Air & Space Power Journal - Español Primavera Trimestre 1994
Armas convencionales y la prevención de la guerra
May.
William S. Huggins, USAF
Los extraordinarios acontecimientos de los últimos 36 meses han proporcionado una pausa a los estrategas y observadores de la política externa para reexaminar los fundamentos más profundos sobre los cuales ha descansado el análisis de la seguridad internacional en las pasadas cuatro décadas. La disuasión fue el principio fundamental en la seguridad de las relaciones que dieron forma al mundo bipolar de la guerra fría. Las armas nucleares estratégicas fueron seleccionadas para conservar la distancia entre los dos titanes ideológicos del mundo. A medida que el control de las armas nucleares estratégicas progresaba aceleradamente, la preocupación de los estrategas militares de los EE.UU. y de aquéllos que toman decisiones en materia de seguridad nacional, se vuelve hacia las convencionales. Tan exitosa como aparentemente resultó ser la gran estrategia durante la guerra fría, no tenemos que dejar seducirnos por la creencia que, en esa materia, hemos encontrado el caliz sagrado de la estrategia militar. Algunos observadores, con o sin uniforme, sugieren que la gran estrategia de la guerra fría, basada en la disuasión, con un pequeño pulido puede ser trasferida efectivamente al mundo de la posguerra fría.1
No tenemos que engañarnos por el aparente éxito de la estrategia de la contención y su piedra angularla disuasión nuclear estratégica. Con seguridad, el armamento nuclear seguirá siendo un peligro por algún tiempo más. Los elementos de la disuasión nuclear estratégica seguirán siendo importantes en tanto constituyan una amenaza. Sin embargo, tales elementos no pueden trasferirse eficazmente a una estrategia en la cual predomina una amenaza de conflicto convencional.
La sofisticación tecnológica y el empleo integrado de las fuerzas convencionales han recibido una gran parte del crédito por la detonante victoria en el Golfo Pérsico. A pesar de una aparente declinación en la importancia de las armas nucleares, debemos reconsiderar nuestra confianza en la estrategia de disuasión que está basada en una amenaza de Armageddon. ¿Pueden ser aplicados efectivamente los principios de la disuasión a una estrategia que está fundamentada primariamente en armamento convencional? ¿Qué disuadirá? ¿Podrá el empleo decisivo de fuerzas convencionales prevenir una futura confrontación?
Las reflexiones que siguen a continuación muestran que el efecto disuasor del
armento nuclear -- específicamente y con mayor énfasis, la amenaza de empleo de
las armas nucleares para prevenir la guerra -- no puede ser duplicado por el
armamento convencional. Más todavía, se dice que con el final de la guerra fría
y la concomitante declinación del armamento nuclear, la disuasión no tendrá
mucha vida efectiva como pieza maestra de la gran estrategia de los EE.UU.
Disuasión: elementos básicos
Como lo observó Thomas Schelling, la esencia de la disuasión es simple: el poder para hacer daño es apto para negociar.
Hay una diferencia en tener lo que uno desea e inducir a alguien a que se lo otorgue, entre defenderse de un asalto y hacer que alguien tema asaltarlo a usted, entre conservar lo que cierta gente está procurando conseguir y hacerle temer el acto de obtenerlo, entre perder lo que alguien puede retener y renunciar para evitar riesgos y daños. Es la diferencia entre defensa y disuasión (énfasis agregado).2
Esta simple pero llamativa formulación de Schelling revela dos elementos esenciales para la disuasión: el poder de hacer daño y el poder de regatear.
En su libro Arms and Influence, Schelling describe la muy importante distinción entre el uso del poder militar para lograr un fin militar particular -- rechazar un ataque, capturar un objetivo -- y su mero empleo para infligir daños.3 Es esta última opción (o la amenaza de su uso) del poder militar la que está presente en la disuasión.
La disuasión nuclear estratégica lleva implícita una promesa potencial: si alguien ataca, sufrirá consecuencias inaceptables. Adviértase que las fuerzas nucleares estratégicas (bombarderos de largo alcance, misiles balísticos intercontinentales, misiles lanzados desde submarinos) no pueden ser empleados en un rol defensivo tradicional. Carecen de la capacidad para retardar, irrumpir, divertir o destruir a las fuerzas atacantes que avanzan (está excluida la acción preventiva como ejemplo de uso defensivo de las armas. Nos referimos a la réplica, como respuesta a una agresión en desarrollo). Por su naturaleza, ese armamento es ofensivo. Amenaza con un daño devastador. Es, como dice Carl H. Builder de la Rand Corporation, "instrumentos políticos de terror, no de guerra".4 La primera deducción de la estrategia de disuasión -- respuesta masiva -- es lo que mejor ilustra la aptitud exclusiva del armamento nuclear para infligir daño. El perfeccionamiento del diseño del armamento nuclear lo ha hecho más preciso, dando un cierto peso al argumento de que su uso en un esquema de objetivo por objetivo se aproxima a un tradicional ..........first line on page 3 was impossible to read; fax machine malfunction........lo que ciertamente podría ser un fenómeno de daño colateral local, como un efecto global indeterminado, el perfeccionamiento de la precisión no altera fundamentalmente la conclusión de que la utilidad primaria del armamento nuclear deriva de su capacidad de causar un daño extraordinario.
La disuasión incluye también a la negociación. Verdaderamente, tal negociación es una cualidad sine qua non de la disuasión. Sin embargo, durante la guerra fría se hacían menos discusiones diplomáticas que sobre los grados de alerta y la caza de submarinos en las aguas del Artico. Desde los bombarderos americanos en Inglaterra y los misiles soviéticos en Cuba hasta un comando aerotrasportado en vuelo durante las 24 horas, los adversarios nucleares negociaron mediante la exhibición de sus fuerzas. De no haber existido eso (el intercambio de amenazas de producir daños), podría no haber habido disuasión ni prevención de guerra. Puesto que el armamento nuclear estratégico no puede ser usado para rechazar ataques, y si se intenta lo emplear para capturar objetivos es probable que no quede nada en pie que valga la pena de lograr, su única aplicación debe ser para causar (o amenazar provocar) daños. Y la capacidad de infligir estragos no deja beneficios a menos que se pueda lograr un determinado comportamiento del adversario. El proceso de amenazar con perjuicios, comunicar lo que se debe hacer para evitarlos, y reaccionar a las respuestas del oponente, es negociar, y la demostración de fuerza es a menudo el signo externo más evidente.
Cuando se discuten acuerdos, siempre hay algún riesgo. Podemos agregar más fuerza a nuestra imagen disuasiva si consideramos el impacto del riesgo y la credibilidad en el cálculo de la disuasión.
Nuestro oponente de otras épocas, la ex Unión Soviética, puede haber dudado
sobre la credibilidad de nuestra amenaza para usar las fuerzas en alerta
dispuestas contra ellos. Sin embargo no debiera haber habido ninguna duda
respecto a los riesgos que hubiera corrido la URSS si hubiera decidido atacar,
evaluando erróneamente nuestra amenaza para replicar con armas nucleares. A
medida que los riesgos se incrementan, también lo hace el costo de equivocarse.
En relación con las armas nucleares, el riesgo que implica cometer una
equivocación es inmensamente superior que si se trata de una amenaza con armas
convencionales. Ese peligro, junto con una credibilidad subrayada por la
situación de alerta en que eran mantenidas las fuerzas nucleares estratégicas,
parece haber prevenido una III Guerra Mundial.
Disuasión y guerra "absoluta"
Curiosamente, la guerra con armamento nuclear estratégico -- de acuerdo con la teoría clásica de la naturaleza de la guerra -- parece ser imposible. De alguna manera, el teórico militar prusiano Carl von Clausewitz antició la guerra fría seis generaciones antes que apareciera la primera bomba nuclear. En su análisis del fenómeno de la guerra, definió la guerra absoluta en orden a establecer una idea conceptual sobre la cual medir y comprender el caos de una guerra real. Sus tres condiciones para una guerra absoluta eran que 1) debía ser un acto totalmente aislado, 2) debía ocurrir de improviso, y 3) no debía ser causada por eventos anteriores en el mundo político.5 Para subrayar aún más la naturaleza teórica y abstracta de esas condiciones, siguió adelante diciendo,
Pase del mundo abstracto al real, y todas las cosas se verán de un modo distinto.
...la guerra no estalla de una manera totalmente inesperada, ni tampoco se extiende instantáneamente.6
Puede que no. Todavía hay una llamativa concomitancia entre las condiciones de Clausewitz sobre una guerra abstracta e ideal, y un inesperado ataque nuclear soviético por el cual los EE.UU. mantenían un nivel de alistamiento disuasivo muy importante y sin precedentes en nuestra historia militar. Se trata del ataque nuclear soviético imprevisto para el cual se prepararon los planificadores de la defensa de los EE.UU., como si fueran las condiciones de Clausewitz para la guerra absoluta -- que es un "acto aislado, que ocurre bruscamente, y no es producido por eventos anteriores en el mundo político".7
Tenemos que tener cuidado de no leer incorrectamente la parte final de esta condición -- "no producidos por eventos previos en el mundo político" --, la que puede ser interpretada de distintas maneras. Clausewitz pudo haber querido darle un sentido literal -- como si la guerra perfecta (si fuera posible) pudiera aparecer imprevistamente sobre la escena sin ninguna clase de antecedentes. O podría significar que, habiendo una tensión suficiente entre dos adversarios con armas nucleares, sucediera una guerra absoluta sin necesidad de un evento desencadenante identificable.
En cualquier circunstancia, el peor caso de un sorpresivo y masivo intercambio de armas nucleares fue el supuesto militar fundamental en torno del cual fue diseñado el concepto de alerta nuclear y para el que las fuerzas de alerta fueron entrenadas y desplegadas. Bombarderos cargados con armas nucleares hicieron vuelos de alerta. Un teléfono rojo unió a la Casa Blanca con el Kremlin. El Strategic Air Command (SAC) mantuvo un comando aerotrasportado en el aire sobre el centro de los EE.UU. por más de 30 años consecutivos. El comentario de Peter Paret sobre el concepto de guerra absoluta de Clausewitz se podía haber aplicado fácilmente a lo que creímos que podría haber sido la III GM: "si la guerra fuera una corta e ininterrumpida explosión, la preparación tendrá que tender hacia la totalidad porque ninguna omisión podrá ser rectificada".8
La remarcable similitud entre la guerra fría (que nunca llegó a ser caliente)
con su rasgo estratégico definido, y la idealización de Clausewitz sobre la
guerra absoluta (una imposibilidad por definición), tiene importantes
implicancias sobre la interpretación del rol que la disuasión puede jugar en la
futura estrategia militar de los EE.UU. La disuasión será efectiva (ejp. con
alguna certeza, prevendrá la guerra) sólo cuando las condiciones bajo las cuales
es aplicada se aproximen a aquéllas de Clausewitz sobre la guerra absoluta. Esas
condiciones prevalecen únicamente cuando el ámbito de la seguridad militar está
dominado por el armamento nuclear. Cuando la preponderante influencia de tales
armas está ausente en una relación de seguridad, la disuasión no prevendrá la
guerra.
Disuasión, prevención de la guerra y armento convencional: una falsa esperanza
La estrategia de la disuasión durante la guerra fría fue marcada por el carácter exclusivo del armamento nuclear. La buena noticia es que la guerra fría finalizó. Afortunadamente, la prospectiva sobre un Armageddon nuclear se desvanece. La mala noticia es que, a medida que la amenaza nuclear retrocede, los combatientes y los hombres de estado miran hacia el armamento convencional con renovado interés.9 Aun con menores beneficios y en las circunstancias más restringidas, el uso del armamento nuclear en combate representa un umbral virtualmente inviolable. Este tabú no es válido para el uso del armamento convencional.
No se puede contar con la simple amenaza de una guerra convencional para impulsar el riesgo de un conflicto hasta niveles suficientemente altos como para prevenir la ruptura de hostilidades, en base a confianza asociada con las armas nucleares. Esta condición deriva del hecho que la guerra convencional, aun una de tipo total, no amenaza la rápida y apocalíptica consecuencia asociada con la guerra nuclear (ejp. controles de escalamiento cuestionables, invierno nuclear, y daños colaterales de amplitud mundial).10 Los adversarios potenciales pueden arriesgar el comienzo de hostilidades convencionales, creyendo que si no ganan pueden finalizar los combates mediante negociación o capitulación antes de llegar a un nivel inaceptable de destrucción, o lograr otro objetivo diplomático.
Clausewitz enseñó que la guerra "es la continuación de la política por otros medios".11Como la política a menudo consiste en el arte de la negociación, luego la guerra está estrechamente relacionada -- por presencia -- a ese proceso de dar y tomar, y al intercambio de señales de intención.
En el caso de la guerra nuclear, el intercambio de señales -- acompañado de la demostración de fuerza antes que por su empleo -- acontece dentro del marco de la disuasión. La corta historia de la breve era nuclear no contiene tradiciones de autosacrificios patrióticos en esta clase guerra. La idea es ridícula. El armamento nuclear logra sus objetivos amenazando una guerra que nadie puede sostener. La actitud de las fuerzas adversarias es de determinación en orden a evitar su empleo -- disuaden en lugar de impulsar.
La guerra convencional también entraña un elemento de negociación. En su larga historia, sin embargo, las meras señales de intención raramente han sido suficientes; tienen que ser demostradas. El mecanismo maestro por el que la guerra convencional alcanza su meta es la compulsión. Schelling plasmó la esencia de este concepto, señalando que "la amenaza que intenta obligar antes que disuadir, a menudo requiere que la presión sea aplicada hasta que el oponente actúe, antes que esperar que el otro accione" (énfasis agregado).12 En el curso de la historia, las naciones o sus gobernantes han mostrado voluntad -- hasta ansiedad -- de pasar de una guerra de palabras al combate físico para conseguir lo que deseaban. Realmente, el sacrificio por Dios y el rey es la esencia de la gloria y la leyenda. La utilidad de la guerra convencional reside en su aptitud para obligar a un adversario a comportarse de un modo determinado.
Esta diferencia fundamental entra las armas convencionales y nucleares se destaca agudamente cuando se considera que Schelling se refiere al principio de la "última oportunidad clara". El escribe "en estrategia, cuando ambas partes rechazan la colisión, las ventajas a menudo corresponden al que acomoda el statu quo en su favor y deja para el otro la 'última oportunidad clara' para frenar o desviarse".13 Desde la terminación de la II GM, hemos aborrecido la colisión nuclear por sobre todo. Ha estado en el interés de cada uno asegurarse que existe una salida respecto a la confrontación nuclear, y la convicción de que tal camino podrá ser adoptado siempre. La historia manchada de sangre de la humanidad indica que tal certeza no es posible cuando esta implicado el armamento convencional. Más todavía, no podemos asumir que las anteriores condiciones -- que ambas partes detesten la colisión -- sean valederas para una confrontación convencional de la misma forma como lo suponemos para el conflicto nuclear.
La guerra con armamento convencional es una cuestión de graduación. Aun las
sociedades industrializadas avanzadas se han declarado listas, hasta ansiosas,
de emplear fuerzas convencionales y de tal modo correr riesgos. Puesto que
podemos caracterizar la respuesta a la amenaza de guerra nuclear como "evitarla
a toda costa", una típica contestación a la expectativa de una guerra
convencional podría ser "adelante, atáqueme con su mejor capacidad", frente a la
creencia de que lo mejor del adversario no puede causar más daño del que podamos
absorber. De todos modos, siempre podemos solicitar alguna ayuda si la cosa se
pone demasiado inquietante.
Una dificultad suplementaria en el concepto de disuasión convencional involucra a los requerimientos de despliegue especial durante el empleo disuasivo de las fuerzas, particularmente cuando aquéllas están simultáneamente comprometidas con una misión compulsiva. Este problema se hace más crucial a medida que la reducción del presupuesto de defensa disminuye la magnitud general de las fuerzas militares americanas, exigiendo una flexibilidad extraordinaria a las fuerzas remanentes. Como fue demostrado durante el empleo de los bombarderos del SAC en el Golfo Pérsico, la transición entre un dispositivo disuasivo y uno compulsivo presenta serios problemas. Aquellas tripulaciones cuyo entrenamiento se había centrado en las tácticas de lanzamiento del armamento nuclear, tuvieron que usar las escasamente practicadas tácticas exigidas en el bombardeo convencional y por esa razón perdieron cierta efectividad de combate.
La disuasión creíble, sea nuclear o convencional, requiere una extensa infraestructura de comando y control diseñada para asegurar una pronta respuesta. En cambio, una pronta respuesta exige sofisticados planes de operaciones que incluyen objetivos predeterminados, rutas de ataque y conjuntos de armas. Complementariamente, desde que los fines de la disuasión apuntan especialmente a evitar el uso de la fuerza, uno puede fortalecer la credibilidad exhibiendo un despliegue visible de las fuerzas, realizando alianzas que irrevocablemente comprometen a la nación, haciendo declaraciones públicas que ponen en juego a la reputación nacional y trasfiriendo al adversario la "última oportunidad clara" para evitar la guerra. Finalmente, como la disuasión comprende la comunicación de la intención a una determinada audiencia, hay que identificar nítidamente al enemigo.
Sin embargo, el uso compulsivo de la fuerza adopta formas completamente
diferenciadas de expresión. Involucra desde una demostración real de capacidades
hasta prácticas abiertas y ejercicios militares. A diferencia de las fuerzas
disuasivas -- que tienden a ser sistemas de armas para una única
finalidad,14 las fuerzas compulsivas están organizadas para servir a
múltiples propósitos y misiones, puesto que realmente se espera utilizarlas en
combate. Como no podemos individualizar definitivamente a nuestro próximo
enemigo en una guerra convencional, el planeamiento debe ser flexible y
adaptable.
Si por su naturaleza, las fuerzas convencionales no se adecúan a la disuasión, ¿qué pasó.....sorry, an other fax malfunction... respuesta a la invasión de Saddam a Kuwait lo disuadió de continuar hacia Arabia Saudita? Del mismo modo, ¿qué pasó con la substancial capacidad israelí de llevar a cabo una guerra convencional y su rol disuasivo en el Oriente Medio? ¿No funcionó la disuasión en tales casos? Pero hay un engaño.
Tenemos que recordar que los americanos y las fuerzas aliadas convencionales terminaron de combatir en el desierto, y que Israel estuvo involucrado en por lo menos cuatro guerras e incontables intercambios militares durante sus 45 años de existencia en los tiempos modernos. La guerra fue retrasada pero no prevenida. Aparentemente, los efectos de la disuasión convencional tienen un lapso de vida limitado. Periódicamente, hay que demostrar la intención para restaurar la credibilidad en la disuasión convencional. Hasta ahora, una demostración de las armas nucleares en la guerra ha sido suficiente. Desafortunadamente, pareciera que los efectos disuasivos del armamento nuclear se aplican únicamente en una estrecha banda del espectro de los conflictos -- eso es, contra adversarios comparablemente equipados con armamento nuclear.
Podríamos descartar que la sostenida popularidad del concepto de disuasión nuclear estratégica refuerza, por extensión, la confianza en una estrategia de disuasión en un ambiente de seguridad mundial actualmente dominado por las armas convencionales. Los problemas concernientes al armamento nuclear tienen que ver más con la política -- en particular, las alianzas políticas -- que con la estrategia militar. Los hombres de Estado americanos cuentan con apoyo, extranjero y doméstico, en sus esfuerzos para conservar la posición de los EE.UU. como una superpotencia, sobre lo cual hace una importante contribución nuestro arsenal nuclear. Como tal, la disuasión nuclear -- el pegamento que ha mantenido unido a la OTAN -- no excederá tan rápidamente el panorama de la alianza Atlántica. Este compromiso con el armamento nuclear persiste a pesar del hecho que ese armamento de los EE.UU. ya no proporciona un ....a new fax malfuction....ausencia de una amenaza nuclear opositora comparable). Este es el caso porque no hay ningún adversario previsible que ofrezca un peligro suficiente como para generar el apoyo interno o internacional que sería preciso para utilizar las armas nucleares.
¿Porqué es así? Porque hemos pasado los últimos 40 años afinando una política militar y una programación comunitaria dentro de una gran estrategia basada fundamentalmente en el concepto de prevención de la guerra mediante la disuasión. Pero el mundo ha cambiado. Debemos estar listos para cambiar con él.
Reconocemos que las amenazas a nuestros intereses pueden (y ciertamente es así) existir. En su mayor parte, tales amenazas implican a las armas convencionales. Debemos ser capaces de obligar a un adversario a no realizar una acción antes que amenazarlo con un castigo si no abandona la idea. Esa estrategia compulsiva debe ser estructurada con fuerzas aptas para desarrollar una variedad de operaciones militares. Puesto que el problema de predecir el lugar y fuente de una próxima guerra se ha hecho extremadamente dificultoso, debemos estar listos para actuar donde, cuando y como lo exija una crisis en desarrollo.
Aquí llegamos al final. En principio, la prevención efectiva de una guerra por medio de la disuasión está basada en las amenazas: aquéllas recibidas y aquéllas enviadas. Demanda una especie particular de estructura de la fuerza, basada en armas ofensivas que puedan sobrevivir para producir una destrucción inaceptable en un enemigo específico que nos amenaza. El enemigo debe saber que podemos y usaremos tal armamento. En segundo lugar, la compulsión está basada en capacidades y en una clase de fuerzas flexibles, durables y letales que puedan ingresar a un conflicto y producir un resultado decisivo en nuestro favor.
Debemos resolver el problema fundamental de la estrategia, porque la
organización apropiada de la fuerza depende de ella. La amplia creencia de que
la mayor amenaza para los intereses de los EE.UU. procede de los conflictos
convencionales regionales importantes, es un argumento persuasivo para
estructurar una fuerza sólida y flexible apoyada en armas convencionales. Una
estrategia militar nacional diseñada primariamente para enfrentar la amenaza del
combate convencional debe concentrarse en una expectativa de lucha compulsiva,
en lugar de otra que intente prevenir la guerra fundamentándose en la disuasión.
NOTAS:
1. Vea a Gary L. Guertner, Deterrence and Conventional Military Forces (Carlisle Barracks, Pa.: Strategic Studies Institute, US Army War College, 20 de mayo 1992), y Capt. Richard D. Hooker Jr. y Capt. Ricky L. Waddell, The future of Conventional Deterrence, Naval War College Review 45, Nº 3 (verano 1992), 78-87.
2. Thomas C. Schelling, Arms and Influence (New Haven, Conn.: Yale University Press, 1966), 2.
3. Ib.
4. Carl H. Builder, The Future of Nuclear Deterrence, Rand Report P-7702 (Santa Mónica, Calif.: Rand Corp., febrero 1991), 12. Observe también que Bernard Brodie reconoce el poder político peculiar inherente a las armas nucleares ya en 1946, cuando vio que "el propósito principal de nuestros militares ha sido ganar las guerras. En adelante, el propósito fundamental debe ser advertirlas. Casi puede no haber otro propósito aprovechable". Aunque Brodie exagera el caso, su análisis del peculiar valor del armamento nuclear da justo en el punto. Bernard Brodie, Implications for Military Policy en The Absolute Weapon: Atomic Power and World Order, ed. Bernard Brodie (Nueva York: Harcourt, Brace and Co., 1946), 76.
5. Carl von Clausewitz, On war, ed. y trad. Michael Howard and Peter Paret (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1976), 78.
6. Ib.
7. Ib.
8. Peter Paret, ed. Makers of Modern Strategy: From Macchiavelli to the Nuclear Age (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1986), 200.
9. Senate Armed Services Committee, testimonio del Gral. George L. Butler, 102º Congreso, 1ª sesión, 20 de abril 1991., S.1507, pt.1.
10. Barry Wolf, When the Weak Attack the Strong: Failures of Deterrence, Rand Report N-3261-A (Santa Mónica, Calif.: Rand Corp., 1991), 3, y Builder, 7.
11. Clausewitz, 87.
12. Schelling, 71.
13. Ib., 44.
14. Aunque los misiles balísticos intercontinentales y los misiles balísticos lanzados desde submarinos son claramente armas para un propósito exclusivo, no es ese el caso de los bombarderos intercontinentales. No obstante, tanto el B-52 como el B-1 fueron originalmente diseñados para misiones nucleares. Las capacidades como armamento convencional, actualmente fuertes en los B-52 pero todavía mínimas en los B-1, fueron agregadas después que las aeronaves eran operativas.
BIO: El Maj. William S. Huggins (BA, University of Kentucky; MBA, University of North Dakota; MA, Creighton University) es un alumno del US Marine Corps Command and Staff College, Marine Corps Combat Development Command, Quantico, Virginia. También fue becario en la Universidad de Lyon (Francia); instructor de nivel escuadrón para el entrenamiento de tripulaciones de combate de los KC-135 en la Base Aérea Castle, California; y navegador de KC-135 en la Base Aérea Grand Forks, Dakota del Norte. Graduado de la Squadron Officer School, el Maj. Huggins tiene otras publicaciones profesionales en su haber.
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