras y en Panamá, y luego devueltos a El Salvador. Estas fuerzas estaban listas para usar una estrategia más agresiva y llevar la guerra a los rebeldes. La FAS también había sido fortalecida, tuvo un mejorado nivel de adiestramiento y estaba lista para hacerse cargo de un papel más grande en operaciones aéreas y operaciones de apoyo aéreo al Ejército.

Aún así, 1984 comenzó muy mal para las fuerzas del gobierno cuando una gran fuerza rebelde se las arregló para invadir y capturar las sede de la Cuarta Brigada del Ejército en El Paraíso, la víspera de año nuevo.29 Sin embargo, el Ejército se recuperó de este revés, y a lo largo de 1984 y 1985, las fuerzas de gobierno comenzaron a ganar la iniciativa a través del país. El poder aéreo en la forma de aviones de combate A-37, helicópteros de bombardeo y helicópteros de rescate jugaron un papel destacado en el éxito del gobierno. El tiempo operacional de la FAS aumentó notablemente. Durante todo 1983 hubo un total de sólo 227 incursiones de A-37. Solamente en junio de 1984, hubo 74 incursiones de A-37.30 El Ejército siguió a la ofensiva en la primavera de 1984 para proteger las elecciones nacionales de una interrupción por el FMLN. Las misiones de bombardeo UH-1H fueron aumentadas tres o cuatro veces su frecuencia anterior de operaciones durante los meses de marzo a mayo de 1984.31 Durante 1984, la asistencia militar de los EE.UU. permitió a la FAS aumentar su inventario de helicópteros de 19 al comienzo del año a 46 para finales de año.32 Los ataques aéreos a las fortificaciones rebeldes crecieron a través de 1984 y 1985 a pesar de las estrictas reglas de combate dictadas por el Presidente José Napoleón Duarte en septiembre de 1983.33

De acuerdo a ex-dirigentes del FMLN, el mejoramiento de la FAS jugó un papel mas importante al transferir la iniciativa a las fuerzas de gobierno. Los aviones de reconocimiento ligero O-2 provistos por los EE.UU. cubrieron el país completamente. Los rebeldes ya no podían operar en forma relativamente abierta en grandes columnas. Grandes formaciones se transformaron en blancos lucrativos que podían ser fácilmente vistos desde el aire y, luego, ser objeto de ataques de aviones y tropas aerotransportadas.34 En cambio, las fuerzas rebeldes operaron en columnas más pequeñas que se combinaban para operaciones más grandes tal como el ataque a El Paraíso.35 Las fuerzas rebeldes tenían que permanecer en movimiento, haciéndolo más difícil para los rebeldes coordinar varias columnas para participar en una operación. Sin embargo, los rebeldes aprendieron a adaptarse al creciente peligro del ataque aéreo. Después que la FAS fue capaz de insertar exitosamente fuerzas de reacción del tamaño de una compañía para habérselas con los ataques del FMLN, mientras que el FLM — como el Vietcong antes que ellos — aprendieron a identificar probables zonas de aterrizaje de helicópteros y prepararles la emboscada.36

A mediados de 1980, los salvadoreños habían formado un grupo de unidades selectas, pequeño y bien preparado. Algunas funcionaban como fuerzas de patrullas de infantería ligera que podían ser insertadas por helicópteros para buscar al enemigo y establecer avanzadas profundas en territorio enemigo. Si se hacía contacto con los rebeldes, la FAS podía transportar rápidamente fuerzas del tamaño de una compañía para reforzar las tropas ligeras y bloquear unidades rebeldes. La fuerza de helicópteros era el único medio práctico para transportar tropas en la mayor parte del país debido al terreno montañoso y los caminos deteriorados. Con reconocimiento efectivo y fuerzas de helicópteros de carga liviana, el gobierno pudo, por primera vez en la guerra, iniciar combates en lugares de su propia elección.37

Uno de los asesores de EE.UU. calificó a la FAS como “particularmente efectiva” en las operaciones del gobierno de 1984 y 1985.38 Uno de los sucesos más importantes en la guerra aérea ocurrió a finales de 1984–85, cuando los EE.UU. proporcionaron dos bombarderos AC-47 a la FAS y preparon tripulaciones para operar esa plataforma.39 El bombardero AC-47 llevaba tres cañones calibre .50 y podía rondar y dar potencia de fuego para las operaciones del Ejército. Como la FAS había operado hace tiempo los C-47, fue fácil para los EE.UU. entrenar pilotos y para la tripulación operar aviones como una plataforma de armamento. Según la opinión general, los C-47 pronto llegaron a ser probablemente el arma más efectiva en el arsenal de la FAS.

El ritmo de ayuda a la FAS aumentó durante 1984 y 1985. Cinco aviones O-2A fueron entregados entre los meses de septiembre y noviembre de 1984. Dos más O-2A y dos O-2B junto con cinco transportes C-47 adicionales que había sido modificados y restaurados para la FAS a un costo de casi US$1 millón cada uno.40 Sin embargo, el creciente flujo de aviones a la FAS en 1984 y 1985 no resultó en un aumento rápido en el número de aviones disponibles para el combate, ya que el promedio de desgaste como resultado de accidentes operacionales fue considerable. Por ejemplo, a comienzos de 1994, un O-2A y un C-123K se perdieron en accidentes.41 Sin embargo, los EE.UU. trataron de reemplazar aviones tan pronto como habían sido perdidos. Por ejemplo, un avión C-123K de reemplazo estaba de camino desde los EE.UU. dentro del mes siguiente a la pérdida del transporte FAS C-123.42

Los Estados Unidos también aumentó los fondos de adiestramiento disponibles a la FAS durante 1984. En 1984, 117 personas del personal FAS tomaron cursos en la Academia Interamericana de las Fuerzas Aéreas, en Panamá, en contraste con 98 del personal que lo hicieron el año anterior. El programa IMET invirtió en entrenamiento para 118 salvadoreños en Estados Unidos en 1984.43 La ayuda militar de los EE.UU. también estaba comprometida a la formación de la infraestructura de la FAS. La FAS recibió US$16.4 millones en fondos de asistencia en 1984, algunos de los cuales se ocuparon en construir nuevos hangares y talleres de reparación en la base aérea principal en Ilopango. A mediados de 1980, Ilopango llegó a ser una base aérea bien equipada.44

A pesar de todo el entrenamiento y gastos, la FAS permaneció impedida por el excepcionalmente bajo aprontamiento operacional de sus aviones. No obstante que la FAS contaba con más de cien aeronaves en 1985, sólo el 50% o menos de esas aeronaves estaban en condiciones operativas en cualquier momento debido a serios problemas de adiestramiento y falta de pilotos calificados.45 El grado de aprontamiento de los helicópteros era más bajo que el de los aviones. La FAS fue solo capaz de dar mantenimiento en cualquier momento, a una pequeña proporción de su inventario de helicópteros.46 La FAS sufría continuamente de una falta de mecánicos competentes. Parte de esto se debe al desdeño cultural por parte del cuerpo de Oficiales de Centro América. El salario y las condiciones para los mecánicos alistados en la FAS eran bajos, y el personal de mantenimiento más talentoso se retiraba para encontrar trabajo en el sector civil donde recibian mejor paga tan pronto terminaban su periódo de servicio activo. Un problema aun más serio fue la falta de pilotos. Los Oficiales pilotos de la FAS debían ser graduados de la Academia Militar y, con la rápida expansión de las Fuerzas Armadas, no habían suficientes graduados para satisfacer las necesidades de todos los servicios. Aún con un serio esfuerzo de entrenamiento por los EE.UU., la FAS tenía solo la mitad de los pilotos que necesitaba. En 1987, la FAS contaba con sólo 70 pilotos activos para 135 aviones.47

Con una lenta capacidad de crecimiento para transportar tropas por aire en helicópteros, la FAS y su fuerza de reacción de apoyo aéreo comenzó a hacer un impacto real en la guerra. En junio de 1984, una fuerza FMLN atacó la represa de Cerrón Grande, la planta hidroeléctrica más grande de El Salvador. Dos compañías fueron rápidamente llevadas por aire para reforzar la pequeña guarnición en Cerrón Grande. El ataque rebelde fue rechazado con mucho éxito, aunque se sufrieron grandes pérdidas.48 Sin embargo, el FMLN también probó que no sería fácilmente acobardado por el poder de fuego de la FAS. En octubre de 1984, 600 insurgentes del FMLN atacaron un batallón de “cazadores” del Ejército en Watikitu. Las guerrillas fueron atacadas por aviones que inflingieron grandes bajas en los rebeldes. Aún, las tropas FMLN persistieron en el ataque y, por la tarde, el batallón de Ejército simplemente se había desintegrado.49

El uso más extenso de helicópteros en apoyo de las campañas terrestres también resultó en grandes pérdidas para la FAS. En el combate de octubre de 1984, un UH-1 fue derribado. En noviembre de ese año tres UH-1 más fueron derribados y cuatro fueron seriamente dañados en el combate cerca de Suchitoto.50 Mientras que los A-37 y los AC-47 probaron estar relativamente a salvo delcampo de fuego enemigo, las armas pequeñas del FMLN probaron ser letales contra los helicópteros.

A lo largo de 1985 y 1986, las operaciones de tierra y aire aumentaron mientras que la competencia del Ejército en guerra de contra-insurgencia continuó mejorando. En 1985 y a comienzos de 1986, los aviones de la FAS y los helicópteros apoyaron varias ofensivas grandes del Ejército, que finalmente redujeron algunas de las principales fortificaciones del FMLN en Guazapa y Chalatenango. La población y las fuerzas rebeldes en estos enclaves fue bombardeada intensamente mientras las tropas del Ejército penetraron y evacuaron forzosamente a cientos de civiles en áreas del FMLN y los reestablecieron en campos de refugio. Fue una campaña rigurosa, pero tuvo éxito al privar a las unidades del FMLN de su infraestructura en lo que había sido su fortificación más segura.51

Uno de los dirigentes del FMLN le da el crédito a la gran movilidad aérea del Ejército a mediados de 1980 y la voluntad de algunas unidades del Ejército para moverse por aire en la profundidades del país rebelde como de haber causado “un vuelco muy importante en la guerra”52 Sin embargo, también debe ser notado que el mejoramiento de las tácticas de la Fuerza Aérea y el Ejército y el poder de fuego no fue la causa principal de la demoralización de la alianza del FMLN a mediados de 1980. Los rebeldes eran tan capaces como el gobierno de cometer grandes errores estratégicos y tácticos. En 1984, las luchas internas dentro de grupos FMLN llegaron a ser graves y, en verdadera moda comunista fue resuelta con purgas y ejecuciones dentro de los rangos del FMLN. Pronto los cabecillas del FMLN estaban ordenando la matanza de los líderes rivales. En 1984 y 1985, la membrecía del FMLN comenzó a declinar mientras las fuerzas rebeldes vieron a algunos de sus propios oficiales abandonar la causa FMLN con desagrado.53 Aún, a pesar de la discordia interna, de ser superados por más de seis o siete a uno, y de encontrarse bajo violento y constante fuego del Ejército y la Fuerza Aérea, el FMLN era aún una fuerza formidable a fines de 1988 y, aún podía reunir aproximadamente 7,000 combatientes a través del país.

Del Estancamiento a la Paz,
1989–1992

En 1988, el gobierno de El Salvador podía traer una gran superioridad y poder militar contra los rebeldes. El Ejército habían crecido a 43,000 tropas organizadas en seis brigadas. Habían 20 batallones de infantería ligera y 6 batallones de contra-insurgencia que fueron capaces de llevar la guerra al enemigo. La fuerza de artillería había sido triplicada desde el comienzo de la guerra y las comunicaciones y el apoyo mejoraron. La pequeña armada de 1980 de tres barcos patrulleros había sido expandida a una fuerza de 1,500 hombres en 1988 e incluían un batallón de marina, comandos marinos y 30 buques patrulleros.

La FAS se había duplicado en tamaño desde el comienzo de la guerra. En 1987, la FAS era una fuerza de 2,500 con una batallón de apoyo aéreo, un grupo de seguridad, 5 escuadrones de aviones y una gran fuerza de helicópteros. La fuerza de aviones fue organizada en un escuadrón de combate, con 8 Ouragans, un escuadrón de contra-insurgencia con 10 aviones de combate A-37B y 2 AC-47. Un escuadrón de reconocimiento de 11 O-2A apoyaban el escuadrón de contra-insurrección. El escuadrón de transporte consistía en 5 C-47, 1 DC-6, 3 Aravas, y 2 C-123K. El escuadrón de entrenamiento tenía un T-41 y 6 CM-170 Magisters. La fuerza de helicópteros se había expandido a una fuerza de 9 helicópteros de ataque Hughes 500 MD, 14 helicópteros artillados UH-1H, 38 helicópteros de servicio UH-1H, 3 Lamas SA-315, y 3 Alouette III SA-316, para un total de 67 helicópteros.54

El progreso en la situación política interna de EL Salvador había sido llevada a cabo desde mediados de 1980 después de las elecciones libres y la elección de una reformador moderado, Duarte, como Presidente. Los abusos de los derechos humanos por las Fuerzas Armadas habían sudo reprimidos. La ayuda de los EE.UU. continuaba fluyendo. Durante mediados de 1980, el papel militar directo de los EE.UU. había crecido especialmente en el lado de la aviación en la guerra. Los aviones de reconocimiento del Ejército de los EE.UU. Mohawk OV-1 del vigésimo cuarto Batallón de Inteligencia Militar situados en la Base Aérea de Palmerola en Honduras, llevaron a cabo vuelos regulares de reconocimiento sobre El Salvador.55 La campaña de contra-insurgencia progresó y la elección del partido de gobierno derechista Arena en 1989, un partido basado en una plataforma de “ley y orden”, indicaba que había bastante apoyo entre el pueblo para la campaña de contra-insurgencia.

Esta impresión de progreso fue estropeada el 11 de noviembre de 1989, cuando las guerrillas FMLN lanzaron una ofensiva sorpresiva contra los objetivos militares y civiles a través de la nación. Por tres semanas, las guerrillas atacaron unidades militares e instalaciones de gobierno en San Salvador, San Miguel, Santa Ana, y otras ciudades. Las fuerzas armadas sufrieron pérdidas considerables, pero el FMLN también las tuvo. El FMLN tuvo 1,773 muertos y 1,717 heridos hacia el final de la ofensiva del 5 de diciembre.56 Los rebeldes no lograron sus objetivos principales, pero el poder de la ofensiva así como el factor sorpresa fueron un verdadero golpe para el gobierno y los militares. La principal base de la FAS en Ilopango, fue un gran objetivo del FMLN, y las fuerzas rebeldes estuvieron cerca de invadir la principal base aérea en el país. Si los rebeldes hubieran tenido éxito, podrían haber destruido el 80% de la FAS. Como fue, sólo con duro combate y refuerzos se las arregló la FAS para aferrarse a su base.

Un suceso que provocó otra distración de la guerra aérea en 1989 fue la adquisición de misiles anti-aéreos manuales SAM-7 por los rebeldes.57 El desgaste de los helicópteros de la FAS en cuanto a las armas ligeras de los rebeldes había sido fuerte a lo largo de la guerra. Sin embargo, hasta 1989, los A-37 y AC-47 habían estado relativamente inmunes al fuego antiaereo de corto alcance del FMLN. Ahora las guerrillas tenían un arma que podía hacer blanco en el mejor avión de combate de la FAS.

La guerra continuó en 1990 y el FMLN aún era capaz de llevar a cabo numerosos ataques de guerrillas contra las Fuerzas Armadas y objetivos económicos a pesar de las severas pérdidas de la ofensiva de 1989. En 1990, las fuerzas del FMLN causaron sobre 2,000 bajas en las Fuerzas Armadas salvadoreñas y la policía, casi un 5% del promedio de bajas.58 En este tiempo, la nación estaba simplemente exhausta por más de una década de guerra. Ambas partes, finalmente, acordaron tener serias conversaciones de paz en 1990. Un cese del fuego nacional fue acordado en 1991, y acuerdos de paz fueron firmados entre el gobierno y el FMLN a comienzos de 1992.

La guerra terminó con una solución de compromiso. El FMLN desarmó sus fuerzas y se convirtió en un partido político legal. Se concedió la amnistía a los miembros del FMLN. Más de la mitad del Ejército sería desmovilizado, y todas las fuerzas de seguridad paramilitares — incluyendo la escandalosa Tesorería Policial, la que operaba bajo el Ministerio de Defensa y fue identificada como la que tenía la peor historia de infracciones de los derechos humanos — fueron despedidos. Se creó una nueva fuerza policial, y las anteriores guerrillas FMLN fueron integradas. Observadores de las Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos permanecieron en el país para ayudar a garantizar que el desarme fuera llevado a cabo correctamente y se realizaron elecciones libres y justas.59 Algunos de los comentaristas estadounidenses reclamarían que la estrategia militar había fracasado y que las Fuerzas Armadas salvadoreñas nunca fueron capaces de derrotar al FMLN en el campo de batalla. Eso puede ser verdadero, pero en retrospectiva, el programa de ayuda militar a El Salvador fue un éxito genuino para los EE.UU. El principal objetivo de evitar que El Salvador se convirtiera en un Estado comunista fue cumplido. Más aún, El Salvador terminó la guerra con un gobierno democrático que permanece amigo de los EE.UU. y comprometido a trabajar en paz con sus vecinos. El acuerdo de paz puede haber sido un compromiso, pero ha sido reconocido como justo por ambos lados y provee una base sólida para el crecimiento pacífico de El Salvador — y una paz favorable es, después de todo, el principal objetivo de hacer la guerra.

Comentarios y Observaciones

La segunda mitad de este artículo está enfocado en algunos comentarios específicos y observaciones acerca de la guerra aérea en El Salvador. La guerra en El Salvador fue una de las operaciones de combate de más larga duración apoyada por los militares estadounidenses desde el final de la II Guerra Mundial. En muchos sentidos, fue una campaña de contra-insurgencia clásica llevada a efecto por los Estados Unidos y El Salvador. Debido a la larga duración y naturaleza reciente de la operación, es probable que las gestiones de la guerra aérea en EL Salvador puedan ofrecer ideas que son útiles a la doctrina aérea de los EE.UU. y para ejecutar futuras campañas de contra-insurgencia.

Un Conflicto Prolongado

La mayoría de las insurrecciones tienden a durar por años. En Malasia, los británicos enfrentaron una insurrección de doce largos años, (1948–1960). En las Filipinas, los EE.UU. apoyaron al gobierno filipino a los largo de una campaña de 8 años (1946–1954). Colombia ha enfrentado una insurrección por más de 20 años. La guerra de 12 años en El Salvador calza con el modelo típico.

No obstante, las enseñanzas de Mao, ni los insurrectos ni los gobiernos que se oponen a ellos, generalmente esperan una campaña de muchos años de duración. El FMLN pretendía ganar rápidamente en 1981. El gobierno pensó que los rebeldes podían ser quebrantados en una rápida campaña. El General Woerner escandalizó al Presidente de los Jefes del Estado Mayor Conjunto y algunos miembros de la Administración Reagan en su informe de 1981 cuando delineó un plan de 5 años (el marco de tiempo de 5 años, fue utilizado como bosquejo solamente, y Woerner fue cuidadoso al no predecir la duración de la guerra) y calculó que derrotar a los rebeldes costaría US$300 millones en ayuda militar. Los análisis de Woerner fueron vistos como indebidamente pesimistas.60 En realidad, el avalúo del General Woerner estaba muy lejano de la realidad. La campaña de contra-insurgencia costo mil millones de dólares, duró doce años y, aún no condujo a una victoria militar completa.

Parte del problema al llevar a cabo una campaña de contra-insurgencia es el largo tiempo de empleo en crear y entrenar fuerzas militares y policiales que puedan, efectivamente sostener la campaña contra los insurgentes. Como es típico con los países que enfrentan insurrecciones, El Salvador no estaba preparado. Aún con apoyo masivo de EE.UU. para un país pequeño, les tomó tres o cuatro años antes que las Fuerzas Armadas salvadoreñas pudieran conducir operaciones efectivamente. Las Fuerzas Armadas en particular requieren de un largo tiempo para construir infraestructura, adquirir equipos y entrenar tripulaciones para operar en el tipo de operaciones conjuntas requeridas por las campañas de contra-insurgencia. No ayudó que el Ejército y Fuerza Aérea de los EE.UU., sufriendo de los efectos del síndrome post Vietnam, hubiera dejado mayormente las operaciones de contra-insurgencia fuera del repertorio de doctrina y entrenamiento a fines de 1970. A pesar de los muchos veteranos de guerra de Vietnam en la fuerza, los militares estadounidenses no estaban listos para entrenar a los salvadoreños en guerra no convencional. Los requisitos burocráticos del sistema militar de los EE.UU. también interfirieron en una respuesta oportuna a la situación de El Salvador. El requisito exigido a los pilotos extranjeros entrenados en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que primero deben tomar un curso de lenguaje de seis meses retardó el programa de entrenamiento de pilotos para los salvadoreños. Finalmente, cuando la falta de pilotos de helicópteros se hizo realmente fuerte, el Ejército de los EE.UU. llevó a cabo un esfuerzo único en Fort Rucker, Alabama, para entrenar pilotos salvadoreños con instructores de vuelo de habla hispana.61 Idealmente, los pilotos y técnicos de la FAS deberían tener dominio del inglés, aunque sólo sea para leer manuales técnicos de los equipos. Sin embargo, las necesidades inmediatas de la guerra denegaron este requisito.

Por varias razones, las escuelas militares de los EE.UU. fueron lentas al crear los cursos que los militares salvadoreños urgentemente necesitaban. Por ejemplo, la Academia Interamericana de las Fuerzas Aéreas gobernada por los Estados Unidos en Panamá sólo inició un curso de entrenamiento avanzado para los A-37B en 1985, tres años después ese avión modelo había sido provisto a la FAS.62

Muchos analistas y estudiosos de la guerra en El Salvador concuerdan en que a mediados de 1980, la FAS podía operar con bastante efectividad. Sin embargo, la habilidad para llevar a cabo operaciones conjuntas más complejas vino muy lentamente. No fue hasta 1986–87 que la sección de Inteligencia de la FAS fue reorganizada para las necesidades operacionales de contra-insurgencia y se estableció un centro especial de análisis en la sede de la FAS en Ilopango. El Centro era capaz de integrar reconocimiento, investigaciones del área de inteligencia, fotografía aérea e inteligencia especial en un sistema coherente. Esto tuvo mucho que ver con el mejoramiento de las capacidades de combate de la FAS.63

En breve, aunque los Estados Unidos hayan respondido a la crisis en El Salvador en 1981 con ayuda masiva unida a los correctos programas de entrenamiento entregados de un modo oportuno, aún le habría tomado a la FAS dos o tres años para llegar a ser una fuerza capaz. El apoyar a una Fuerza Aérea involucrada en contra-insurgencia, es probable que involucre a los EE.UU. en un largo compromiso.

El Efecto de las Restricciones de Ayuda
de los Estados Unidos

En el comienzo de la guerra, los abusos a los derechos humanos por las Fuerzas Armadas de El Salvador y el Gobierno eran tan dañinos y el Gobierno tan aferrado en su tradicional cultura autoritaria que, la Administración estadounidense no tuvo otra opción sino combinar la lisonja con la amenaza para suminstrar la ayuda militar y económica a El Salvador. Las Fuerzas Armadas y el gobierno estarían motivados a reformas por el ofrecimiento de una ayuda generosa. Si las reformas no se promulgaban lo suficientemente rápido, la ayuda sería retenida o demorada. Así la ayuda a El Salvador dependió de un programa de reforma agraria nacional, elecciones justas, y reformas judiciales.64 Este enfoque de los EE.UU. causó constante fricción entre los dos gobiernos pero, finalmente, empujó al gobierno ha llevar a cabo las reformas necesarias.

Sin embargo, las restricciones de ayuda y las fuertes objeciones de muchos congresistas estadounidenses respecto de la ayuda a las Fuerzas Armadas de El Salvador resultaron en incertidumbre de los fondos necesarios para el programa de ayuda militar. Esto, a su vez, inhibió la planificación a largo plazo y resultó en muchas ineficiencias en la ayuda militar.65 El año fiscal de 1983 comenzó sin consignaciones por parte del Congreso para El Salvador. Una resolución continuo el aporte de US$25 millones en vez de US$60 millones que el programa de apoyo militar requería. Sin fondos adecuados en la cuenta de municiones, el Ejército y la FAS disminuyeron las operaciones y mantuvieron una política de acaparamiento de municiones y suministros hasta que la continuación de la ayuda fuera asegurada.66

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En el caso de un país pequeño y pobre como El Salvador, tales disputas de fondos tuvieron un mayor impacto sobre operaciones y doctrina. Los líderes de El Salvador fueron motivados a visualizar un la Fuerza Aérea como un muy valioso y caro capital, que no se podía arriesgar en combate si los reemplazos, municiones y fondos no estaban asegurados. En la primera mitad de la guerra existía la actitud de que la FAS era una “políza de seguro” para el gobierno. Uno podría no ganar la guerra con poder aéreo, pero el poder aéreo evitaría que uno perdiera. Por lo tanto, la Fuerza Aérea fue algunas veces contenida como una reserva para uso sólo en emergencias.67 Aunque una doctrina práctica, desde el punto de vista salvadoreño, esta no era una manera de conducir operaciones conjuntas ofensivas en el terreno o mantener a los rebeldes bajo constante presión.

Las restricciones más problemáticas en el programa de ayuda militar de los Estados Unidos para El Salvador fueron aquellas que gobernaban a los entrenadores y asesores militares en el país. El MilGroup, a través de la guerra, estaba limitado a un total de 55 consejeros para apartarse de la censura de un Congreso preocupado por otro Vietnam. Con tan pocos consejeros y instructores en el país, los militares de los EE.UU. tuvieron que crear varios trabajos de instrucción caros e ineficientes para entrenar al Ejército y Fuerza Aérea salvadoreña fuera del país. Algunas tropas fueron entrenadas, a un enorme costo, en Fort Bragg, Carolina del Norte. Un nuevo centro de entrenamiento tuvo que ser construido en Honduras, donde instructores del Ejército estadounidense podían entrenar batallones completos del Ejército salvadoreño.68 Los pilotos de la Fuerza Aérea salvadoreña tenían que hacer virtualmente todo su entrenamiento fuera de su país. Sin embargo, cuando regresaron, no hubo virtualmente ninguna estructura que les permitiera mantener el aprovechamiento o perfeccionamiento de las destrezas adquiridas. Debido a la escasez de pilotos y la variedad de modelos de aeronaves volados por la FAS, cada piloto debía ser capaz de volar tres o cuatro tipo de aeronaves. Como resultado, los pilotos de la FAS no podían llegar a ser verdaderos expertos en ningún tipo de aeronave.69 Otro serio problema fue la falta de pilotos instructores calificados en la FAS para vigilar el entrenamiento individual y de unidad. Esto se tradujo en un alto porcentaje de accidentes y solo un adecuado nivel de competencia para el piloto de la FAS.70

Una muy clara lección de la guerra en El Salvador es la necesidad de un número más grande de instructores y asesores estadounidenses deben estar presentes en el país para apoyar efectivamente a un país en guerra. Un grupo de asesores/instructores enviados a comienzos para apoyar a la FAS habría sido mucho más efectivo para mejorar la eficacia de combate de la fuerza y habría sido mucho menos honeroso que todos los trabajos de instrucción que los EE.UU. tuvo que improvisar para entrenar a la FAS. Un compromiso anticipado de instrucción e instructores de mantenimiento habrían mejorado el promedio de operatividad de la FAS y la habrían puesto en un nivel respetable de capacidad de combate en uno o dos años en vez de los tres que se tomó realmente.

El Problema de la Politica Interna

La cultura militar de El Salvador no era sólo autoritaria y corrupta, sino que también altamente politizada. A pesar del adiestramiento y consejo de los EE.UU., los viejos hábitos fueron difíciles de romper. La política interna de las Fuerzas Armadas jugó un gran papel no sólo designando Oficiales para el Comando, sino que también lo fueron en el modo en que la guerra fue llevada a efecto.

El General Juan Rafael Bustillo, quien se desempeñó como jefe de la FAS desde 1979 a 1989, fue un piloto competente y, probable-mente, uno de los más capaces de los Oficiales antiguos en El Salvador cuando comenzó la guerra. Sin embargo, el también desempeñó un alto papel político en las Fuerzas Armadas y utilizó su posición como Comandante de la Fuerza Aérea para desafiar y aun amenazar al gobierno civil. En 1983, uno de los más derechistas de los Oficiales de Ejército, Coronel Sigfrido Ochoa, exigió el despido del Ministro de Defensa, General José Guillermo García y declaró que su distrito militar estaba en rebelión contra el gobierno. El General Bustillo apoyó a Ochoa y rechazó transportar tropas para oponérsele. Eventualmente, se llegó a un compromiso que permitió a Ochoa permanecer pero destruyeron al Ministro de Defensa.71

Como era típico con el liderazgo militar mayor en El Salvador, la FAS bajo el mando de Bustillo fue escasamente una meritocracia. Las conexiones y políticas de un oficial tendían a contar más en las promociones y asignación de tareas anheladas, que la capacidad en el campo de batalla. Oficiales del Ejército alegaron que Bustillo, a menudo, reservaba la fuerza de helicópteros para el batallón de paracaidistas de la Fuerza Aérea y tendía a dar apoyo aéreo a unidades del Ejército comandadas por sus amigos mientras impedía el apoyo aéreo a unidades comandadas por sus rivales.72 También hay pruebas considerables de que los fondos de ayuda militar de los EE.UU. fueron desviados a un fondo para corrupción política de la FAS. En 1989, la Oficina de Contabilidad General de los EE.UU. descubrió que la FAS había vendido el equivalente de más de cien mil dólares, en combustible de aviación abastecido por los EE.UU.73 Por años, los DC-6 de la FAS que llevaban pilotos y carga a la Base Howard de la Fuerza Aérea, Panamá, regresaban llenos de licor y accesorios que eran vendidos en el mercado negro.74

Lamentablemente, en una cultura militar tal como en El Salvador, tal comportamiento era de esperarse. También se discute que los EE.UU. toleraron este comportamiento y la desviación de fondos, porque el General Bustillo permitió que la Base Aérea de Ilopango llegara a ser el Centro de la Red de abastecimiento del Consejo de Seguridad Nacional de los EE.UU. para el apoyo de los rebeldes anti-sandinistas en Nicaragua. Cerca de 109 vuelos clandestinos para apoyar a los contras iban y venían de Ilopango.75 De todas maneras, los estadounidenses que se involucran en apoyar campañas de contra-insurgencia necesitan estar preparados para la fricción política generada desde el interior de las fuerzas armadas de un estado del tercer mundo.

El Dilema del Bombardeo

El aspecto más convencional de la guerra aérea en El Salvador fue el bombardeo de civiles por la FAS. Desde 1981 hasta 1986, la FAS bombardeo regularmente las áreas del país controladas por rebeldes, especialmente las fortificaciones de las regiones de Guazapa y Chalatenango. La campaña de bombardeo fue virtualmente el único medio de mantener a los rebeldes bajo presión en esas áreas hasta que fueron invadidas y ocupadas por tropas de gobierno en las campañas de 1985 y 1986. Los ataques aéreos, llevados a cabo principalmente por los A-37, pero también por helicópteros bombarderos, eran dirigidos a pueblos que apoyaban a los rebeldes. Las víctimas civiles fueron una consecuencia de la campaña. Las fuerzas salvadoreñas, algunas veces fueron muy abiertos en cuanto a la campaña de bombardeo. El Coronel Ochoa, Comandante del Distrito de Chalatenango, contó a la prensa estadounidense que había declarado una docena de zonas de fuego libre en su área de responsabilidad y que cualquier cosa en aquellas áreas se consideraría como hostil y bombardeada.76

Tanto críticos como partidarios del gobierno de El Salvador entregaron testimonio acerca del bombardeo a civiles al Congreso de los EE.UU., que fue tan propagandístico que bordeó en lo absurdo. A la izquierda, los críticos estadounidenses atestiguaron acerca de la brutalidad de la FAS. Por ejemplo, el Alcalde de Berkeley, California, declaró en 1986 que 60,000 civiles ya habían sido muertos por bombardeos aéreos en El Salvador, una cifra muy poco plausible.77 A la derecha, el Asistente del Secretario de Estado Elliot Abrams concluyó con un testimonio que también fue poco plausible. Abrams argumentó que no hubo bombardeo indiscriminado en El Salvador, a pesar de lo que admitieron algunos oficiales salvadoreños.78 Otros, que apoyaban el punto de vista de Abrams, proporcionaron al Congreso de los EE.UU. anécdotas acerca de los pilotos de la FAS que se quejaban por serles negado el permiso para atacar las concentraciones de tropas rebeldes debido al temor de que los civiles podían ser alcanzados en el fuego cruzado.79 Hasta fue comentado que los bombarderos AC-47 fueron utilizados tan cuidadosamente en la batalla que en el curso de la guerra nunca dispararon a la redonda o aun accidentalmente hirieron civiles.80 Si esto es cierto, esto es una marca de exactitud en la guerra aérea que sobre pasa por mucho la suficiencia de los EE.UU. o cualquier otra fuerza aérea mayor.

En realidad, la campaña de bombardeo no fue ni tan brutal como alegan los críticos, ni tan cuidadosa de los civiles como lo discute el Departamento de Estado de los Estados Unidos. La campaña de bombardeo parece no haber tenido resultados decisivos aparte de acosar a los insurgentes y forzar a las unidades del FMLN a permanecer dispersas. De acuerdo a relatos de testigos y periodistas de los EE.UU. que viajaron por las áreas ocupadas por rebeldes, los ataques aéreos causaron relativamente pocas víctimas civiles. Los civiles que vivieron en las zonas de fuego libre, rápidamente se adaptaron a ser los blancos del bombardeo aéreo. Cavaron refugios de bombardeo, aprendieron a camuflar sus hogares, y se protegían tan pronto como un helicóptero, un A-37, o un avión de reconocimiento O-2 era divisados.81 Los mejores cálculos de víctimas son provistos por Tutela Legal, la oficina de derechos humanos de la iglesia católica en El Salvador. Esta organización calculó que en 1985, un año de duros combates, 371 civiles había perdido la vida por bombardeos aéreos.82 Desde que los ataques aéreos fueron llevados a cabo entre 1981 y 1986, un cálculo aproximado de 2,000 civiles muertos por bombardeos aéreos durante el curso de la guerra es probablemente cercano.

El dilema de una campaña de contra-insurgencia es que el gobierno está sujeto a bombardear áreas rebeldes e infligir daños a víctimas civiles, aunque no ocurra probable-mente ningún efecto decisivo. Las fuerzas de gobierno no pueden permitir que los rebeldes posean refugios dentro del país donde pueden descansar, re-armarse, reclutar, y ejecutar operaciones sin ser molestados. Aún si el gobierno no está en una posición de despejar un área por una ofensiva de terrestre, puede, por lo menos, aplicar algo de presión a las guerrillas mediante el poder aéreo. De hecho, los civiles en fortificaciones rebeldes han estado normalmente sujetos a bombardeos en modernas campañas de contra-insurgencia. La Fuerza Aérea de filipinas bombardeó pueblos rebeldes en 1940 y 1950 con aviones de guerra provistos por los Estados Unidos.83 Los EE.UU. proveyeron de 40 aviones de bombardeo en picada a la Fuerza Aérea griega en 1949, los cuales fueron usados para bombardear las fortificaciones rebeldes durante su guerra civil.84 La RAF, en la insurrección en Malasia, aun utilizó los pesados bombarderos Lincoln (el equivalente británico de los B-29) para atacar fortificaciones de los insurrectos en la selva.85

La brutal realidad de la guerra insurgente y contra-insurgente es que no hay tal cosa como una guerra “limpia”, ya sea en tierra o en el aire. Implícitamente en toda insurgencia montada desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de las víctimas han sido civiles. En El Salvador, ambos lados condujeron campañas destinadas esencialmente a asesinar, mutilar y aterrorizar civiles. En cuanto a una tasación de la campaña de bombardeo de la FAS en áreas civiles, probablemente tuvo algún efecto en el hostigamiento y desorganización de las fortificaciones rebeldes, pero es dudoso que estos beneficios de la campaña de bombardeo fueran más grandes que los considerables beneficios de propaganda que ganaron los rebeldes siendo descritos como víctimas de un gobierno represivo en el medio internacional.86

La Efectividad Operacional del
Poder Aéreo en El Salvador

El poder aéreo jugó un importante papel en la guerra civil de El Salvador. La fuerza Aérea fue utilizada principalmente como una fuerza de apoyo del Ejército, un cierto sistema de armas que demostró ser muy exitoso para esta misión. El avión detector de baja tecnología O-2 y los bombarderos AC-47. El avión detector de baja tecnología O-2 y los bombarderos AC-47 fueron usados efectivamente por la FAS en operaciones de apoyo cercano. El lento y fácil vuelo de los A-37, un avión de entrenamiento modificado, llevaba una carga moderada de bombas y artillado con con ametralladoras. No era un sistema de armas pesado, pero aun así le dio al Ejército una mayor ventaja de poder de fuego en combate con los rebeldes armados con armas livianas. Demostró su supervivencia en el conflicto de baja amenaza en el entorno de la contra-insurgencia.87 El AC-47 fue una de las verdaderas historias de guerra. Estas armas fáciles de operar fueron probablemente lo que pudieron manejar más efectivamente en ese tiempo los pilotos, tripulación y personal de apoyo salvadoreños.

De los aviones provistos por los EE.UU. a la FAS durante la guerra, los más efectivos fueron probablemente los helicópteros UH-1 utilizados para transportar y evacuar tropa. Aunque la proporcion de operabilidad era baja, la sustentación limitada fue esencial para el transporte en un país montañoso con pocos caminos. Los aviones más útiles fueron las aeronaves ligeras de reconocimiento O-2 que forzaron a los rebeldes a operar en pequeñas columnas y empezar un movimiento fuera de las fortificaciones rurales y de vuelta a las ciudades. El tercer avión más útil de la guerra fue el AC-47, la única arma verdaderamente precisa y confiable El avión de combate A-37 viene muy abajo en la lista de aviones útiles, simplemente porque era difícil utilizarlo para bombardear con precisión y los niveles de adiestramiento de los pilotos de la FAS raramente alcanzaba la capacidad para proporcionar apoyo aéreo cercano con precisión y confiabilidad.88

Probablemente, la unidad aérea simple más efectiva en la guerra fueron los 5 helicópteros de evacuación de la FAS, junto con la mejorada ayuda médica de los EE.UU. La disponibilidad de evacuación médica rápida como la buena atención médica no puede ser subestimada como un factor principal en mejorar la moral y la capacidad de combate del Ejército. Los soldados combaten más fuertemente si saben que probablemente van a sobrevivir a sus heridas. Aunque el Ejército tuvo más víctimas debido al nivel aumentado de combate en 1985, hubo menos fatalidades debido a las operaciones de evacuación en helicópteros.89

Sin embargo, el poder aéreo en un conflicto de baja intensidad tiene su lado flaco. Las fuerzas aéreas son muy costosas para que los pequeños países las manejen y operen. La FAS absorbió una parte desproporcionada de la ayuda y del presupuesto de defensa, pero sus capacidades reales fueron limitadas debido a la baja proporción operacional de los aviones, la escasez de pilotos, y las deficiencias en entrenamiento. Ciertamente, a través de la mayor parte de la guerra, la FAS no estaba ocupada muy eficientemente contra el enemigo. Un grupo de Oficiales del Ejército estadounidense que sirvieron en El Salvador, así como un estudio de la RAND patrocinado por USAF, expresaron desconfianza acerca del gran número de helicópteros así como del pesado equipo provisto a los salvadoreños.90 Estos críticos militares de nuestra política militar discutían que el Ejército salvadoreño y la Fuerza Aérea estaban tratando de substituir el poder aéreo por destrezas militares básicas, una estrategia muy peligrosa para un país pobre y con pocos recursos. La gran fuerza aéro-móvil que los Estados Unidos proveyó a El salvador, probablemente haría que el Ejército se comportara como los EE.UU. lo había hecho en Vietnam, con el Ejército volando sobre la población en vez de operar en tierra y en cercania de la población civil. Lo que se necesitaba, fue argumentando, dar mayor importancia en prepara más soldados y saturar al país con fuerzas de infantería liviana que siempre están patrullando y están siempre presentes. Si uno tiene recursos limitados para asignar, la experiencia de contra-insurgencia de los últimos 50 años tenderían a apoyar una política de mayores cantidades de fuerzas terrestres y una presencia penetrante sobre un Ejército más pequeño con más tecnología.

Por supuesto, los militares estadounidenses no están solos al preferir soluciones de alta tecnología. La FAS, que apenas podía operar y mantener los A-37, AC-47 y UH-1H con los cuales estaba equipada, pidió a los EE.UU. que proveyera de aviones combate F-5 y bombarderos Cobra AH-1.91 Tan enamorado estaba el Ejército salvadoreño con el concepto de aéro-movilidad que sus líderes insistieron en comprar los obuses de 105 mm aéro-transportables más caros de los EE.UU. en vez del modelo muy capaz, más antiguo y pesado, y mucho más económico. Fue probablemente una bendición para las fuerzas salvadoreñas que sus planes para una fuerza aéro-móvil de relativamente alta tecnología nunca se les fructificó. A mediados de 1980, tuvieron la esperanza de tener una fuerza de helicópteros lo bastante grande para levantar por aire por lo menos un batallón en cualquier parte del país. Sin embargo, la proporción operacional baja y la escasez de pilotos, aseguró que el alto mando nunca pudiera desplegar más de una compañía o dos a la vez. Les guste o no, el Ejército salvadoreño tuvo que aprender a ser una fuerza de infantería.

De la guerra de El Salvador hay mucho más que solo unas pocas lecciones, que aprender acerca del papel de una Fuerza Aérea y el uso del poder aéreo en un conflicto de baja intensidad. Como un caso de estudio, es excelente en cuanto a que la mayoría de los problemas operativos y políticos que uno probablemente enfrentará al apoyar a una nación en una lucha contra-insurgente, se encuentran todos en el caso de EL Salvador. La experiencia de los EE.UU. de doce años muestra cómo el poder aéreo puede ser bien utilizado, y mal utilizado. Mientras la contribución de la Fuerza Aérea salvadoreña a esa guerra fue significativa, el análisis final indica que las contra-insurgencias aún no se prestan para una solución de poder aéreo predominante.

NOTAS:

1. Benjamin Schwarz, American Counterinsurgency Doctrine and El Salvador: The Frustrations of Reform and the Illusions of Nation Building, RAND Report R-4042 (Santa Mónica, Calif.: RAND, 1991), 2.

2. Charles Lane, “The Pilot Shark of El Salvador?” New Republic, 24 de septiembre de 1990.

3. Para trabajos útiles que cubren ambos puntos de vista del conflicto, ver Marvin Gettleman et al., eds., El Salvador: Central American in the New Cold War (New York: Grove Press, 1986). Ver también Max Manwaring and Courtney Prisk, eds., El Salvador at War: An Oral History (Washington, D.C.: National Defense University Press, 1988).

4. He sido muy afortunado en la escritura de este artículo al poder contar con la valiosa ayuda y consejo del General de Brigada en retiro Fred Woerner, EE.UU., CINC SOUTHCOM; del Embajador David Passage, Jefe de la Misión Estadounidense en El Salvador entre 1984 y 1986; y la doctora Judy Gentleman del Air War College (Academia de Guerra Aérea), quien ha entrevistado a prominentes líderes del FMLN. Comentarios y entrevistas con estos tres expertos fue tremendamente útil en el desarrollo de esta investigación.

5. Para mayores antecedentes de la revolución en El Salvador, ver Tommie Sue Montgomery, Revolution in El Salvador: Origins and Evolution (Boulder, Colo.: Westview Press, 1982). Ver también Liisa North, Bitter Grounds: Roots of Revolutions in El Salvador (Toronto, Ont.: Between the Lines, 1982).

6. Schwarz, 23.

7. North, xxii–xxiii.

8. The Military Balance, 1981–1982 (London: The International Institute for Strategic Studies, 1982), 101.

9. Ib.

10. Víctor Flintham, Air Wars and Aircraft (New York: Facts on File, 1990), 359–60.

11. Steffen Schmidt, El Salvador: America’s Next Vietnam? (Salisbury, N.C.: Documentary Publications, 1983), 82.

12. Schwarz, 85.

13. Donald Schula and Deborah Schulz, The United States, Honduras, and the Crisis in Central America (Boulder, Colo.: Westview Press, 1994), 60.

14. John Waghelstein, El Salvador: Observations and Experiences in Contrainsurgency (Carlisle Barracks, Pa.: US Army War College, 1985), 21–22.

15. Miguel Castellanos and Courtney Prisk, eds., The Commandante Speaks: Memoirs of an El Salvadoran Guerrilla Leader (Boulder, Colo.: Westview Press, 1991), 36–38.

16. Schwarz, 2–5; and Waghelstein, 36.

17. Gettleman et al., 230.

18. History, US Southern Command, 1981. USAF Historical Research Agency (HRA), Maxwell AFB, Ala., 463.01, 10–11.

19. Ib., 1982, 50–54.

20. History, Directorate of International Programs, del 1 de enero al 30 de junio de 1982, USAFHRA, K145.01, 5–6.

21. History, Programs and Evaluation, DCS, julio–diciembre de 1982, USAFHRA, K145.01, 181.

22. General de Brigada Fred Woerner, CINCSOUTHCOM, entrevista con el autor, 26 de enero de 1998.

23. Waghelstein, apéndice F.

24. Comandante, US MilGroup, El Salvador, Memorandum al Comandante en Jefe, Fuerzas Armadas de El Salvador, 10 de junio de 1982. Citado en Wagheltein, apéndice E.

25. Flintham, 365

26. Ib.

27. Una buena descripción desde el punto de vista rebelde de las operaciones de los años 1982 y 1983 se encuentra en Charles Clements, Witness to War (New York: Bantam Books, 1984).

28. Manwaring and Prisk, 132–41.

29. Ib., 145–46

30. Gettleman et al., 233.

31. Ib.

32. Ib.

33. Ib., 234.

34. Dr. Judy Gentleman, miembro de la Academia de Guerra Aérea (Air War College), entrevista con el autor, 19 de enero de 1998.

35. Tte. Cnel. Edward King, USA, retirado, Testimonio ante la House Committee on Foreign Affairs, 99th Cong., primera sesión (31 de enero de 1985), 21–22.

36. Embajador David Passage, Jefe formal de la Misión Estadounidense en El Salvador, 1984–1986, entrevista con el autor, 10 de enero de 1998.

37. Embajador David Passage, Jefe formal de la Misión Estadounidense en El Salvador, 1984–1986, entrevista con el autor, 10 de enero de 1998.

38. Cnel. James Steele, EE.UU., citado en Manwaring and Prisk, 145–46.

39. History, Directorate of International Programs, julio–diciembre 1984, USAFHRA, K145.01, 6–7.

40. Ib.

41. History, US. Southern Command, 1985, USAFHRA, K463.01, 6.

42. Ib.

43. History, US. Southern Command, 1984, USAFHRA, K463.01, 46–47.

44. A. J. Bacevich et al., American Military Policy in Small Wars: The Case of El Salvador (Washington, D.C.: Pergamon-Brassey’s, 1998), 29.

45. Ib., 32.

46. Vance Bateman, “Tactical Air Power in Low Intensity Conflict,” Airpower Journal no. 1 (Primavera de 1991): 77.

47. Bacevich et al., 32.

48. Joseph Cirincione, “Latin America: Regional Threats to Western Security,” International Security Yearbook, Barry Blechman, ed. (Boulder, Colo.: Westview Press, 1984/85), 183–210, especialmente 188.

49. Cnel. Joseph Stringham, citado en Manwaring and Prisk, 148–51.

50. Flintham, 366.

51. Para una visión desde la perspectiva de los rebeldes, ver Joe Fish y Cristina Sganga, El Salvador: Testament of Terror (New York: Olive Branch Press, 1988), 88–89.

52. Castellanos and Prisk, 88–89.

53. Ib., xvii–xix

54. The Military Balance 1987/1988 (London: International Institute for Strategic Studies, 1987).

55. Schulz and Schulz, 153; and Barry Blechman and Edward Luttwak, eds. International Security Yearbook (Boulder, Colo.: Westview Press, 1984/85), 189, 192.

56. Leroy Thompson, Ragged War: The Story of Unconventional and Counterrevolutionary Warfare (London: Arms and Armour, 1994), 79.

57. Ib

58. Ib.

59. Para una visión general de las etapas finales del proceso de paz, ver Tommie Sue Montgomery, “Getting to Peace in El Salvador: The Roles of the United Nations Secretariat and ONUSAL,” Journal of Internamerican Studies and World Affairs, Invierno de 1995, 139–72.

60. Schwarz, 2–3.

61. Waghelstein, 46–47.

62. History, US. Southern Command, 1985, USAFHRA, K463.01, 50.

63. Cnel. Orlando Seeped, citado en Manwaring and Prisk, 310.

64. Ver Edwin Corr and Courtney Prisk, “El Salvador: Transforming Society to Win the Peace,” en Low Intensity Conflict: Old Threats in a New World, Edwin Corr, ed. (Boulder, Colo.: Westview Press, 1992), 223–53.

65. Bacevich et al., 13.

66. Waghelstein, 42–45. Ver también Cnel. Joseph Stringham, citado en Manwaring and Prisk, 148–51.

67. Cnel. John Ellerson, citado en Manwaring and Prisk, 86–87.

68. El costo de las instalaciones para entrenamiento en Honduras, durante en año fiscal 1983, fueron de 14 millones de dólares. History, Programs and Evaluation, DCS, julio–diciembre de 1982, USAFHRA, K145.01, 181.

69. Bacevich et al., 32.

70. Ib.

71. Lane, 27; e History, US. Southern Command, 1983, USAFHRA, K463.01, 85.

72. Lane, 28.

73. Ib.

74. Ib.

75. Ib.

76. Dallas Morning News, 21 de enero de 1985.

77. Discurso de Gus Newport, Alcalde de Berkeley, House Committee on Foreign Affairs, Congressional Record, 14 de mayo de 1986, 17, 20, 21.

78. Ib., 23, 41, 51.

79. Discurso de Samuel Dickens, Aamerican Security Council Foundation, House Committee on Foreign Affairs, Congressional Record, 31 de enero de 1985, 29–31.

80. Ib.

81. “El Salvador’s Guerrillas,?” Washington Post, 7–8 de noviembre de 1985.

82. Congressional Record, 14 de mayo de 1986, 121.

83. Stanley Karnow, In Our Image: America’s Empire in the Philippines (New York: Ballantine, 1989), 350

84. Flintham, 9–13.

85. Ib. 326–37.

86. Entrevista al Gral. Woerner, 19 de enero de 1998.

87. Bateman, 77.

88. Entrevista al Gral. Woerner, 19 de enero de 1998.

89. Elliot Abrams, Congressional Record, 14 de mayo de 1986, 31.

90. Ver Waghelstein; Barcevich et al., 32 y Schwarz, 19.

91. Bacevich et al., 32.


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